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DEPORTES / LIBROS Y FÚTBOL
sábado 2 noviembre, 2019

Una guitarra con la banda roja

El primer instrumento que tuvo "El Flaco" se lo regaló un masajista de River. Era un vecino que además lo llevaba a las concentraciones. Una infancia con fútbol y música.

Sergio Marchi (*)

Con madre de Boca y padre platense, Spinetta terminó por elegir los colores de su barrio. Foto: Juan Salatino.
sábado 2 noviembre, 2019

En el núcleo familiar de Luis había fuerzas contrapuestas que operaban a su manera y que a veces colisionaban. El carácter más fuerte era el de Julia, su madre, que encontraba cierto apaciguamiento en la bonhomía de Luis Santiago, el padre, pero a la vez marcaba la diferencia. Julia tenía un  perfil alto, y no jugaba en el bando de las calladitas. Además, era de Boca, fanática, en una familia que por gustos y cercanía barrial predominaba la preferencia por River Plate. Luis Santiago, en cambio, era de Platense. Y Luis Alberto no pudo sustraerse a los colores que imperaban en el barrio: era “veneno” de River.

Aun antes de ser conocido por su música, Luis Alberto fue cortejado por un vecino de pasillo: Aureliano José “Machín” Gomezza, masajista del club  de Núñez, que fue mucho más que eso. Durante muchos años fue la esencia del equipo, el tipo que arengaba, contenía, escuchaba y quería a los jugadores como nadie. Y todos lo querían a él. Fue un arquero que llegó a tercera, pero su vinculación al mundo riverplatense estuvo dada más por su polifuncionalidad: además de masajista era un ayudante para todo tipo de tareas, y a medida que fue creciendo se transformó en una figura de padre para los jugadores, atento a la contención, a la psicología de barrio, a la motivación cariñosa y sincera. Concentraba con los jugadores, y era el primero en levantarse para cebarles mate. Por su prominente nariz era conocido en River como “El Ñato”.

“Vivía en el pasillo de al lado –cuenta Ana, hermana de Luis–, era como el presidente de River, y a su casa iban todos los jugadores: Amadeo Carrizo, Labruna, Loustau y Vairo, que vivía enfrente. Luis se crió viendo a estos cracks. Cuando tenía ocho o nueve años, Machín se enteró que era fanático de River y comenzó a invitarlo a cenar a la concentración con los jugadores. Luis era delantero, habilidoso y jugaba en la calle con los otros pibes. Había muchos otros chicos en la cuadra que eran de River, pero Machín solo lo invitaba a él.”

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Por herencia familiar, era lógico que Luis Alberto se interesara en la guitarra. Esos ensayos de su padre en casa le dejaron un recuerdo indeleble y una inquietud natural por el instrumento, a tal punto que años después, consultado para la revista Gente acerca de sus gustos musicales en 1976, no solamente habla de tango como aquel que conoce bien la cosa, sino que muestra una clara predilección por el tango de guitarras. Carlos Gardel y Edmundo Rivero son mencionados como favoritos, y del último dice que le gusta “porque es uno de los pocos cantantes que incorporó temática pampeana al tango”. En cambio, del Morocho del Abasto reconoce que “es uno de los cantantes de tango más afinados que yo encontré en mi vida. Su vocalización es excelente. Representa al argentino romántico, esbelto, radiante, galán, agresivo.

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"Spinetta, ruido de magia", la nueva biografía del artista.

Su interés en convertirse en guitarrista, sin embargo, tiene otros vectores porque lo que captura posteriormente la atención de Luis es el descubrimiento de la existencia de algo llamado “guitarra eléctrica”. Y su memoria, en este caso, es visual. “Me acuerdo de ver las películas de Bill  Haley; Rock Around The Clock la miré mucho. Era la época de los 50, del furor del rock and roll bailable. Y yo ya miraba donde ponía los dedos el  guitarrista de Bill Haley. Tené en cuenta que no había lo que hay ahora; la información llegaba a cuentagotas. Cuando arranqué a ver cosas con  guitarras eléctricas de cualquier lugar, yo enloquecía”.

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Pasó un largo tiempo hasta que Luis quiso tener una guitarra. O al menos hasta que se lo expresó con claridad a su padre. Sabía que la suya era una familia humilde y que una guitarra era un instrumento caro. Su padre no podía comprársela de inmediato, pero tomó notas y cartas en el asunto. Y el vecino riverplatense, Machín Gomezza, hombre de mil recursos, fue el que realizó la conexión mágica entre Luis Alberto y una guitarra. La proveedora del instrumento fue su hermana Pilar. “Machín vivía con la hermana, los dos eran solteros –explica Rodolfo García–; como en esa época no había entrenamiento en doble turno, Machín sacaba la reposera a la calle para ver pasar las minas. La hermana tenía una guitarra criolla con el clavijero a presión; estaba medio hecha mierda, y se la ofreció al viejo de Luis que sabía trabajar la madera y con el tiempo se transformó en luthier. Luis Santiago era un tipo muy hábil; le pegó un toque a la viola y se la pasó a Luis Alberto”. Cuando fue a agradecerle a Machín, este le dijo que era “un préstamo por tiempo indefinido”. Más adelante, cuando Luis comenzara a regalar sus guitarras a gente que quería mucho, lo haría repitiendo esas palabras de Machín.

 

(*) Fue secretario de redacción de la revista Rock&Pop, trabajó en Clarín, fue editor musical de Rolling Stone y publicó artículos en casi todas las revistas especializadas en música. Es autor de los libros No digas nada: una vida de Charly García, El rock perdido, Beatlend, y Pappo: el hombre suburbano, entre otros títulos.


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