Un día, el secretario del Tesoro estadounidense y operador de los sectores más conservadores del establishment financiero norteamericano se jacta de cómo su país está recuperando control e influencias en buena parte de Latinoamérica sin disparar un solo tiro ni promover golpes de Estado como en los años de plomo y las pujas de la Guerra Fría. Otro día, el histriónico inquilino actual de la Casa Blanca se ufana del poderío de su país, despliega el protaaviones Gerald Ford (el mayor del mundo) en aguas del Caribe y una flotilla de aeronaves de combate en Puerto Rico y pequeñas islas satélite y comienza un goteo de ataques con misiles a pequeñas embarcaciones que acusa de ser vehículos del narcotráfico, al que promete combatir sin tregua.
El mayor despliegue militar de las últimas décadas en esa región, acompañado de un ultimátum formal para que abandone el poder al actual Ejecutivo de Venezuela, encabezado por Nicolás Maduro, es también un tiro por elevación a otras naciones, cuyos gobiernos no son aliados dóciles o entusiastas de Washington y quedan bajo el dedo inquisidor de quienes, más de 200 años después, encarnan la resurrección de la Doctrina del entonces mandatario estadounidense James Monroe.
La ofensiva unilateral, iniciada a comienzos de septiembre y que también incluyó bombardeos en el Pacífico, ya ha destruido más de una veintena de lanchas y dejado al menos 87 muertos. Dos de esas ejecuciones a distancia, de individuos rotulados por el Comando Sur como “narcoterroristas” y reivindicados como “simples pescadores” por familiares que ahora reclaman un castigo a los culpables de sus decesos y reparación por lo ocurrido, han puesto bajo la lupa al actual de la secretaría de Defensa (rebautizada como secretaría de Guerra) Pete Hegseth.
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En el Congreso norteamericano hay quienes no sólo en el Partido Demócrata, apuntan contra el jefe del Pentágono como posible responsable de un crimen de guerra contra dos sobrevivientes del ataque a una de las lanchas. Ellos se aferraban a los restos de la embarcación destruida y reclamaban ayuda, cuando fueron alcanzados por un nuevo misil cuyo disparo tuvo el aval de una orden emitida por Hegseth. “Esas dos personas estaban intentando sobrevivir y nuestras reglas de combate no nos permiten matar a sobrevivientes”, alegó días atrás en el Capitolio el representante republicano Don Bacon.
La legalidad y las formas, a menudo reñidas con la lógica de “la guerra contra el narcotráfico”, que se nutre de las vidriosas justificaciones de “la guerra contra el terrorismo”, poco importan a un personaje como Hegseth, quien en abril pasado ya decía en una entrevista con la cadena Fox que Estados Unidos debía “recuperar su patio trasero perdido ante China”.
Paralelamente a la presión y el lenguaje de las armas coexiste el planteo Bessent, artífice del promocionado swap por 20 mil millones de dólares de cuyo acuerdo se jactaron el presidente argentino, Javier Milei y su ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, como estrategia electoral de octubre, pero cuya materialización sigue incierta ya entrado diciembre. “Prefiero usar la paz mediante la fortaleza económica antes que disparar a narcolanchas si el gobierno fracasa”, afirmó días atrás el titular del Tesoro norteamericano, quien canceló una visita prevista para esta semana a la Argentina en lo que algunos medios consideraron como una muestra del desagrado que produjo en la administración Trump el faltazo de Milei a la ceremonia de sorteo del Mundial de Fútbol, realizada este viernes en Washington.
La diplomacia de los Corleone
Más allá de las elucubraciones, lo cierto es que la política exterior que lleva adelante el gobierno de Trump consiste en administrar premios y castigos, usar la estrategia del palo y la zanahoria o apelar a tácticas que parecen más propias de la familia Corleone y El Padrino, que relaciones basadas en el respeto de las leyes internacionales, la soberanía de los países y la libre determinación de los pueblos.
En su “patio trasero” y en menos de un año que lleva su segundo mandato, el magnate republicano ya tuvo injerencias o intervenciones sin disimulo en procesos electorales como los de Argentina u Honduras, a través de apoyos políticos o “rescates” que luego se encarga de aclarar que no son tales y mucho menos serán gratuitos para los supuestos beneficiarios. También utilizó el castigo de aranceles, incluso para tratar de torcer un fallo de las máximas instancias judiciales de Brasil contra su amigo, el ex presidente ultraderechista Jair Bolsonaro, condenado por la fallida intentona golpista de enero de 2023. Después, el liderazgo y la sagacidad política del actual presidente Luiz Inácio Lula da Silva y el peso específico de un país como Brasil, derivaron en un trato de respeto de parte del gobernante norteamericano frente al que otros jefes de Estado de la región pugnan por exhibir una obsecuencia que roza lo grotesco.
Está claro que lo que preocupa hoy en la región y en buena parte del mundo es la escalada de tensión con epicentro en Venezuela, sobre todo desde que Trump sumó el despliegue militar en el Caribe su anuncio de que autorizaba operaciones encubiertas de la CIA, o tras la consideración del llamado Cartel de los Soles como un grupo terrorista a cuyo frente situó a Maduro y a buena parte del autocrático gobierno venezolano al que diversos países no reconocen como legítimo.
