jueves 05 de agosto de 2021
DOMINGO LIBRO
21-03-2021 03:32

“El responsable era yo”

Mauricio Macri analiza su gestión como presidente.

21-03-2021 03:32

Una de las críticas más habituales durante mi gobierno, especialmente entre personas que nos apoyaban, era que no les contamos con claridad y detalle a los argentinos la gravedad de la situación que recibimos en diciembre de 2015.

Periodistas, analistas y dirigentes de todo tipo nos decían que, si hubiéramos explicado mejor el punto de partida, la sociedad habría entendido mucho más el origen de la crisis de 2018 y nos habría acompañado más convencida en las urnas en 2019. Mi respuesta a esa crítica es que tienen razón y no tienen razón al mismo tiempo.

Digo que no tienen razón porque en los primeros meses de gestión contamos varias veces los graves problemas que tenía la Argentina cuando llegamos. Sin ir más lejos, mi primer ministro de Energía, Juan José Aranguren, decretó la emergencia eléctrica cuatro días después de asumir y contó en una conferencia de prensa los detalles de la dramática situación energética en la que estábamos. Pocas semanas después, el ministro de Hacienda, Alfonso Prat-Gay, hizo lo mismo con el deterioro de los números fiscales, los peores en mucho tiempo.

En mi primer discurso ante la Asamblea Legislativa, el 1º de marzo de 2016, tracé un diagnóstico detallado de todos los problemas que habíamos encontrado (no sólo en la economía). «Encontramos un Estado desordenado y mal gestionado, con instrumentos de navegación rotos, se ocultó información, faltan documentos, no hay estadísticas, cuesta encontrar un papel», dije aquel día en el Congreso. Más tarde agregué: «Nos encontramos con un país lleno de deudas, deudas de infraestructura, deudas sociales, deudas de desarrollo. En estos años de vacas gordas no ahorramos, sino que nos comimos nuestro capital, como tantas veces nos ha ocurrido en el pasado».

Expuse los datos sobre el déficit récord y la presión tributaria récord, el crecimiento de la inflación y la pobreza, y la caída en las reservas del Banco Central. Dije que el gobierno anterior había contado con más de 300 000 millones de dólares extras que en los años 90, y que aun así no había logrado transformaciones productivas profundas ni crecimiento sostenido. Fue un discurso duro, pero necesario. Un par de semanas más tarde publicamos un informe todavía más extenso, llamado El estado del Estado, en el que describimos en detalle la historia reciente del Estado argentino y la situación que habíamos recibido área por área.

Por eso digo que no tienen razón aquellos que sistemáticamente nos reclaman por no haber puesto un eje permanente en la situación que recibimos. Pero digo que sí tienen razón porque es cierto que contar la herencia no fue el eje principal de nuestra política aquellas primeras semanas. ¿Por qué? Por una variedad de razones.

La prime a es que, en efecto, nos habían dejado una bomba sin explotar cuya mecha era extremadamente corta. Quien mira los números en detalle puede ver que con ese déficit, ese atraso cambiario, ese Banco Central con reservas netas negativas y esa inflación contenida artificialmente, con cepos de todo tipo, la bomba ahí estaba.

Pero mi responsabilidad como piloto del avión, en aquellos días, era convencer a los argentinos y a los mercados de que la bomba no iba explotar. Me habían entregado un avión en problemas que requería maniobras urgentes para ser estabilizado. Si en lugar de calmar a los pasajeros y decirles que la situación es- taba bajo control, los asustaba diciendo que ten amos una bomba a punto de explotar, la situación podría haberse vuelto caótica. Mis hijas Agustina y Gimena me plantearon con toda claridad lo difícil que era para buena parte de la sociedad ver la explosión inminente que yo veía. Una bomba que explotó deja rastros rea- les y concretos. Pero para la que no explotó aún hay que determinar su existencia mediante indicios. Y esto es más fácil detectarlo para los economistas que para las personas cuya vida cotidiana continúa como si la bomba no existiera.

