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DOMINGO / LIBRO
domingo 1 junio, 2014

Hablemos de fútbol

Las expectativas que genera el Mundial de Brasil provocaron un boom editorial. Un repaso por los libros que se publicarán para la Copa del Mundo. Diferentes enfoques, una sola pasión. Aquí, fragmentos de Siamo fuori y Argentina en los mundiales (Planeta), Las dueñas de la pelota (El Ateneo), Ganar (Sudamericana) e Historias secretas de los mundiales (Capital Intelectual).

Redacción de Perfil.com

Foto: Cedoc Perfil

José Miguel Esses | Federico Lisica
La gloria que nos esquiva
El David de Miguel Angel era uno de los iconos culturales italianos –como Il Duomo o el circo romano– que aparecía en el clip previo a cada partido de aquel torneo. A la obra renacentista, tan célebre en su monumentalidad, se la disocia de la historia sanguinaria que le dio cabida. Resumiendo, un inesperado héroe le cortó la cabeza al gigante Goliat. Con la obtención del subcampeonato sucedería algo parecido.
El puesto más alto logrado en mundiales en más de dos décadas conlleva una historia de lucha y sangre. De “Héroes igual”, como tituló El Gráfico.
Y hubo mucho de David en la juventud de Sergio Javier Goycochea (que aún no era Goyco) y Claudio Paul Caniggia (a punto de ser Cani). Los dos novatos fueron los verdaderos restauradores de un monumento al que se le notaba el paso del tiempo (otros, como Juan Simón o José Basualdo, mantendrían la estructura). Las piernas de Jorge Burruchaga no respondían como en la corrida de la final contra Alemania, desde Página/12 se inmortalizaba a Sergio Batista como una momia y a Nery Pumpido le habían cosido un dedo por un accidente en un entrenamiento. (...) No es extraño que, sin mucho juego, aparecieran postales memorables de otro tipo. El arquero suplente que cumple con el llamado inesperado y se calza los guantes en medio del partido contra la Unión Soviética: ya vendrían sus atajadas en los penales.
Caniggia con sus goles claves contra los cucos de Brasil e Italia.
Pero lo heroico también necesitó del capitán. Entrenaba con un zapato recortado en su punta, se infiltraba para jugar. Los pies de Diego Armando Maradona se volvieron una cuestión de Estado.
Un año después, lo mismo sucedería en Italia cuando un vándalo ingresó decidido a la galería de la Academia en Florencia y descargó su martillo contra uno de los dedos del David.
En definitiva, Maradona en Italia fue mucho más que el “genio del fútbol mundial” del ’86. Fue el puño cerrado como aliento después de cantar el Himno, un francotirador que supo manejar sus contadísimos cartuchos como en el gol contra Brasil.
Se limpió a tres contrarios, y cuando lo arrinconaron otros cuatro, ¡bang!, un pase fenomenal a Caniggia. Al 10 le sobraba arrojo, valentía y sensibilidad, como cuando no pudo más y explotó en llanto –medalla de plata en el pecho–. Si cuatro años antes se había puesto un equipo al hombro, en el 90 sostuvo una estantería pesadísima, un container personal, la escasa calidad del equipo y las ansias de todo un país. “¿Yo? Igual. Sólo con cuatro años más”, dijo. Pero no. No era el mismo Diego.
En su estadía napolitana había pasado de todo. Era y sería otro. Ofreció tanto a corazón abierto que hoy en día son varios los que eligen a este Maradona por sobre el del ’86. Y a no mentirse. Aquel equipo también fue Goliat, la cara oscura del Golem, por no decir Godzilla. Atemorizaba al pueblo futbolero con su avaricia (5 goles en 7 partidos, fue el primer equipo que no marcó en una final). (..) Al que favorecieron los errores arbitrales (como “la otra mano de Dios” que sacó una pelota sobre la línea contra la Unión Soviética cuando aún iban empatados. (...)

