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CULTURA / Preferencias a la hora de elegir qu leer
domingo 9 marzo, 2014

Adolescentes

¿Qué, cómo, cuándo y dónde leen los adolescentes? En nuestro país se da por sentado que el hábito de la lectura es algo que se adquiere en la escuela, cuando en realidad se trata de una práctica en la que influyen factores muy diversos. Educadores, escritores, editores y jóvenes lectores analizan cómo se preparan las nuevas generaciones

Foto: Shutterstock
domingo 9 marzo, 2014

A  fines de los 90 una escritora británica inventó a un joven mago en la ya mítica servilleta de un café. Nació Harry Potter y los adolescentes devoraron siete libros extensos. Después llegaron los vampiros. La saga Crepúsculo cautivó también a los alumnos de la escuela secundaria. Más tarde la trilogía de Los juegos del hambre fue un éxito entre el público joven.

El mercado editorial, atento a los números, creó sus sellos y sus colecciones juveniles. Y apareció un nombre para definir al género más consumido por el público teen: el fantasy. Un híbrido que combina mitología, romance, misterio y terror. “Todo el mercado infantil y juvenil viene en crecimiento constante desde hace varios años. El juvenil, de hecho, es nuevo. Podemos decir que ‘se creó a sí mismo’, ya que era una categoría inexistente 30 años atrás”, explica Gabriela Adamo, directora ejecutiva de la Fundación El Libro, y agrega: “Está relacionado con decisiones de marketing de las editoriales, que vieron este nicho de mercado y empezaron por poner tapas especiales a libros que antes eran para adultos o para niños, pero así quedaban destinados a un público ‘nuevo’. Los autores se sumaron y el público respondió muy bien, por lo que hoy en día tenemos una producción genuina y muy variada para chicos de entre 12 y 18 años”.

“A pesar de los lemas fáciles que sentencian que los chicos no leen o se pasan el día en la computadora o jugando a los videojuegos, la popularidad estas sagas son evidencia de que sí leen ficción con entusiasmo”, opina Rocío Bressia, especialista de la Fundación Leer.
Frente a esta nueva oferta editorial, que suele estar rodeada de publicidad, resulta clave el criterio de selección. “Los chicos acceden a los textos a través de las recomendaciones, pero también de las modas y operaciones de marketing. Allí reside el rol ineludible de los adultos que deben hacer accesible y recomendar aquellos textos que valen la pena”, aconseja Bressia.

Qué leen en el aula. Sin embargo, en la escuela es muy difícil que ingrese algún vampiro y el fantasy suele quedar para el tiempo libre de los alumnos. Puertas adentro del ámbito educativo hay títulos que se repiten hace décadas. Son aquellos clásicos que integran el “canon escolar”. “Son autores muy reconocibles: Arlt, Echeverría, Borges, Cortázar, Conan Doyle, Agatha Christie, Sófocles”, opina Guido Arch, licenciado en Letras que dicta clases de lengua y literatura en una escuela secundaria.

Otros que mencionan alumnos consultados son Don Segundo Sombra, Don Quijote, Mi planta de naranja lima, Romeo y Julieta, Rosaura a las 10 y algunos títulos de Gabriel García Márquez. Entre los autores contemporáneos que han sido bienvenidos por los docentes aparecen Pablo De Santis, Marcelo Birmajer, Franco Vaccarini, Liliana Bodoc y María Teresa Andruetto.
En el colegio Etcheverry Boneo a Ana Jonte –que ahora está por empezar quinto año- le dieron para leer Crimen y castigo. Y entre todo lo que leyó en la secundaria, elige esta novela rusa como su preferida. “Si bien fue un libro que al principio me costó mucho leer, una vez que te acercás a la trama se vuelve muy entretenida y hasta graciosa en algunas partes. Me llamó muchísimo la atención porque cuando lo vi que el libro era enorme y viejo me imaginé que iba a ser el libro más aburrido del mundo y resultó todo lo contrario”, cuenta. Por otro lado, el libro que menos le gustó a Ana fue el Poema del Mio Cid. “Me pareció un embole. Las aventuras del Cid no me parecieron nada divertidas o emocionantes, no me pareció que haya dejado ninguna enseñanza y tampoco me sorprendió”, concluye esta lectora.
Crónica de una muerte anunciada fue uno de los preferidos de Alejandro Bartolomé, que terminó en diciembre la secundaria. Y entre los autores argentinos contemporáneos que leyeron y gustaron en el curso en general aparecen Eduardo Sacheri y Claudia Piñeiro. “Ambos están en un contexto argentino que nos resulta familiar y además los dos tocaban temas que son tabú en el colegio. Incluso una mamá llegó a quejarse porque en Betibú tenían sexo y fumaban porro”, cuenta Alejandro, que también leyó por su cuenta El guardián entre el centeno y le encantó. “La mayoría de los libros fueron divertidos, pero en general los que no me gustaron fueron los más viejos, como El Martin Fierro, Don Segundo Sombra y Don Quijote. Sé que son clásicos, y que en algún momento hay que leerlos pero aunque me esforcé, no lograron entretenerme”, concluye.

