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COLUMNISTAS / idiotismos y otras desconexiones
sábado 28 septiembre, 2013

Orgullo y prejuicio

default Foto: Cedoc

Volviendo de Brasil, un país de un nacionalismo tan enquistado en la conciencia de sus pobres gentes que carecen, por ejemplo, de música, el piloto de Aerolíneas Argentinas se disculpa por la hora de atraso que afecta a un vuelo que dura tres, y agrega: “Escuchen bien lo que voy a decirles. Estoy orgulloso de trabajar para una compañía que lleva el nombre de mi país”. El avión estalla en un aplauso cerrado, ante el cual quisiera poder eyectarme del asiento, del avión, de la galaxia.

Luego presenta al personal de cabina: la señorita Pamela (“Pame”, aclara) y el “señor Adrián”, que toma la palabra y dice las tonterías de rigor y finaliza, en un portuñol titubeante: “No sé falar en portugués, así que sólo les puedo decir ‘bemvindos’ y ‘obrigado por biayar’ en Aerolíneas”.

En fin... que un grupete de exaltados con caras de 6,7,8 se declare orgulloso de un avión viejo que sale tarde, de no poder comunicarse con la mitad de los pasajeros de a bordo, donde todos somos forzados a mirar en loop los mismos cortos del Bicentenario de hace tres años, puede entenderse como un efecto de esa taradez previa que Marx presentó en La ideología alemana y que no ha sido suficientemente investigada.

Pero el aplauso de los pasajeros, que vienen de gastarse unos puñados de dólares en Rock in Rio, un festival gerontológico de música pretérita, me deja atónito y sin esperanzas: es gente que aplaudiría pavlovianamente “Argentina potencia” o “Los argentinos somos derechos y humanos”.

El nacionalismo siempre funcionó como una peste, pero ahora es una peste antigua, totalmente inadecuada a la lógica de la mundialización, a la cual no le opone sino una suave protesta que subraya y potencia sus cualidades.

La globalización es la forma actual del capitalismo (lo es desde el comienzo del siglo XX, pero nunca ha sido tan aguda como ahora) y los arranques nacionalitarios no hacen sino compensar afectivamente el vacío de afección que nos abruma. Pero aplaudir una aerolínea (o una petrolera, o un banco) se convierte en un idiotismo repugnante porque demuestra la desconexión absoluta del aplaudidor respecto de la historia: no sólo se aplaude un pasado que no puede ni debe volver, sino que se obtura la posibilidad misma de un futuro, escuchen bien lo que voy a decirles: el soñado final del capitalismo y la liberación de las energías reprimidas para pasar a una cosa nueva.


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