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CULTURA / andres denegri
sábado 28 julio, 2018

Por una política de los signos

“Normas protocolares en el tratamiento de la bandera” es el nombre de la muestra del artista argentino que se exhibe en Pabellón 4. Cómo detener el movimiento, fundir a negro la bandera y trastocar el decurso de la historia.

Laura Isola

Cine. El artista modifica el proyector para quemar los cuadros de esa bandera flameante con una cierta intermitencia y altera la cinta. Foto: pabellón 4

El 18 de julio de 1896, el belga Enrique Lapage, el austríaco Max Glucksmann y el francés Eugenio Py fueron al cine por primera vez. Porque la exhibición que se realizó en el Teatro Odeón de la calle Esmeralda al 367 de la Ciudad de Buenos Aires fue la inicial, al tiempo que replicaba lo que los parisinos habían visto un poco antes. El 28 de diciembre de 1895, los hermanos Lumière dieron inicio al cine comercial en un sótano, tras diversas presentaciones anteriores en sociedades científicas. La proyección en ambos casos, en Buenos Aires y en París, fue Salida de la fábrica Lumière, entre otras filmaciones.

Sin embargo, ese día pasó algo más. Lapage era el dueño de una empresa que se dedicaba a importar material fotográfico; allí trabajaban Glücksmann y Py. El deslumbramiento del belga por esa máquina que reproducía imágenes fue instantáneo y se contactó con los Lumière para comprar un aparato. Como no se pusieron de acuerdo y decidió importar otros: un Cronofotógrafo Elgé de Gaumont-Demeny de 1897 y un Cinematógrafo Phaté, distribuido por la Compañía General de Fonógrafos, Cinematógrafos y Aparatos de Precisión, de Pathé Freres de París.

El gesto inaugural. Al final, todo se trata de comienzos: en 1897, Eugenio Py, ese fotógrafo experto e inquieto, utilizó los primeros metros de película virgen que ingresaron al país para filmar con la máquina Gaumont los diecisiete metros de la bandera argentina. Esa fue, entonces, nuestra primera película.

Fue el gesto inaugural de una técnica y de una idea. La Argentina de fin de siglo XIX pone a andar una idea de nación que, en palabras de Tulio Halperin Donghi, fue para el desierto argentino. El proyecto sarmientino de inmigración y educación pública ya había tomado forma y para el siglo siguiente será cuestión de ver cómo se sigue con esa multitud de extranjeros, aún no integrados como ciudadanos. Por eso, los símbolos patrios fueron pensados como instrumentos para dotar de un sentimiento nacional. La liturgia laica, conformada por la oración a la bandera, las efemérides y demás gestos, fueron impuestos en las escuelas y José María Ramos Mejía, su impulsor. El médico, psiquiatra y sociólogo, que en 1908 desempeñó la presidencia del Consejo Nacional de Educación, con los objetivos de incrementar considerablemente el número de escuelas de primaria y consolidar el carácter nacional de la enseñanza, enumeraba en su libro, Las multitudes argentinas, una serie de motivos que llevaban a que no hubiera multitudes tal como que “no existía la calurosa pasión de un sentimiento político, el amor a una bandera”.

Hay un arco temporal que se traza desde 1897 hasta el presente de esa misma filmación en la muestra de Andrés Denegri, Normas protocolares en el tratamiento de la bandera. Se vuelve a dar cuenta de la técnica y en este caso, ligada a la historia de estas imágenes, hay una clausura. Denegri modifica el proyector para quemar los cuadros de esa bandera flameante con una cierta intermitencia y altera la cinta. Modifica el original de la primera filmación y pone en abyme el concepto de copia, al tiempo que resignifica la apropiación. Detiene el movimiento de la tela, funde a negro el pabellón nacional y trastoca el decurso de la historia. Afecta y perturba al símbolo patrio. Lo saca de la esfera de una política de los símbolos, del ceremonial y el protocolo, para apropiárselo. Enarbolarlo para el arte. Vaciarlo de sentido en esa empresa aglutinadora que pretendió una homogeneidad.

Celeste y blanca. Su versión de la bandera tiene olor a quemado. En esa forma de destru-cción hace arder, también, las ideas. Al calor de la lámpara del proyector, la imagen pierde su nitidez y habilita una serie de preguntas. Las que hacen estallar a la pieza única; ahora es la que se repite en una trama infinita de fotogramas deformes. Bajo la cual es difícil recitar los versos de la oración que escribió Joaquín V. González, “Bandera de la patria celeste y blanca, símbolo de la unión y de la fuerza”.

 

Normas protocolares en el tratamiento de la bandera

De Andrés Denegri. Curadora: Evelyn Márquez

Pabellón 4, Ramírez de Velasco 556 PB. Lunes a sábado 16 a 20. Hasta el 17 de agosto.


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