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COLUMNISTAS / relatos
sábado 31 enero, 2015

Por qué se mata

default Foto: Cedoc

En las series de televisión, una actriz mata a otra porque le quitó el rol protagónico, un enano mata a otro porque éste usaba plataformas en sus zapatos para disimular su condición o un ama de casa mata a su niñera porque sus hijos la querían más que a ella. Nada de eso es verosímil, y si leemos ficciones policiales es porque nos interesa sostener la pregunta ¿por qué se mata? en todo su rigor.

Se mata por un desequilibrio emocional, porque se ha llegado al umbral de desdén según el cual la vida del otro no vale nada (México) o porque el asesinato constituye la salida más rápida a una situación (¿cuál?) sin escapatoria: evaluados los riesgos que el asesinato lleva consigo, se decide que, de todos modos, hay que intentarlo. Nos preguntamos, cada vez que leemos una ficción de ese registro (Chandler, P.D. James. Le Carré) qué nos llevaría a nosotros (más allá de las guerras, más allá de la locura) a saltar el abismo que nos separa de la muerte del otro. Y nos interesa, por supuesto, cómo quedar impunes, el crimen perfecto.

El crimen de cuarto cerrado constituye el ejemplo más transitado: el muerto aparece encerrado en un baño cuya puerta ha sido trabada por el propio cuerpo inerte, que está en un departamento con las puertas cerradas desde adentro, en un edificio rigurosamente vigilado. Sabemos que toda escena puede ser falsificada, pero esa conciencia no le quita su potencia de interrogación. Con la magia nos pasa lo mismo.

En Argentina, el género policial se desarrolla al mismo tiempo que el primer peronismo. En 1942, señaló alguna vez Rodolfo Walsh, “apareció el primer libro de cuentos policiales en castellano. Sus autores eran Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Se llamaba Seis problemas para don Isidro Parodi”. Ese año durante el cual ejerció la presidencia el vicepresidente Ramón S. Castillo se publicaron, también, La muerte y la brújula, la célebre deconstrucción del género que debemos a Borges, y Las 9 muertes del Padre Metri de Leonardo Castellani (firmado con el seudónimo Jerónimo del Rey).

A comienzos de la década del 50, sin embargo, toda ilusión de crimen apolítico ya se había desvanecido en el aire. Como dirá un historiador del género años después: había terminado una era. En 1953 se publica la primera antología nacional del género (es decir, una mirada retrospectiva) y también Variaciones en rojo, el más sólido ejercicio nacional de policial analítico, el libro del cual su autor, Rodolfo Walsh, abjuraría años más tarde pero que entonces le valió un Premio Municipal de Literatura. Por cierto, Variaciones en rojo incluye un relato de crimen en cuarto cerrado.

Esa escena del crimen tiene una figura de investigador simétrico: aquel que, encerrado en su propio cuarto, deduce la secuencia de los hechos a partir del relato que del crimen le hacen (o lo que lee en la prensa). Es lo que hace Isidro Parodi, el detective inmortalizado por Borges y Bioy, que usaron el seudónimo Bustos Domecq. Como el Chevalier Auguste Dupin captura al inquietante simio que motivó las tragedias de la rue Morgue sin moverse de su gabinete de St. Germain, o como el príncipe Zaleski, desde el retiro de su remoto palacio, resuelve enigmas londinenses, o como Max Carradas, encerrado en su ceguera, lo ve todo, así Isidro Parodi resuelve los crímenes sobre los que le piden consejo desde la celda 273 en la que está preso por un homicidio del que es inocente, aunque no pueda demostrarlo. Funcionarios policiales son responsables de su condena a 21 años de cárcel. Esa figura, “acaso inevitable en el curso de las letras policiales”, escriben Borges y Bioy, “es una proeza argentina”.

Si me detengo en estos antecedentes es porque todos importan en esta hora aciaga para las instituciones criollas. Desde su encierro (¿dónde está?, ¿por qué no la dejan salir?), una mujer desquiciada escribe unas cartas con sintaxis descalabrada para resolver un caso policial que nos conmociona. No usa como fuentes primarias sólo los relatos de los medios, sino también reportes de los servicios de inteligencia (la hija del muerto abandonada en Barajas) lo que, tratándose de un crimen de estas características, equivale a pretender apagar un incendio con nafta.


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