Entretener. Una palabra que, para el escritor Marcelo Birmajer es clave. “Si yo pudiera poner una universidad para recibirse de escritor les exigiría a los postulantes que fueran capaces de hacer reír, de hacer llorar y crear suspenso. Eso no necesariamente crea un escritor pero si no es capaz  de cumplir estos requisitos no podrá serlo”, sintetiza y aclara: “Esto sucede con cualquier público, lo que pasa que los adolescentes lo dicen”. Para Birmajer la academia y el sistema literario hicieron del entretenimiento una mala palabra. “Para mí es la salvia de la literatura. Si yo no me divierto no puedo escribir. No puedo imaginar que alguien se tenga que esforzar por leer”, opina el autor de Un crimen secundario, título muy leído en las aulas.

Andruetto es autora de numerosos libros para niños y jóvenes y ganadora del Premio Hans Christian Andersen, considerado el más prestigioso de la literatura para niños. “Creo que mis libros resultan atractivos a quienes ya leyeron otros míos. Me da la impresión de que una vez que ‘nos encontramos’ ese lector y yo, se produce una suerte de fidelidad lectora. Pero el ingreso me parece que no es tan espontáneo, que está acompañado por algún adulto lector”, opina la escritora.

Frente a tanta oferta editorial, la tarea de selección del docente aparece como un desafío cargado de responsabilidad. “Lo más difícil es orientarse y elegir entre la enorme variedad de títulos disponibles. Por suerte, los distintos asesores en la materia están haciendo un trabajo muy completo y responsable”, opina Gabriela Adamo y anticipa que en la Feria del Libro de este año habrá un congreso destinado a educadores sobre este tema.

Alicia Salvi,  presidente de Asociación de Literatura Infantil y Juvenil (Alija)-IBBy, observa esta dicotomía que se les presenta a los docentes entre lo que consideran de calidad y lo que les gusta a los alumnos. “Afortunadamente, esa dicotomía no es de hierro. Si ya están leyendo Harry Potter en casa, se pueden comentar en clase y el profesor puede desde allí saltar a las fuentes de Rowling: los mitos griegos, las novelas de orfanatos ingleses...pasar de un libro al otro a partir del interés del alumno me parece una fórmula potente”, opina la especialista. La escuela aparece también como una oportunidad para mostrarles a los alumnos la diversidad de textos que existen y que ellos luego puedan seguir su camino lector. “Es el espacio en el que debería quedar asegurado el acceso a la variedad de textos y modalidades de lecturas. Las buenas experiencias con los textos no solo son exigidas por la planificación sino que pueden determinar la relación de los chicos con los libros”, opina Rocío Bressia, de la Fundación Leer. Frente a tantos libros y tan sólo cinco años de secundaria, ¿es difícil instalar un autor nuevo, que salga del “canon escolar”? “Es difícil porque existe un consenso generalizado de lo que se ‘debe dar en una escuela’. Entonces si bien existen autores nacionales excelentes uno no puede terminar el ciclo básico desconociendo la obra de Cortázar o Edipo Rey”, opina Guido Arch.  Bressia coincide en que el canon suele ser estable y que hay textos que nunca se cuestionan. “Es importante que el docente sea también un lector activo de literatura juvenil y que tenga un criterio de calidad de sepa sortear modas. Para formar un lector, no cualquier texto vale la pena, y para que un texto valga la pena no necesariamente tiene que ser un clásico del siglo de oro español”, opina la especialista.

¿Dónde se forman los lectores? Muchos escritores y lectores consultados mencionan la imagen de sus padres leyendo como un recuerdo clave en esta iniciación. “Mi padre era muy gordo y le encantaba comer. Pero cuando estaba leyendo y lo llamaban a comer se quedaba leyendo”, recuerda el escritor Marcelo Birmajer. “Me crié en una casa con muchos libros: la colección Robin Hood, las novelas de Agatha Christie, literatura de toda clase. Mis padres me contaban con todo detalle las películas que iban a ver y eso también me decidió por la lectura. Al escribir siempre debemos tener un pie en la lengua escrita y otro en la lengua oral”, opina el escritor Pablo De Santis.

