El almanaque deja caer las últimas hojas de un 2025 que ha visto cómo los enfrentamientos, el dolor, la incertidumbre y la violencia fueron una vez más moneda corriente en vastas regiones del planeta, donde las treguas no son reaseguro de una paz duradera ni justa, y los conflictos que se auguraban resueltos parecieran prolongarse o agravarse y producir contagios a escala regional o global.
En este epílogo de diciembre en que católicos y no creyentes evocan de manera muy diversa el “Día de los Santos Inocentes”, resulta casi imperativo volver la mirada hacia quienes a diario vieron y todavía ven vulnerada su inocencia en medio de omisiones de poderosos y silencios cómplices de gobernantes abyectos.
Aquellos asesinatos perpetrados contra quienes no podían haber cometido falta alguna, cuya evocación se remonta al Evangelio de San Mateo, reflejan la crueldad del rey Herodes, quien ordenó matar a todo niño menor de dos años que viviera en Belén y sus alrededores, al conocer la noticia del nacimiento de Jesús, el Mesías, el llamado a ser “el rey de los judíos”.
Más allá de creencias y dogmas, y de la banalización con que las costumbres posteriores convirtieron a la fecha en una celebración pagana dotada de bromas y humor, la inocencia acaso debería seguir siendo un valor inclaudicable, una garantía a esgrimir por los más débiles e indefensos de un mundo donde sobran estigmatizaciones, juicios sin pruebas y ejecuciones sumarias transmitidas en vivo, sin rubor. Así, miles y miles de niños y niñas nacidos en este primer cuarto del siglo 21, que culmina este miércoles, cargan a su manera con su cruz, dos mil años después.
Cifras escalofriantes
El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) alertó la semana pasada que “uno de cada 10 niños” necesita ayuda en todo el mundo y aseguró que ellos “viven en el infierno en la Tierra”.
A partir de datos recogidos a lo largo del año pasado y actualizados en marzo de 2025, este organismo indicó que más de 473 millones de menores, uno de cada seis en el mundo, vivían en países o regiones afectados por guerras o conflictos. Es la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial.
La Franja de Gaza, Ucrania, Siria, Yemen, Afganistán o Sudán, aparecían como los peores escenarios, aunque no los únicos. Myanmar o Haití integran también esa nómina incompleta de urgencias.
Otra de las agencias de Naciones Unidas, la del Alto Comisionado para los Refugiados (Acnur) reveló en abril pasado que existen más de 122 millones de personas desplazadas de sus hogares, de las que 49 millones son niños y niñas.
En el caso de Sudán, sumido en uno de los conflictos olvidados que desangra al continente africano, se estima que 15 millones de chicos y chicas, no podrán sobrevivir sin ayuda. Además, uno de cada 10 niños necesitará algún tipo de ayuda o asistencia en el mundo durante 2026.
En Gaza, el acuerdo de cese del fuego impuesto a comienzos de octubre bajo presión de Estados Unidos no ha supuesto el fin del calvario de decenas de miles de personas que sobreviven en la Franja entre los escombros. Según cifras del Ministerio de Seguridad gazatí, que Israel descalifica, del total de casi 71 mil palestinos muertos en estos dos años por la represalia ordenada por el primer ministro Benjamin Netanyahu tras la cruenta ofensiva de Hamas, el 7 de octubre de 2023, más de 20 mil fueron niños. A ellos hay que sumar un número considerable de mutilados o menores con lesiones severas que figuran entre los más de 40 mil chicos y chicas heridos por este conflicto.
También en Cisjordania la violencia que mató a más de mil palestinos costó la vida a unos 200 menores desde el fatídico 7-O del 23, cuando los islamistas asesinaron a más de 1.200 israelíes, dejaron cientos de heridos y tomaron más de 250 rehenes, muchos de ellos también niños y niñas.
Las penurias de los palestinos más jóvenes no terminaron con el frágil y a veces vulnerado cese del fuego. A la cifra de más 20 mil menores muertos en 23 meses, o más de un fallecimiento por hora cuando recrudecían los bombardeos y ataques israelíes, según un informe de la ONG humanitaria Save the Children, de principios de septiembre pasado, hay que adosar las víctimas por la hambruna derivada de meses de bloqueo a la Franja y las que empezó a sumar el frío irresistible en la intemperie ante la que los escombros no son abrigo.
El director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus advirtió el domingo pasado que más de 100 mil niños y 37 mil mujeres embarazadas y lactantes seguirán padeciendo desnutrición aguda al menos hasta abril del año que está a punto de comenzar.