Necesitábamos, además, generar rápido un clima de que se había cerrado una etapa y empezaba otra, generar confianza en los argentinos de que podíamos salir adelante. Entonces, nuestro primer objetivo fue evitar otra crisis como la de 2001-2002, que perfectamente podría haber ocurrido por la trayectoria que traía la economía. Ese objetivo fue cumplido con éxito, y una muestra de eso es que levantamos el cepo cambiario, que ya llevaba cuatro años, en nuestra primera semana de gobierno, todavía sin reservas en el Banco Central. A pesar de los números terribles de la economía y de la fragilidad en la que estábamos, los argentinos no salieron como locos a comprar dólares apenas les dimos la oportunidad de hacerlo legalmente. ¿Por qué? Porque confiaban en el nuevo gobierno.

Otra razón por la cual contamos la herencia recibida pero sin transformarla en el eje de nuestro mensaje político fue que la sociedad no quería escuchar ese mensaje. Mi impresión, quizás equivocada, era que los argentinos querían mirar hacia adelante y construir un futuro juntos, para ellos y para sus hijos, y dejar atrás una etapa de divisiones que no había servido para nada. Y se sentían así en buena parte porque no percibían que el país estaba al borde de una crisis. Es cierto que hacía varios meses que estábamos en recesión y que los diversos parches que tenía la economía mostraban que la cosa no estaba funcionando bien Pero una parte importante de la

sociedad no percibía la necesidad de hacer reformas profundas, ni sufría la desesperación o la resignación que generan las situaciones de crisis. Por el contrario, había optimismo. Y además no nos habían votado para eso. Nuestro mandato político—recordemos que habíamos ganado el balotaje por menos de 3 puntos—era dejar atrás el estilo político y la prepotencia del kirchnerismo, y no muchos veían la necesidad de hacer un cambio drástico de régimen económico.

Además, existía el riesgo de que, por advertir sobre la existencia de la bomba, se generara la gran crisis que queríamos evitar.

Eso nos habría permitido tener razón sobre todo lo que decíamos respecto de la herencia del kirchnerismo. Pero en el medio estaban los argentinos. Habría sido irresponsable políticamente y moralmente jugar con la posibilidad de una crisis, por el sufrimiento que eso habría traído a una sociedad que necesitaba dejar atrás el pasado y empezar a mirar hacia el futuro.

Eso es lo que pensaba en aquel momento. Con la distancia que tengo ahora, pienso que quizás podría haber puesto más énfasis en el diagnóstico y que las críticas posteriores tenían algo de razón. Pero no estoy seguro. Era un equilibrio muy delicado y también es cierto que los objetivos iniciales que nos pusimos en aquel momento —evitar una gran crisis, ordenar el mercado cambiario y salir del default los logramos con mucho éxito.

Lo que sí me cuestiono, y mucho, es que pudimos hacer algo parcial, que habría mostrado bien el desbarajuste sin castigar a los argentinos por eso. Cuando María Eugenia Vidal asumió en la provincia, se dio cuenta de que en la caja no había fondos ni para pagar el aguinaldo o los sueldos de diciembre. Y vino a pedirme que la ayude. La única solución posible, dado que la Nación tampoco tenía plata de sobra, era pedirle al Banco Central que emitiera los pesos necesarios para que la provincia les pagara a sus empleados.

Le propuse un camino alternativo. «Pensemos si no sería bueno que no pagues el aguinaldo, así queda claro el desastre que te dejó Scioli», le dije. «Proponé pagarlo escalonadamente, a lo largo de varios meses, a medida que se van recuperando los números de la provincia». Reconocí que era una medida difícil, que iba a generar resistencia y que probablemente era injusta con los empleados de la provincia, que no tenían la culpa de la irresponsabilidad de Scioli. «Pero te puede servir para marcar claramente este desastre», insistí.

María Eugenia prefirió no hacerlo, en parte porque sentía lo mismo que yo, que era mejor empezar con un buen clima en la provincia y tratar de gestionar rápido después de tantos años de abandono. Además, era una tarea para la cual ella aún no estaba convencida, porque había sido candidata por un pedido personal mío. Ahí pesó la lealtad incondicional que siempre tuve con ella y desistí. Pero sigo pensando que habría sido una buena idea, porque nos habría permitido mostrar, con una disrupción muy fuerte, el tamaño del desastre que nos habían dejado, sin que lo tuvieran que sufrir todos los argentinos. Habríamos tenido a los empleados públicos de La Plata en la calle, reclamando con justicia lo que les correspondía, pero también les podríamos haber dicho, con la misma justicia: «No nos dejaron un peso, esto es lo mejor que podemos hacer».