Tiempo de virajes
En el tablero geoestratégico de Trump, Bessent y los suyos, mientras tanto, pasaron y seguirán pasando cosas. En Chile, por ejemplo, los indicios apuntan a que, como ocurre cada cuatro años desde hace 20, el poder cambiará de mano. Tras el triunfo de la ex ministra de Trabajo Jeannette Jara en primera vuelta, con el 26,85 por ciento de los votos, se prevé una victoria del ultraderechista José Antonio Kast, quien el 16 de noviembre logró 23,92 por ciento pero es amplio favorito para el balotaje del domingo próximo.
Kast, reivindicador de los años en que gobernó el dictador Augusto Pinochet, sumaría el apoyo de los votantes de otro ultraderechista, Johannes Kaiser (cuarto con 13,94%), y Evelyn Mattei (quinta con 12,46 en primera vuelta). El tercero en el primer turno, Franco Parisi, quien logró 19,71% con su Partido de la Gente, apostará al voto nulo o en blanco de aquí a siete días.
También en el nuevo mapa de mandatarios regionales se incorporó semanas atrás formalmente Rodrigo Paz Pereira, quien el pasado 17 de agosto sorprendió como el más votado del primer turno y relegó al ex mandatario derechista Jorge “Tuto” Quiroga y al empresario Samuel Doria Medina. Aunque la noticia de aquella votación fue el suicidio político del Movimiento al Socialismo, cuyas disputas internas entre el mandatario saliente Luis Arce y el ex presidente y líder cocalero Evo Morales (promotor de un voto en blanco que fue tercera fuerza) dejaron a eso movimiento de izquierda no sólo sin el sillón del Palacio Quemado sino también sin representación parlamentaria.
Paz Pereira, del Partido Demócrata Cristiano, derrotó con el 54,96% en el balotaje del 19 de octubre a Quiroga, quien obtuvo el 45,04. Aunque no está tan a la derecha como su rival de la segunda vuelta y prometió un gobierno de “centro”, el viraje boliviano también fue evaluado como “favorable” en el Departamento de Estado que comanda Marco Rubio, otro habitual suscriptor de posturas ultraconservadoras y radicales.
Incoherencias y temores fundados
Rubio exhibió su fundamentalismo en las últimas horas al intentar justificar las ambiguas posturas de Trump, que amenaza con acciones militares, encubiertas o no, contra países donde se produzcan drogas que después puedan llegar a Estados Unidos -en un discurso que pretende justificar una eventual intervención en Venezuela pero también apunta hacia Colombia y México, que presiden los izquierdistas Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum- al mismo tiempo que indulta al ex gobernante hondureño Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos a 45 años de cárcel por narcotráfico.
Además de liberar a su narcoexpresidente, el gobierno de Trump movió sus fichas en las elecciones hondureñas del 30 de noviembre como lo hizo desembozadamente en las legislativas del 26 de octubre en Argentina. Hizo saber a los votantes hondureños que si no apoyaban a Nasry “Tito” Asfura, Estados Unidos suspendería ayudas y cortaría el flujo de remesas, clave para la frágil economía del país centroamericano.
Al escribirse estas líneas, el derechista Asfura (cercano al liberado Hernández) aventajaba al también conservador Salvador Nasralla por unos 20 mil votos, en un demorado recuento con tufillo a fraude, según lo que denunció la candidata Rixi Moncada relegada a un distante tercer puesto.
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Todo eso y bastante más ha pasado en estos últimos 45 a 60 días en los que Estados Unidos hace su juego con la atención y las tensiones centradas en Venezuela.
Toda suerte de versiones circulan acerca de los próximos días en torno al Palacio de Miraflores, sede del gobierno en Caracas. Desde una salida negociada de Maduro y un reducido grupo de allegados hacia el exilio en Turquía, Rusia o Qatar; a un cronograma bajo presión que derive en nuevas elecciones, o hasta una intervención armada norteamericana que registra como antecedente más cercano en el continente la ominosa invasión a Panamá de 1989 y que podría tener impredecibles consecuencias.
Los antecedentes de los actores en pugna y el petróleo y demás recursos sobre los que flota Venezuela y una arrebatada democracia en cuyo nombre hay quienes buscan rediseñar el tablero americano no permiten descartar ninguna hipótesis.
Mientras, la líder opositora venezolana María Corina Machado -quien alguna vez sugirió la intervención extranjera a su país para acabar con el chavismo- avisó al comité noruego que el miércoles próximo estaría en Oslo para recibir el Nobel de la Paz. En esa ceremonia estaría también Edmundo González Urrutia, quien según los opositores a Maduro y diversos gobiernos fue el ganador de las presidenciales de julio de 2024 y hoy vive exiliado en España. También aseguran que estarían presentes Milei y sus colegas de Ecuador, Daniel Noboa, y Panamá, José Raúl Mulino.
Trump, quien aspiraba a ese galardón, por ahora deberá contentarse con el “Fifa de la Paz” que pergeñó a su medida el mandamás del fútbol global, Gianni Infantino. Ojalá ese dudoso premio sirva para evitar una acción armada que medios tildan hace días de “inminente” y contra la que han alzado su voz enérgica México, Colombia y Brasil, cuyo presidente se ofreció a mediar, mientras otros callan, miran para otro lado o apoyan mientras mendigan tratos preferenciales de “vecinos leales del patio trasero”.