Otro régimen, mismo horror
En Siria, en tanto, más del 75 por ciento de los 10,5 millones de niños y niñas que forman parte de su población total nacieron durante los 14 años que duró su guerra civil. Según Unicef y otros organismos humanitarios, hay cinco millones de menores que aún están en peligro por los restos de explosivos que dejó como ominoso legado el conflicto, y más del 40 por ciento de las casi 20 mil escuelas sirias siguen cerradas. La “desescolarización”, otro de los flagelos de este tiempo que golpea a las poblaciones más vulnerables, afecta a dos millones de chicos que no asisten a clases y a más de un millón en riesgo de abandonar sus estudios.
Al complejo cuadro sirio —donde Ahmed al Sharaa, un ex integrante de grupos afines a Al Qaeda avalado hoy por Donald Trump y otros gobiernos occidentales tras derrocar al autócrata Bachar Al Assad el 29 de enero pasado—, hay que agregar la situación de casi 600 mil menores, que presentan cuadros de desnutrición potencialmente mortales.
En Yemen, 10,8 millones de niños y niñas necesitan ayuda urgente, incluidos servicios de nutrición, salud, agua, saneamiento, educación y protección. Tras una década de devastador conflicto, la mitad de los niños menores de cinco años sufre desnutrición aguda, indicó Unicef, que desde marzo de 2015 a diciembre de 2023 había contabilizado 12 mil menores muertos o heridos en el conflicto, más de ocho mil mutilados y 4.300 reclutados y utilizados por grupos o fuerzas armadas. Cerca de 3,5 millones de chicos que no van a la escuela completan el trágico panorama yemení.
Desplazados dentro y fuera
Para Ucrania esta es la cuarta Navidad consecutiva en medio de la guerra con Rusia, un conflicto cuyo número real de muertos y heridos en combate o producto de bombardeos sigue siendo incierto o al menos contradictorio, según las fuentes.
Al cumplirse en febrero pasado tres años del inicio de las operaciones militares ordenadas por Vladimir Putin, la ONU indicó que más de 2.500 niños habían muerto o resultado heridos por la guerra, en un goteo de dos por día, según precisó la directora ejecutiva de Unicef, Catherine Russell. En ese período, uno de cada cinco chicas o chicos ucranianos había perdido a un familiar o amigo cercano por el conflicto, que además produjo los desplazamientos forzados internos o hacia otros países de más de cinco millones de niños.
Son parte de los más de 49 millones de menores de edad en el mundo entero que debieron abandonar sus hogares para sobrevivir, según el informe Tendencias Globales de Acnur. Ellos representan el 40 por ciento de los 122 millones de seres humanos desplazados que la agencia de la ONU para los refugiados había relevado hasta agosto pasado.
Venezuela, con días contados, relatos parciales y augurios fatales
En un planeta signado por los conflictos, donde las desigualdades se agigantan y las respuestas a las necesidades no parecen alcanzar a todos, la situación de millones de inocentes que ven vulnerados sus derechos más elementales debería interpelar a quienes ostentan más poder.
Horrores como el Holocausto u otros que padeció la Humanidad en la Segunda Guerra Mundial, dieron pie a la búsqueda de un antídoto con el que prevenir nuevas tragedias y así surgió en 1948 la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Sin embargo, la protección no fue del todo eficiente; mucho menos para los más frágiles, a menudo convertidos en carne de cañón, y así se llegó en 1959 a la Declaración de los Derechos del Niño. Y como muchos de los firmantes de ese documento a menudo ignoraban su articulado, 30 años después se llegó a la Convención sobre los Derechos del Niño, cuyo contenido obliga a sus signatarios.
A partir de la última reforma a nuestra Carta Magna, en 1994, se incorporaron con rango constitucional en el artículo 75 inciso 22 tanto la Declaración Universal de Derechos Humanos como la Convención sobre Derechos del Niño. Algo que sería pertinente que recordaran quienes pregonan que el Estado debe desentenderse de funciones clave sobre la infancia, como alimentación, educación y salud, mientras entregan como regalo de Navidad “Defendiendo lo indefendible”, el libro del gurú de los libertarios radicales que aboga en favor del trabajo infantil, entre otras regresiones, abusos y anomalías. Aunque nada tan bajo o deleznable como bromear sobre los “vuelos de la muerte”, una de las más sombrías prácticas de una dictadura que picaneó embarazadas y robó bebés que hoy y siempre habrán de buscar sus abuelas.