“En mi casa hay muchísimos libros dando vueltas. Mi mamá es una gran lectora y es a la primer persona que voy en busca de nuevos libros”, cuenta la estudiante secundaria Clara Colombo.

Sin embargo, también existen muchas historias de escritores y lectores que crecieron en hogares sin libros y descubrieron el placer de la lectura en otro lado. “Hay grandes lectores que vienen de hogares que desestiman la cultura y que se forman, por ejemplo, en la biblioteca de su barrio. Nuestra responsabilidad, como adultos, es facilitar el acceso y la libertad de elección, ser gentiles con el proceso de acercamiento y alejamiento al libro, que es muy personal y cíclico en cada chico”, opina Gabriela Adamo, de la Fundación El Libro.

La escritora María Teresa Andruetto destaca en esta situación el importantísimo rol de la escuela en reducir la brecha entre chicos que provienen de hogares no lectores y los que provienen de mundos donde el libro está presente. “La escuela, y muy especialmente la escuela pública, es el lugar desde donde una sociedad puede distribuir más equitativamente los recursos culturales de un país. No podemos dejar librada la construcción de lectores sólo a la situación familiar”, concluye la escritora

Qué pasa afuera. Las sagas de literatura fantástica y los títulos de fantasy cautivan pupilas adolescentes. Todos los lectores consultados mencionaron algún título de este género. Harry Potter aparece como la puerta de entrada en estos recorridos lectores. “Nunca lloré tanto como con alguna de las muertes de los personajes. Harry Potter hace lo más irreal y fantasioso casi palpable, es como que cada persona que lo leyó sueña con la existencia de una escuela de magia perdida en algún lugar del Reino Unido”, piensa Ana Jonte y sintetiza quizás esa fascinación de los chicos por el joven mago.

La especialista en literatura juvenil Alicia Salvi rastrea este interés por los mundos imaginarios en títulos como Alicia en el país de las maravillas y El Mago de Oz: “Puede ser un modo de mirar la realidad desde afuera. Con el advenimiento de películas, series y juegos que toman los elementos argumentales del fantasy los jóvenes se han apropiado de esos textos”.

Clara Colombo, estudiante de secundaria del San Andrés, también menciona a El guardián en el centeno entre sus libros preferidos. En su larga lista también figuran Las ventajas de ser invisible, Lolita, Mil soles espléndidos, Metamorfosis y A sangre fría. “Cuando empiezo un libro, me meto en mi mundo, y hasta que no lo termino no paro. No disfruto las típicas historias con finales felices”, cuenta esta joven lectora.

El fantasy, con sus tapas y sus adaptaciones cinematográficas, suele ser un género poco respetado por el público adulto. Bressia arriesga una hipótesis interesante para explicar este rechazo: “Los elementos sobrenaturales, la discusión con el orden real conocido, la extrañeza y la inquietud son ventanas que los lectores adultos pueden no estar en condiciones de querer abrir. Los chicos, en cambio, no dudan en arrojarse al desafío de lo diferente, de lo monstruoso. Al contrario, festejan al vampiro y al hombre lobo, al duende y al ser extraño, al diferente que provoca la pregunta y la reflexión, incluso, el propio cuestionamiento”.
En este sistema dónde hay géneros y autores “legitimados” y otros que no gozan de la misma fortuna, surge un interrogante frente a esta camino de iniciación en la lectura: ¿Es bienvenido el hábito de la lectura en sí, más allá de lo que se lea?

Adamo no duda: “Cualquier lectura es buena. Aunque más no sea, es buena porque permite que nos evadamos un rato de una realidad difícil y eso suele ser especialmente importante para la difícil etapa adolescente”, y agrega: “Esto no impide que seamos ambiciosos y que tratemos de empujar suavemente a esos chicos un poco más allá, que abran sus cabezas y vayan incorporando otros gustos y desafíos. Pero siempre con calma y mucha paciencia, y admitiendo que no sabemos cuál es el proceso mental que está haciendo cada lector, qué es lo que aprehende de lo que está leyendo, y que por lo tanto no tenemos la autoridad para decidir magistralmente que debería estar leyendo otra cosa”, concluye


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