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Nuevo género literario: la novela inconclusa

La regla es la avidez: si un autor célebre deja inconclusa una obra, se editará como sea, aunque no llegue a rozar la calidad de la peor de sus obras publicadas en vida. Hay excepciones, naturalmente, y en muchos casos esa novela a la que no llegaron a ponerle el punto final se convierte en lo mejor que sus genios fueron capaces de destilar en vida.

La regla es la avidez: si un autor célebre deja inconclusa una obra, se editará como sea, aunque no llegue a rozar la calidad de la peor de sus obras publicadas en vida. Hay excepciones, naturalmente,
| Cedoc

La reciente publicación por Harper Collins de The Story of Kullervo, la novela inconclusa de J.R.R. Tolkien, escrita a los 22 años, sobre el universo fantástico de la Tierra Media, no es un caso aislado ni seguramente el último. Este texto temprano inauguró las sagas de Tolkien y  los cimientos narrativos que seguirían sus obras ulteriores, pero por alguna razón nunca pudo finalizarla. La lista de grandes autores que dejaron novelas sin terminar (y algunos como su obra maestra) a causa de muerte o enfermedad (u otros motivos menos aciagos) no es demasiado copiosa. No se trata de una regla infalible porque, de hecho, se han publicado varias que son mediocres, malas o pésimas o que, en el mejor de los casos, no pasan de meros borradores.

La segunda novela de Harper Lee, Ve y pon un centinela, cuya traducción al español acaba de aparecer, 55 años después de la primera y única que publicó, Matar a un ruiseñor, dejó muchas dudas acerca de si era la primera versión de ésta o nada más que un borrador mejorado por los editores. Periodistas del Washington Post iniciaron una investigación sobre el origen del manuscrito que habría encontrado, y por casualidad, el año pasado la abogada de Lee, Tonja Carter, con el propósito de descubrir si se trataba de una nueva novela o no. Al parecer, Lee entregó en 1956 una novela titulada Go Set a Watchman a Tay Hohoff, de la Editorial J.B. Lippincott, y éste propuso que escribiera otra versión narrada a partir de la hija de Atticus Finch (el abogado protagonista de Matar a un ruiseñor), la pequeña Scout. Siguiendo las indicaciones del editor, Lee reformuló la historia y comenzó a trabajar con él en el nuevo texto. Si bien Ve y pon un centinela vendió en sólo una semana más de un millón de ejemplares en Estados Unidos y Canadá, eso no ha disipado ninguna de las dudas que en su momento despertó.

Sea como sea, la aparición en 2014 de la novela póstuma de José Saramago, que dejó inconclusa, hace sospechar que a ciertos editores les interesa más incrementar las ventas que propiciar la calidad literaria. Después de la exhumación de Claraboya (2012) y del póstumo Ultimo cuaderno (2011), Alfaguara publicó Alabardas, la novela que escribía Saramago al momento de su muerte, en 2010. ¿El resultado? Sólo el esbozo de los tres primeros capítulos, la silueta de los dos protagonistas y un argumento vago sobre la industria bélica. A eso se agregó algunas notas de trabajo, ilustraciones de Günter Grass y textos de Fernando Gómez Aguilera y Roberto Saviano sobre el tema. En suma, Alabardas no es más (o poco más) que el borrador de la historia de Artur Paz Semedo, un gris empleado de una fábrica de armamento que, obsesionado por las piezas de artillería, emprende una investigación en su propia empresa estimulado por su ex, una mujer con carácter, perspicaz y además pacifista, y allí termina todo.

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El jardín del Edén de Ernest Hemingway se publicó en 1986 (veinticinco años después de la muerte de su autor) y consiguió un gran éxito de ventas, pero conformó a pocos. La opinión generalizada fue que si hubiera sido la primera novela de un escritor ignorado, la habrían rechazado los editores o, de haberla aceptado, en breve habría ido a parar a las mesas de saldos de las librerías. Como sucedió con otra novela inconclusa de Hemingway (Islas en el golfo publicada en 1972), los editores utilizaron técnicas de copia/edición, realizaron sobre el manuscrito cortes sustanciales de párrafos, escenas y capítulos enteros, transpusieron episodios y diálogos, e insertaron interpolaciones y material que Hemingway había descartado. Es decir, El jardín del Edén constituye posiblemente un híbrido de editing y borradores, por lo que sólo exagerando se puede aceptar que es una obra del autor. En todo caso, con otra novela inconclusa de Hemingway, Al romper el alba, la edición fue mucho peor: fue reducida de 850 páginas a 320 por su propio hijo Patrick, quien la publicó en el centenario del nacimiento de su padre, en 1999.  

También la obra póstuma de Vladimir Nabokov sufrió este tipo de abusos. Cercano a su muerte, Nabokov le pidió a su mujer destruir la novela El original de Laura, con la que estaba trabajando, si es que no llegaba a revisarla antes de morir. Después de la muerte de la señora Nabokov, la decisión de cumplir la voluntad del autor recayó sobre su hijo Dimitri, quien no respetó la voluntad de padre. Después de treinta años, El original de Laura se publicó y no pocos lectores y críticos lamentaron la calidad de su escritura. Por suerte, la novela se lee rápido porque pertenece a ese género “embrionario” que han inventado algunos editores para explotar el nombre de escritores famosos. En concreto, no es más que un conjunto confuso y dislocado de piezas extrañas ordenadas cronológicamente, un libro dentro de un libro sin una voz narrativa definida que habla (o intenta hacerlo) sobre la bella Laura, una Lolita de veinticuatro años casada con el señor Wird, un neurólogo que ha descubierto cómo lograr que el cuerpo humano envejezca lentamente y revertir el proceso de la muerte.