Varias
Cuando la Gorda Matosas estuvo internada
Estábamos en la sala de espera. Las chicas de limpieza nos habían echado del lado de nuestros seres queridos, como si fuéramos la suciedad, y nos quedamos en la sala, haciendo tiempo; todos teníamos a alguien internado. La enfermera Silvia pasó camino al ascensor y nos preguntó qué hacíamos. A mí me dijo que tenía cara de cansada.
Nunca la habíamos visto con ropa de calle. Su pelo suelto y ralo dejaba traspasar la luz. Se tomaba el franco de fin de semana. (...)
Oímos una puteada proveniente del fondo del pasillo.
—Es la Gorda Matosas –dijo Silvia–. Está en el cuarto del fondo. No me digan que no sabían.
Fabio, el remisero que tenía al padre internado, se puso muy contento porque era de River. Estaba con el amigo que lo acompañaba siempre y también celebró la información. Decían “no te puedo creer”. El triunfo de River en la Libertadores era el tema fijo del remisero y su amigo.  (...) Mataban el tiempo hablando de Burgos, de Francescoli y el lucimiento de Crespo. Ahora miraban a la enfermera Silvia, fascinados por la noticia.
Había un jubilado que cuidaba a su mujer, operada del intestino. Preguntó quién era la Gorda Matosas, pero afectaba la ignorancia, obviamente, para llevar la contra, un poco por carácter y sobre todo porque era de Boca.
—Hace tres meses, con los pulmones a la miseria, la Gorda se fue a Chile a ver a River. Volvió destruida, la internaron, se escapó para ver el desempate en el Monumental. Tiene los pulmones a la miseria –nos contó la enfermera.
El jubilado dijo:
—La pasión por River reventó a la pobre.
—No crea. La hubiera visto el otro día cuando River ganó la Libertadores. Revivió. No podíamos tenerla quieta en la cama. Y ahora la mantiene viva la obsesión de volver al Monumental –le contestó Silvia al viejo.
—Es lo que te decía –porfió el hombre–. River es dañino.
No sabíamos que ese hospital pudiera hospedar a un famoso de la magnitud de Matositas. El verdadero nombre de la diosa espiritual y física de la hinchada millonaria había quedado oculto, todo ese tiempo, por su alias, Gorda Matosas, que con los años se había convertido en su auténtica identidad. La Gorda había absorbido el nombre de un famoso jugador de los sesenta, que le había regalado su casaca para darle el gusto. De tanto verla con el 6 y el nombre Matosas en la espalda, terminaron por llamarla Gorda Matosas. Estaba ingresada en el hospital como Haydée Martínez, su nombre en los documentos, pero respondía al nombre de Gorda Matosas
—Ella inmortalizó el apellido Matosas. Roberto Matosas le dio el apellido, pero lo glorificó ella y terminó siendo más famosa que él –dijo Silvia–. (...)

