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CULTURA / El canon olvidado
domingo 12 mayo, 2019

Marginados en el centro

El reconocimiento y la consagración de los escritores considerados canónicos tienen su contracara en la marginación de los que no entran en ese orden de preferencias. ¿Quiénes son los grandes autores olvidados de la literatura argentina? ¿Por qué no son leídos? ¿Qué factores deciden hoy la valoración de un texto literario? Responden diez escritores argentinos contemporáneos.

Osvaldo Aguirre

Grandes autores olvidados, marginados en el centro. Foto: Pablo Temes
domingo 12 mayo, 2019

De las historias de la literatura a las redes sociales, la consagración de un escritor está ligada al reconocimiento de los lectores, el interés por publicar sus libros, la opinión de pares y de críticos influyentes. Pero nada parece seguro ni definitivo: desde que Harold Bloom presentó su lista de 26 autores imprescindibles, en 1994, la elección de un canon supone, más que una sanción definitiva, un argumento para la discusión sobre los olvidos y las injusticias en la literatura.

Un canon hace visibles sobre todo las obras que, habiendo debido integrar ese orden de preferencias, han quedado al margen. Como en las antologías, lo que primero se nota es lo que falta. Pero la exclusión no es necesariamente negativa para un escritor: los rescates y las reivindicaciones son operaciones comunes de la crítica y el periodismo, y también motivos del interés editorial.

Un programa académico, el catálogo de una editorial, la agenda del periodismo cultural, pueden demostrar el consenso que existe alrededor de ciertas obras y autores. Todo el resto sigue siendo literatura, y los escritores argentinos tienen sus recomendaciones.

Una biblioteca alternativa. “Sin dudas rescataría a Amalia Jamilis, una cuentista extraordinaria y un agujero negro en la literatura argentina, algo se la tragó –dice María Teresa Andruetto–. En los años 70 se la leía en paralelo con Cortázar, en el sentido de que trabaja sobre el mismo borde de lo extraño. Tuvo traducciones a otras lenguas y premios internacionales, pero después desapareció”.

Hernán Ronsino elige a otros narradores, Enrique Wernicke y Elvira Orphée. “Cada uno tiene una obra que ha pensado de un mundo intenso, tanto en el plano de la narrativa como en el plano político, algunos núcleos esenciales de la cultura argentina. La ribera o El agua, en el caso de Wernicke. O Aire tan dulce en el caso de Orphée. Si bien han tenido reediciones, creo que hay mucha gente que no solo no los ha leído, tampoco los conoce. Y son autores muy destacados de la literatura argentina del siglo XX”, argumenta.

Horacio González no cree que un gran escritor pueda ser olvidado. “Tarde o temprano sale a luz, y siempre hay una cofradía de lectores, con conjurados, que mantienen viva su presencia, como en el caso de Barón Biza, Antonio Marimón o Julio Huasi”. La excepción que confirma la regla, “el caso ideal”, dice, sería Andá’ cantale a Gardel, de Alejandro Losada, “un especialista en literatura latinoamericana, que en 1970 publicó ese libro, una memoria personal novelada, desencantada y casi metafísica, sobre un funcionario del gobierno de Onganía, él mismo actuando en el Ministerio de Educación, que consistía en una meditación escéptica sobre un país endemoniado”.

La revelación puede ser tan misteriosa como el ocultamiento. En el caso de Amalia Jamilis, “puede deberse a algún rasgo de su personalidad, el hecho de vivir en el interior y de que no existiera la web cuando murió, y también de que hubo una generación de escritores que tenían una edad productiva interesante cuando llegó el golpe de 1976 y quedaron aplastados entre la potencia de la generación anterior y la dictadura”, dice María Teresa Andruetto, que reeditó a Jamilis en la colección Narradoras Argentinas, que dirige en Eduvim.

Para Horacio González, si los textos “tienen el nervio suficiente” pueden soportar los cambios de época. “Borges no es afectado, quizás un poco Cortázar”, sostiene. Si la novela de Alejandro Losada puede sonar desconocida, Tulio Halperin Donghi “lo cita en su libro sobre José Hernández, pues Losada era también un especialista en el Martín Fierro”. Un solo lector puede alcanzar para consagrar a un libro.

