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CULTURA / golpe por golpe II
domingo 15 febrero, 2015

Tango del viudo

Hace dos semanas publicamos un artículo de Ricardo Strafacce donde ponía los puntos sobre las íes al crítico español Ignacio Echevarría, que acaba de prologar la edición española de “El fiord”, de Osvaldo Lamborghini. Entre otras cosas Echevarría no cree, como Strafacce, que “si no se entiende el peronismo no se puede entender a Lamborghini”, y dice: “Esta dramática reducción de los alcances de una obra me parece penosa y obcecada”.

por Redacción Perfil

Foto: Cedoc

Todos los que, por las razones que sea, sentimos admiración por Osvaldo Lamborghini tenemos contraída una deuda de gratitud con Ricardo Strafacce; así que no quiero perder la oportunidad de decir, antes que nada:

–Gracias, Strafacce.
Por otro lado, es comprensible que quien se dedicó con tan obstinado celo a pergeñar una biografía de Lamborghini célebre por su prolijidad (la prolijidad de un cartógrafo resuelto a que el mapa recubra el territorio) tienda a patrimonializar tanto y tan sostenido empeño, a sentirse legatario de la personalidad cuyo pretendido esclarecimiento le supuso esfuerzos tan descomunales, y se erija por propia iniciativa en intérprete oficial de los textos de Lamborghini. Por ahí se explican, pienso yo, la suspicacia y la susceptibilidad que manifiesta Strafacce hacia todo acercamiento a los mismos, por bienintencionado que sea.

Con todo, me veo en situación de salir al paso de algunos malentendidos y de algunas erradas presunciones que Strafacce vuelca en el destemplado comentario que, en estas mismas páginas, dedicó a la escrupulosa edición de El fiord publicada recientemente por Ediciones Sin Fin (Barcelona) y acompañada de un ensayo mío.

Strafacce malinterpreta la intención de mi texto, que no es, ni muchos menos, la de disuadir al lector español de leer El fiord. ¿En qué cabeza cabe que me propusiera tal cosa, y cómo habían de aceptarlo los editores? Tampoco es cierto que yo escribiera mi texto malhumorado, sino todo lo contrario: lo escribí con inequívoca simpatía, con humildad también, y haciendo empleo de una ironía que estimo flagrante pero que al parecer escapa por completo al bueno de Strafacce.

Me deprime un poco que el redactor de PERFIL escribiera en la entradilla del artículo de Strafacce que para mí El fiord “resulta un desatino y un producto de exclusivo consumo para argentinos”. ¡Pero hombre, cómo se les ocurre a él y a Strafacce que yo pueda pensar tal cosa y que dedique treinta páginas a expresarlo! ¡Y a continuación del texto de Lamborghini! Claro que ese mismo redactor no tiene empacho, a su vez, en referirse a Lamborghini como “uno de nuestros clásicos más entrañables y purulentos”. ¡Lamborghini entrañable! ¡Y purulento!

Pero ya se sabe cómo son los periodistas, siempre corriendo.

Más preocupante es lo de Strafacce.

Verás, querido Strafacce: lo que yo me propuse con mi ensayo fue instalarme en el centro mismo de la confusión, de la extrañeza, del instintivo rechazo que a los lectores comunes, me consta, al menos a los más desavisados, suele producirles El fiord, y desde ahí tratar de abrirles paso, a través de la maraña de reacciones e interpretaciones que el texto ha suscitado, a una posición desde la que procesar en mejores condiciones el impacto recibido. Dado que la edición de El fiord a la que iba destinado mi ensayo está dirigida en primer lugar a lectores españoles, me esforcé por arrancar el texto de los sobrentendidos con que suele ser leído en Argentina, postulando –o conjeturando, al menos, lleno de dudas– una lectura hasta cierto punto abstraída de las fraseologías con que fue arropado desde un comienzo. Esto es todo.

Estimo tan evidente y tan explícito este propósito de mi ensayo que renuncio a abundar en él y a justificarlo. Otra cosa es que lamente no haberlo cumplido en la medida deseada. En cualquier caso, estoy convencido de que si Strafacce relee mi texto con menos desconfianza se percatará de que éste apunta a otro tipo de consideraciones y de discusiones que las que él mismo ha promovido.
Por mi parte, quiero replicar brevemente dos afirmaciones de Strafacce.

En primer lugar, me resisto a pensar, como él, que “si no se entiende el peronismo no se puede entender a Lamborghini”. Esta dramática reducción de los alcances de una obra me parece penosa y obcecada, y es contra ella contra la que mi texto pretende prevenir. Ni yo ni los responsables de Ediciones Sin Fin estimamos que sea imperativo leer El fiord con un profuso aparato de notas que esclarezcan sus alusiones, como Strafacce sugiere. Eso supone trivializarlo y sustraerlo del campo abierto de la gran literatura.
Por otro lado, tiene razón Strafacce al reprocharme que me ocupe tan poco del particular fraseo de Lamborghini y del papel decisivo que dentro de El fiord desempeña esa epifanía lírica que supone la súbita aparición de la mujer del narrador “contra el fondo del fiord”. Admito que, con la vista puesta en otros objetivos, descuidé enfatizar este aspecto sustancial del libro, quizás porque me pareció innecesario (es de su propio rechazo de lo que quise proteger al lector). Como sea, no entiendo bien a qué se refiere Strafacce cuando invoca “la profundidad del alma”, y me parece una solemne cursilería eso de “la flor en el fango”.

¿De verdad piensa que El fiord va de eso? ¿No se habrá equivocado de tango?


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