CULTURA
sexta edición

Lisos, caballos inflables y barro de río: la feria de arte que imagina una identidad santafesina

En la histórica Estación Belgrano de la capital provincial, +Feria 2026 reunió más de cuarenta propuestas artísticas y transformó a Santa Fe en una cartografía sensible de cerámicas, noches litoraleñas, relatos sobre caudillos olvidados y frutas plateadas. Más que una feria de arte, una efervescente escena en construcción que busca narrarse a sí misma.

En Santa Fe hay cosas que parecen inevitables: el liso servido bien frío, el pescado de río a la parrilla, la cumbia que exuda algún parlante cercano y el ritmo de la ciudad que en ocasiones parece zigzaguear entre la humedad y el agua. Quizás por eso no sorprende que, cuando +Feria abrió sus puertas en la antigua Estación Belgrano, el arte también apareciera atravesado por esa misma identidad esquiva y profundamente local, como si el litoral insistiera en filtrarse en cada obra.

La escena sucede en el corazón de la ciudad. El edificio —una estación ferroviaria francesa de techos altos y estructura monumental, inaugurada en 1928, abandonada durante años del menemismo y luego recuperada por la municipalidad— recibe desde hace tiempo congresos y actividades culturales. Pero durante tres días, del 15 al 17 de mayo, se transformó en otra cosa: un laboratorio abierto a la comunidad en el que Santa Fe intentó pensarse a sí misma a través del arte. Más de cuarenta propuestas, entre artistas, galerías, colectivos y proyectos editoriales, ocuparon sus pabellones con una pregunta medular recorriendo el ambiente: ¿cómo se ve una identidad santafesina en el arte contemporáneo?

“Esta feria es muy local, la mayoría de los expositores son de la ciudad de Santa Fe, del área metropolitana y la provincia: es un ensayo para empezar a pensar cuál es la identidad santafesina en el arte”, dice Joaquín Rodríguez, gestor cultural convocado para curar esta sexta edición. La apuesta, insiste, fue escuchar el territorio antes de diseñar el recorrido: “Quisimos entender las necesidades del público de Santa Fe, saber cómo veía su propia escena y visibilizar ese capital cultural”.

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A diferencia de otras ferias donde el vértigo comercial protagoniza el clima, aquí había algo más parecido a una conversación extendida. El público —familias, estudiantes de arte, artistas jóvenes, curiosos, coleccionistas ocasionales— avanzaba despacio entre los stands, escaneando QR pegados junto a las obras para descubrir precios, muchas veces accesibles para quien quisiera aventurarse en una primera compra. Porque si algo tienen las ferias es esa rara capacidad de acercar un mundo que suele parecer inaccesible.

El recorrido estaba dividido en tres grandes territorios temporales: Legado, Pulso y Visión. Pasado, presente y futuro del arte, aunque las fronteras fueran menos rígidas de lo que sus nombres prometían. En Legado, Marcelo Alarcón ejecutaba una conversación con la historia argentina desde la ironía. Sus pinturas, realizadas sobre madera recuperada de la calle —después de perder sus lienzos en inundaciones—, imaginan escenas improbables y profundamente teatrales. En La Biblioteca de los Decapitados, por ejemplo, los caudillos degollados de la historia nacional vagan entre estanterías buscando sus propias cabezas. El absurdo funciona como reescritura política, pero también como destellos de humor.

A pocos metros, Mario Guillermo Quinteros desafiaba un prejuicio silencioso: que el dibujo debe permanecer quieto sobre el papel. Sus esculturas parecen haber escapado de un cuaderno para adquirir cuerpo propio, criaturas inquietantes hechas desde la lógica obsesiva del grafito. Hay algo postapocalíptico en ellas, expresiones evanescentes de un sistema dañado. El jurado también lo vio así: su obra recibió uno de los premios estímulo de esta edición.

Pero el corazón revulsivo de +Feria latía en Pulso, la sección contemporánea, donde aparecieron algunas de las propuestas más inesperadas. En uno de los stands, un caballo inflable rosa parecía custodiar el entorno como una criatura absurda fabricada en un sueño infantil. A su alrededor, decenas de pequeños ponys de cerámica de colores brillantes componían una escena tierna a la vez que extrañamente política. Era el proyecto de 500 el liso, un colectivo de artistas santafesinos que tomó el nombre de la emblemática bebida local y decidió reinterpretar el Caballo de Troya.

No muy lejos de ahí, el colectivo Mojigata trazó un Mapa sentimental de una noche santafesina con mezcla de humor, melancolía y pequeñas tragedias afectivas en pinturas que parecen salidas de recuerdos demasiado específicos como para no sentirse universales. Está Clementina, una niña que crece; está el vampi-turro, un amor tóxico y adolescente; los bares, las charlas largas, la sensación de intimidad que sólo aparece cuando la ciudad se vacía. La noche, allí, no es un escenario: es un estado emocional.

La feria también propició el lugar para la contemplación. La Galería Almacén, con sedes en Buenos Aires y San Nicolás de los Arroyos, propuso un respiro: obras donde fotografía, cerámica, dibujo y textil dialogaban con una naturaleza observada a cámara lenta, a la manera de un gabinete de curiosidades. Mientras tanto, en Visión, el futuro aparecía menos tecnológico que comunitario. José Ignacio Pfaffen presentó Frutería Amadeus, universo visual saturado de colores, collage, crayones y paisajes verticales inspirados en la triple frontera.

En el centro del edificio, el barro del litoral lucía espléndido gracias al histórico Taller de Cerámica de La Guardia. Con más de sesenta años de trabajo, el espacio no sólo produce piezas: conserva técnicas ancestrales y las transmite a chicos, jóvenes y adultos. En una feria obsesionada con el presente y el porvenir, el río seguía recordando el peso del origen.

Al final del recorrido, quedaba una sensación difícil de rotular. Tal vez porque +Feria no parecía intentar responder del todo qué es el arte santafesino, sino apenas empezar a formular la pregunta. Entre lisos, caballos infiltrados, cabezas flotantes y barro de río, Santa Fe ensaya —todavía— una manera propia de contarse.