Este episodio muestra también la diferencia de calidad humana y política entre María Eugenia y Axel Kicillof. María Eugenia, que realmente no tenía un peso para pagarle a nadie, hizo su mayor esfuerzo para no quejarse y salir adelante. Kicillof, que recibió más de 30 000 millones de pesos en la caja, se quejó amargamente de la situación recibida, como si no le alcanzara ni para pagar una caja de fósforos. (…)

Valió la pena

Esto me da pie para responder la pregunta que a veces me hacen sobre si creo que -porque no logré ganar la reelección- mi gobierno fue un fracaso. Ese tipo de preguntas tienen sentido si miramos sólo la elección y el gobierno de Cambiemos como un juego finito, de corto plazo, cuyo resultados se agotan en sí mismos. Si, en cambio, lo miramos como un juego infinito, de largo plazo, como un proceso al que le vamos a dedicar nuestras vidas, el panorama cambia: ahí podemos empezar a mirar estos cuatro años como el primer tiempo de una corriente de cambio que sigue viva y puede volver al poder en 2023, para seguir transformando el país en la dirección que queremos y una parte importante de los argentinos nos reclama. 

El mejor ejemplo de la metáfora del juego finito y el juego infinito es la Guerra de Vietnam, que para los estadounidenses era un conflicto lejano pero para los vietnamitas significaba su propia supervivencia como país. Militarmente, los norteamericanos ganaron la mayoría de las batallas y pusieron una minoría de los muertos, pero no entendieron hasta bien entrada la guerra que los 2 millones de vietnamitas muertos (contra los 150 mil propios) no significaban nada. Para los vietnamitas, la guerra era un juego infinito, porque nunca iban a rendirse, mientras que para los norteamericanos la guerra era una molestia que muy rápido había perdido su razón de ser. 

El peronismo considera a la política y la lucha por el poder como un juego infinito, es parte esencial de su identidad y de su manera de entender la vida. Esto le da resiliencia y capacidad para adaptarse y mantenerse vigentes a lo largo de las décadas. La disputa con ellos, por lo tanto, debe ser analizada en los mismos términos. Si alguna vez alguno de nosotros pensó que con ganar en 2015 era suficiente, que en cuatro años podíamos arreglar el país y después cada uno -funcionarios, legisladores y votantes- podía retirarse otra vez a disfrutar de un país encaminado hoy ya sabemos que no es así. Que la pelea por transformar la Argentina según nuestros valores y los de la gente que nos apoya -un país más democrático y una cultura del poder más sana- es infinita, no se termina nunca y exige el compromiso vital de todos los que integramos Juntos por el Cambio y todos los que se quieran sumar. Mirando con esta lente, el proceso de transformación del país no depende de un solo gobierno y mucho menos de una persona. Los argentinos tenemos que dejar de creer en atajos que nos rediman del esfuerzo necesario para salir adelante. Y tenemos que entender que no podemos seguir esperando al líder que va a resolver todos nuestros problemas por arte de magia. No es el trabajo de un solo hombre, sino de toda una sociedad. El proceso de cambio que se inició en 2105 tiene muchos obstáculos, pero sigue vivo y no terminará nunca. (...)

Por eso creo que lo fundacional de nuestro gobierno fueron dos cosas, que parecen simples pero están en el germen de lo que queremos lograr. Por un lado, una parte importante de los argentinos tomó conciencia de que debe hacer respetar sus libertades, pelear para que haya instituciones fuertes y respeto por la ley. Estos argentinos quieren un sistema basado en la cultura del trabajo, en el cual aceptamos el desafío de la modernidad y de ser parte del mundo. Estas son cosas que, por lo menos el 41% de los argentinos -y probablemente más, porque muchos piensan igual pero no nos votaron-, ya tomaron como válidas y en cuya demanda no van a dar marcha atrás. 