Con la novela inconclusa de Albert Camus, El primer hombre, sucedió algo similar, aunque quizá estaba en un estado menos “embrionario” que la de Nabokov. El manuscrito fue hallado en un maletín negro dentro del Facel Vega donde perdió la vida, en 1960, en un accidente cerca de París, y le faltaban signos de puntuación, palabras y fragmentos enteros. El trabajo de edición fue muy dificultoso (a cargo, en gran parte, de la hija de Camus, Catherine), tanto que se publicó recién en 1994. Para muchos críticos es una de las mejores obras del autor, para otros no tanto. Cualquier lector se da cuenta que la novela (autobiográfica) está inconclusa. Como apéndice se añaden algunas de las anotaciones que se encontraron entreveradas en el manuscrito, además de un cuaderno donde se plantea el proyecto de la obra y dos cartas que intercambiaron Camus y su primer profesor y mentor, Luis Germain. En suma, no mucho más que un borrador mejorado.

Lo mismo podría decirse de El rey pálido de David Foster Wallace, la novela que dejó sin terminar. En ella trabajaba antes de su suicidio, en 2008.  Michael Pietsch, amigo y editor de Wallace, se encargó de ordenar cientos de páginas de una novela “embrionaria”, aunque dispersa en diferentes discos duros, archivos, cuadernos de espiral, carpetas, disquetes que contenían capítulos, atados de páginas manuscritas, notas. El rey pálido, por lo tanto, es un producto fragmentario, enmarañado y errático, que Pietsch editó como pudo. Al final del libro, incluyó algunas apuntes de Wallace que permiten hacerse una idea de cuáles eran las direcciones que las historias podían tomar, salvo que son todas provisorias, ramificaciones posibles que el autor imaginaba, pero que nunca escribió. Por otro lado, la trama está apenas trazada, si bien resulta claro que consiste en el enfrentamiento entre Merril Lehrl (quien busca sólo rentabilidad) y DeWitt Glendenning (“El rey pálido”, quien exige una finalidad moral), en el seno de un Centro Regional de Examen de la Agencia Tributaria de los Estados Unidos. Todo indica que Wallace (que es un personaje de la obra: “el autor”) pretendía escribir sobre el aburrimiento porque, durante muchas páginas, introduce sin pausa vocablos técnicos propios de la burocracia contable y tributaria que invitan sencillamente a abandonar el libro.

Otro asunto es Plegarias atendidas, la novela inconclusa de Truman Capote publicada en 1986, dos años después de su muerte. Organizada en tres relatos relacionados, la novela está inacabada, pero exhibe cierto grado de síntesis, uso de diferentes registros del lenguaje y personajes logrados. Aquí lo inconcluso de la trama (de estilo policial) no molesta para nada sino que, por el contrario, incita a varias lecturas posibles. Capote, aunque no logró terminarla, trabajó muchos años en esta novela, al menos desde 1966. El 5 de enero de ese año firmó el contrato con Random House para Plegarias atendidas y cobró un adelanto por los derechos de autor de 250 mil dólares. La fecha de entrega era el 1º de enero de 1968 y sería un análisis al modo proustiano del mundillo de la high society aristocrática y mundana europea y de la Costa Este de los Estados Unidos.

En cuanto a El último magnate, la última novela de Francis Scott Fitzgerald que quedó inconclusa a causa de su muerte el 21 de diciembre de 1940 en Hollywood, hay que considerar para una evaluación justa que fue editada por su amigo Edmund Wilson (crítico literario, director de Vanity Fair entre 1920 y 1921, redactor de The New Republic y de The New Yorker), quien trabajó con las notas de Fitzgerald, corrigió los manuscritos y, en 1941, la publicó con un elogioso prólogo suyo. ¿Corresponde reconocer a Fitzgerald como el autor de esta estupenda novela de lo que sólo se ha publicado un borrador? La respuesta sólo puede ser afirmativa, porque (como ya se ha observado) ninguna técnica de edición –ni la de Wilson, un crítico respetable– es capaz de convertir un bodrio y encima esbozado en algo magistral. Conque, sin más, hay que creerle a Wilson cuando dice en el prólogo: “El último magnate es, con mucho, la mejor novela que se ha escrito sobre Hollywood y la única que nos introduce en su ambiente”.
En el siglo pasado se publicaron varias novelas inconclusas para destacar: El buen soldado Svejk, del checo Jaroslav Hašek (una sátira antimilitarista publicada por entregas entre 1920 y 1923); Las bucaneras, de Edith Wharton (más conocida por La edad de la inocencia); Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, de John Steinbeck (el texto se interrumpe en la escena de infidelidad de Lanzarote con Ginebra); El hombre sin atributos de Robert Musil, Las confesiones del estafador Félix Krull, de Thomas Mann. Esta última, publicada en 1954, un año antes de la muerte de su autor, ha sido exaltada como la novela picaresca más importante del siglo XX, pero si no lo fuera, vale por sí misma.

Un ejemplo aun más ilustrativo y reciente de que una novela inconclusa no supone forzosamente una obra fallida, es la excelente Suite francesa, de Irène Némirovsky (escritora judía francesa de origen ucraniano) publicada póstumamente en 2004. Némirovsky nunca llegó a terminar la novela debido a que en 1942 fue arrestada por su origen judío y deportada finalmente a Auschwitz, donde murió. El cuaderno que contenía el manuscrito fue conservado por sus hijas. En síntesis, Suite francesa fue concebida en cinco partes (Némirovsky sólo alcanzó a escribir dos) y combina el testimonio autobiográfico con el relato intimista de la burguesía ilustrada y el tono realista y desencantado respecto de la actitud de la sociedad francesa durante la ocupación nazi.  
Por todo lo anterior, habría que reivindicar de una vez a la novela inconclusa como un subgénero de la literatura moderna.