Daniel Lagares
El peso de Don Julio
Julio Grondona cree que la historia lo absolverá. Tal vez. Tal vez no. Nunca será indiferente su paso por el fútbol. El tiempo dirá. El tiempo lo coloca ahora en la víspera de una posible coronación si Argentina gana el Mundial, salvoconducto al bronce eterno, antesala de un retiro dorado que, en la práctica, nunca sucederá.
“A mí de la AFA me sacan con las patas adelante”, es la frase que le atribuyen desde hace muchos años. “A mí no me saca nadie de la FIFA hasta que me muera”, le escuchamos decir en el lobby del hotel Michelangelo, en Sandton, el barrio más elitista, moderno y caro de Johannesburgo, en pleno Mundial sudafricano. Regresar de Brasil con la Copa del Mundo; aparecer, discretamente, como siempre, pero aparecer, desde el balcón de la Casa Rosada junto a la presidenta Cristina Kirchner dándose un baño de felicidad ante una multitud es el mejor escenario para el hombre que el 18 de setiembre cumplirá 83 años, que logró ocho reelecciones como presidente de la AFA desde 1979 y que mantiene una vicepresidencia y la estratégica Secretaría de Finanzas de la FIFA desde su ingreso a la multinacional, en 1988.
¿Es imaginable el fútbol argentino sin Grondona?
Sólo cuando muera. Luis Segura, presidente de Argentinos y uno de los pocos dirigentes con línea directa y de absoluta confianza de Grondona, cuenta una anécdota que lo hace estallar de risa. “Hace poco, un periodista me preguntó si era cierto que Julio se retiraba después del Mundial porque por ahí andaba la versión. Yo le seguí la corriente y le respondí: ‘Eso dice él’”. Segura detiene su relato, prepara su sonrisa y completa: “Y le dije: ‘Pero mire que a veces Grondona miente’”. Medio en broma, medio en serio, el relato de Segura pone las cosas en su lugar exacto. La realidad vista desde cualquier subjetividad es que no hay un solo dirigente local que aparezca con nitidez con las condiciones para tomar la posta en el edificio de la calle Viamonte 1366, y que el propio Grondona ha mostrado su habilidad al no formar a ningún sucesor indiscutible. No tiene delfines claros. Pero tiene un heredero, que se llama Julito. Que es su hijo. Que, como él, fue presidente de Arsenal. Y al que le encantaría ver sentado en su sillón, aun pagando el precio de las acusaciones por nepotismo. De todas maneras, su sucesión no está entre sus prioridades. Al primer objetivo en su otoño como dirigente ya llegó: crearle al cuerpo técnico de la Selección las mejores condiciones para que, contando con el mejor futbolista, vaya a Brasil a tratar de ganar la Copa del Mundo. Sabe que no tendrá otro Mundial con esta clase de jugadores.Puertas adentro, a Grondona le gustaría concretar otros proyectos: reformar los campeonatos, en primer lugar. Cristalizar lo que él llama “Prode bancado”, que no es más que el sistema online de apuestas sobre los partidos del fútbol local; concluir el nuevo edificio en el terreno de Ezeiza y mudar allí todas las oficinas de la AFA, dejando la casa de la calle Viamonte como sede simbólica; desarrollar AFA TV para que la televisación del fútbol pueda ser manejada exclusivamente por la entidad.
Siempre atento a la jugada siguiente, sabe Grondona que habrá cambio de gobierno en 2015 y que el Fútbol para Todos de la administración kirchnerista no es eterno. Y por último, resolver la situación de violencia en los estadios.

Javier Hernán Tabares / Eduardo Bolaños
Antes y después de Menotti
H ombre fundamental en la historia de la Selección. Su llegada se produjo en octubre de 1974, luego del fracaso en el Mundial de Alemania, y de inmediato le dio un marco de seriedad y organización, elementos de los que el equipo nacional había carecido desde sus comienzos.
Asumió con dos premisas claras: que se respete su planificación y que el Seleccionado sea la prioridad absoluta. Para lograrlo, convenció a los presidentes de los clubes para que apoyaran este trabajo, que tenía como gran objetivo final la conquista de la Copa del Mundo de 1978. Hubo aceptación, con excepción de dos casos. Uno con Boca y River, que en 1975 se negaron a ceder jugadores porque se superponía una fecha del torneo local y un amistoso. El otro, que casi deriva en la renuncia de Menotti, en marzo de 1976 y nuevamente con futbolistas del club de Núñez, fue el punto de inflexión: tras esa situación, todos colaboraron con la gestión.
Fue consecuente con su idea de juego: buen trato de pelota, libertad para crear de mitad de cancha en adelante y un respeto sin restricciones a la historia del fútbol argentino. Lentamente, fue forjando la mística de su grupo de jugadores, que terminaron siendo la base del inolvidable título de 1978: Daniel Passarella, Jorge Olguín, Alberto Tarantini, Américo Gallego, René Houseman, Daniel Bertoni y Leopoldo Luque. Mario Kempes había sido parte del inicio de su gestión, pero luego fue transferido a España, desde donde se lo convocó para la competencia. Ubaldo Fillol estuvo dos años sin formar parte del plantel por diferencias con el entrenador, pero afortunadamente para el cuadro nacional, todas fueron superadas y también se consagró en aquel certamen. Y dos discutidos por el público y la prensa alcanzaron gran nivel, dándole la razón al entrenador: Osvaldo Ardiles y Luis Galván.
En 1979, Menotti comandó al seleccionado juvenil que fue campeón mundial en Tokio en forma extraordinaria. Allí aparecieron con brillo propio cuatro valores que se sumarían posteriormente a la mayor: Diego Maradona, Ramón Díaz, Juan Barbas y Gabriel Calderón. Se acoplaron a la perfección y conformaron un muy buen plantel, que en 1980 llegó al pico de su rendimiento. El año siguiente mostró ciertas falencias (carencia de gol, falta de dinámica), que fueron un preaviso de lo que ocurriría en España ’82.
Allí, con la responsabilidad de defender el título, el equipo nunca fue tal, con excepción de la goleada por 4 a 1 sobre Hungría. Pocos estuvieron a la altura y también el DT tuvo su cuota sobre el paso en falso como conductor del grupo. Pero este fracaso, duro y doloroso, no puede opacar algo que la luz de los años remarcan con tinta indeleble: la selección argentina tiene un antes y un después de César Menotti.