Hernán Ronsino también descree de las injusticias literarias: “La idea de consagración o la idea de que una obra caiga en el olvido siempre es relativa –dice–. Las lecturas tienen un movimiento imprevisible, y a veces una obra se despierta para decir algo en un momento determinado”.

La moneda de oro. “En la mediamuerte de las guazbaras, cercándonos los indios y dándoles nosotros la guerra, se apersonaba la María al campamento, hombro a hombro con los varones; venía a darles fuerza y a preparar la pólvora. Juan de Garay voceaba con ánimo las órdenes, y nosotros, la tropa, íbamos ya corriendo entre las llamas, ya azuzando los caballos, cada uno en su mandamiento de las armas dadas, cargando la bocona y disparando sobre esa ola marrón hasta el fin de los alaridos”. El fragmento corresponde a El río de las congojas, de Libertad Demitrópulos, y lo cita Gabriela Cabezón Cámara: “Creo que da cuenta de la lengua exquisita que crea la autora y eso, qué otro podría pedírsele a un escritor, es argumento suficiente para su rescate –dice la autora de Las aventuras de la china Iron–. ¿Por qué el olvido? Libertad Demitrópulos murió en 1998; es de sobra sabido que el siglo XX no fue muy generoso con sus escritoras. Ser mujer no ayudaba. En Argentina, ser apasionadamente peronista, evitista en el caso de Libertad, tampoco”.

Angela Pradelli coincide en la elección de Demitrópulos: “Lamentablemente no se consiguen sus libros ni circula entre los lectores. Al mismo tiempo, sus lectores nos encargamos de que sus libros y su nombre no se diluyan. Cada tanto, me entero de que en una escuela su Río de las congojas forma parte del programa de lecturas, y eso me pone muy feliz. Su nombre y sus libros pasan entre los lectores como una moneda de oro. Su poética es delicada y contundente a la vez, y al leer sus textos una siente que la autora logró atravesar capas y capas hasta llegar a un centro vibrante y poderoso y en ese fuego construye su palabra”.

“¿Dónde están las autoras de mi generación?”, preguntaba Natu Poblet en su programa de radio, y Patricia Suárez lo recuerda para rescatar a escritoras, “porque su invisibilización responde solamente a una discriminación de género”, y propone a Fina Warschaver, Alicia Jurado, Elvira Orphée, Martha Mercader, Amalia Jamilis, María Rosa Oliver, María Angélica Bosco, María Granata, “incluidas Martha Lynch y Beatriz Guido, y Roma Mahieu entre las dramaturgas, que no son casi leídas en la actualidad, aunque quienes están en el mundo de los libros puedan saber quiénes son”. También destaca la biografía de George Sand por Silvina Bullrich, “que es estupenda”.

Marina Yuszczuk agrega a Norah Lange. “Sus textos se siguen considerando, como lo fueron en su época y muchas veces por sus colegas varones, algo menor. Y me parece que la razón tiene que ver con que no había cómo leerlos, y ahora en algún punto tampoco, salvo desde la academia y los estudios de género”.

La obra de Lange ha tenido reediciones, pero su valoración sigue pendiente según Yuszczuk: “El despliegue de la tensión sexual y las conductas de mujeres y varones al respecto que hace en 45 días y 30 marineros, narrado desde la perspectiva de una mujer, es algo nunca visto en la literatura argentina de su época, y en Cuadernos de infancia hay postales de la construcción de género que son una delicia, como cuando ella cuenta que la suben a una mesa y la visten de varón (y llora), o que la hermana sale al jardín desnuda para tomar baños de luna. Hay un erotismo finísimo en sus textos, además de una prosa exquisita. Que Lange sea una figura secundaria solo habla de la estricta jerarquía de temas que regulaba y sigue regulando, me parece, el ingreso al canon”.

Yuszczuk, que publica este mes ¿Alguien será feliz? (Blatt y Ríos), toma con pinzas la idea de rescate “porque a veces no es tanto el olvido lo que está en juego sino la relevancia que se les da a los textos”. Para Luis Sagasti, es difícil medir el olvido de un autor, “si es que ya no se reeditan más sus libros, si ya ni siquiera se lo cita, si ha quedado confinado a notas al pie en manuales escolares o papers de especialistas o directamente ha desaparecido de todas partes”.

Sagasti, autor de Una ofrenda musical, entre otros libros, agrega que “hasta no hace mucho Marechal era número puesto, y en especial El banquete de Severo Arcángelo; no sé hasta dónde ha caído en el olvido, pero una novela extraordinaria como El inglés de los güesos de Benito Lynch es algo que deberíamos rescatar, lo mismo que la prosa ligera, encantadora, absolutamente rítmica de Miguel Brascó”.

Las fallas de la memoria. Para Edgardo Scott los olvidos son sintomáticos e inseparables de aquello que se recuerda. “En ese sentido, pienso en Bioy Casares –dice–. A Bioy siempre hay que rescatarlo del recuerdo de Borges. Pero antes y después funciona la omisión o el ninguneo. Más secreto, más ‘de culto’ –olvidos ‘de culto’–, me parece Wilcock. Y por último Carlos Correas. Para mí la literatura argentina es impensable, ilegible sin estos tres autores. Y sin embargo, no me parece que estén a mano, ni a primera ni a segunda vista”.

Correas publicó libros como Los reportajes de Félix Chaneton y La operación Masotta, y su relato La narración de la historia se vio envuelto en un proceso judicial después de que un fiscal lo acusara de obscenidad. “Me parece el autor más importante de la segunda mitad del siglo XX –afirma Scott–. El más original, el más influyente para convertirse –sin saberlo– en precursor lógico de Copi o de Osvaldo Lamborghini. Pero además es un ensayista único, muy filoso y polémico. Es decir, un autor que reclama, que debería ser ‘central’; en algún punto, los tres autores que cito me parecen ‘centrales’. Y por lo tanto, también me parecen muy sugestivas sus omisiones o ignorancias”.

Sergio Delgado, narrador, ensayista y profesor en la Universidad de París Est-Creteil, propone al poeta entrerriano Miguel Angel Federik, pero aclara que “en realidad es su poesía la que me rescata a mí, una experiencia que me viene sucediendo con relativa regularidad desde hace por lo menos cuarenta años: desde que leí por primera vez, para dar dos ejemplos, poemas de César Vallejo o Juan L. Ortiz”.

Federick nació en Villaguay, donde vive. “Ha publicado seis libros en ediciones locales, de poca tirada y circulación restringida, y en este momento tiene inédita prácticamente la mitad de su obra, sin duda la más valiosa –cuenta Delgado, también  editor de la Editorial Universitaria de Entre Ríos (Eduner)–. Es cierto que es difícil acceder a sus textos. Pero no creo que el problema se encuentre ahí; no únicamente”.

Pensar en términos de olvido y consagración es engañoso, dice Delgado: “Deberíamos razonarlo al revés. Un poeta verdadero es una bendición para sus lectores, para su pueblo. Nos rescata él a nosotros, y no necesita de nada ni de nadie. Un poeta verdadero no desea el exilio o el aislamiento que le toca en suerte, pero este exilio o aislamiento, con su elevado costo, ha sido sin duda el resultado de una decisión, consciente o inconsciente, que en un momento tuvo que asumir. Su vida y el ejercicio de su literatura, como lector y escritor, abrazaron ese ideal y es algo que lo acompaña, lo sostiene incluso en los momentos más difíciles. Hay que invertir entonces los términos porque el problema no son los olvidados sino los pobres olvidantes”.

Horacio González plantea que “el modelo de consagración más importante del siglo XX es Borges”, tanto por las circunstancias que se tramaron en torno a su obra –quizá el reconocimiento con mayor efecto sobre su figura fue no haber ganado el Premio Nobel– como por su influencia en la literatura argentina posterior. “Pero la palabra consagración habla de premios, políticas editoriales, amistad con los críticos y los reseñadores de diarios. Por eso es palabra imperfecta”, agrega el ex director de la Biblioteca Nacional. En cuanto parece cerrarse, el canon de la literatura argentina muestra sus grietas.


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