Alejandro Fabbri
La enemistad en el Río de La Plata
Habrá que agradecerle, nomás, al Imperio Británico, porque su dominio por buena parte del mundo permitió que desde mediados del siglo XIX el fútbol se fuera extendiendo como una mancha lenta pero imparable. El pueblo inglés y el escocés lo asumieron como propio y enseguida se prendieron galeses e irlandeses. Pronto se sumaron Holanda, Bélgica, Dinamarca, Alemania y, al poco tiempo, la explosión llegó hasta Sudamérica: Argentina, Uruguay y Chile marcaron el rumbo inicial.
La rivalidad entre argentinos y uruguayos es casi tan vieja como esa historia. Inclusive hay divergencias sobre cuál fue el primer partido internacional entre ambas selecciones. Los uruguayos asignan el bautismo futbolero a un choque disputado en mayo de 1901, y los argentinos lo fijan en julio de 1902.
Antes de esos encuentros, según parece desde 1889 y durante un lustro, se disputaron partidos entre representantes de los dos países.
Precisa el periodista Luis Prats en su excelente libro La crónica celeste que “el encuentro inicial entre Uruguay y Argentina se disputó el 15 de mayo de 1901, en la cancha del Albion en el Paso Molino. El propio equipo de Albion organizó el partido, por lo que el ‘seleccionado’ vestía su misma camiseta roja y azul por mitades y estaba integrado por nueve futbolistas propios, a los que se sumaron dos de Nacional”. Según este autor, el partido, disputado en Montevideo, lo ganó la representación argentina por 3-2 y significa la piedra basal de la competencia internacional para los historiadores uruguayos.
En cambio, los especialistas argentinos fijan en la misma cancha, pero el 20 de julio de 1902, el momento en que ambas ligas organizaron de común acuerdo el primer choque, ante alrededor de ocho mil personas. ¿Dónde habrán quedado aquellas primeras camisetas? Las de Uruguay, azules con una franja diagonal blanca, y las de Argentina, celestes. En este caso el resultado fue 6-0 para el visitante, que se integró con cinco jugadores de Alumni, dos de Quilmes, dos de Belgrano, uno de Lomas Athletic y otro de Barracas Athletic.
Esa primera década de enfrentamientos tuvo supremacía argentina, con escasos dos triunfos uruguayos ante una docena de victorias albicelestes. La historia se fue emparejando en la segunda década del siglo y cambió notablemente en los años 20, el tiempo de los Juegos Olímpicos y el nacimiento del fútbol como deporte de masas. Ya eran atractivos los torneos sudamericanos y las copas Lipton, Newton y Chevallier Boutell. (...) La enemistad deportiva siguió creciendo y llegaron los Juegos Olímpicos de Amsterdam, en 1928. Argentinos y uruguayos lograron pasar a la final, que se jugó dos veces. (...)


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