El segundo hecho fundacional, que ya mencioné pero quiero desarrollar mejor, es el aporte histórico a nuestro sistema político de ser el primer gobierno no peronista en 92 años que termina su mandato en paz. Y que además lo hace demostrando que podía gobernar, a pesar de las anomalías de haber sido el único gobierno con minoría en ambas cámaras durante todo su mandato, sin el apoyo de los gremios ni de un sector de los empresarios y con apenas cinco gobernadores de su propio partido. Esta fortaleza genera ahora la posibilidad de que el peronismo tenga que hacerse cargo de los problemas que creó y nos dejó, y que nosotros no pudimos terminar de resolver. Esa fortaleza, combinada con la unidad de Juntos por el Cambio y la alerta de buena parte de la sociedad, genera una situación nueva para el peronismo, al que le cuesta vivir sin mayoría en ambas cámaras, sin el dominio de la calle, sin stocks de fondos públicos para usar en su favor y sin unidad hacia adentro de su propia coalición. Tenemos una situación de virtual empate político y social que tiene al peronismo perplejo y que sólo es posible por haber demostrado que podíamos gobernar, haber hecho una muy buena elección y mantenernos unidos. Por estas razones creo que Juntos por el Cambio tiene chances reales de volver al poder en 2023, pero esta vez con mayorías consolidadas y un mandato más claro sobre los acuerdos que necesitamos para sacar el país adelante. 

Dos aprendizajes

Para avanzar en ese proceso, también tenemos que mirar hacia atrás y ver qué lecciones podemos aprender de nuestros años en el gobierno, tanto en la gestión como en la construcción política. Algunas de esas lecciones ya las fui desgranando a lo largo de estas páginas. Ahora quiero concentrarme en dos críticas que me hago a mí mismo. 

La primera es que me reprocho haber perdido la escucha de un porcentaje importante de la población, sobre todo en los últimos años y medio de mandato. Desde mis años en la ciudad de Buenos Aires hasta la campaña presidencial y los primeros años en la Casa Rosada, me enorgullecía de estar atento a lo que los argentinos estaban sintiendo y expresando. Me gustaba visitarlos en sus casas, conversar con ellos y respetar lo que tenían para decirme. Esa cercanía me enriquecía como dirigente y me permitía tomar mejores decisiones, porque entendía qué estaban sintiendo, primero los porteños y después los argentinos. Además, me permitía explicarles desde el corazón, y no sólo desde la racionalidad, los desafíos que teníamos y qué quería decir cuando decía que estabilizar la economía era como cruzar un río. 

Desde la crisis de 2018, sin embargo, me fui alejando. Me puse a remar como loco para cruzar el río, agobiado por las preocupaciones y los problemas, y abandoné  esa conversación tan rica que habíamos tenido. Dejé de explicarles la situación a los que estaban en el bote conmigo. Dos ejemplos de esto son el mensaje corto y técnico con el que anuncié que estábamos pidiendo ayuda del FMI y el mensaje de tres minutos, unos meses más tarde, en el que comuniqué un segundo acuerdo con el FMI que no estaba firmado. Esas decisiones no se pueden explicar solo desde lo técnico y racional. Debí explicarlas mejor, entendiendo más el contexto histórico y simbólico de estas medidas, y poniéndome más en los zapatos de quieren me escuchaban. Yo tenía claro el rumbo y sabía por qué debíamos avanzar en esa dirección, y dejé de comunicarme de la manera en que lo venía haciendo desde hacía años. Perdí la escucha. 

La mayoría de los argentinos no tiene una posición política definida ni lo separan de mí diferencias ideológicas profundas. Creo que reconocían mis buenas intenciones y me creían cuando les decía que para lo único que había venido a la política era para ayudar. Que no había venido para enriquecerme o porque me obsesionara tener poder. Pero llegó un momento en el que estos argentinos dejaron de entender el camino que les estaba proponiendo, en buena parte porque se lo estaba explicando racionalmente, como un ingeniero, y no como un líder que los entiende y les está pidiendo su confianza. 

Esta falta de diálogo duró hasta las PASO, uno deos cuyos efectos positivos fue hacerme reconocer esta situación y volver a escuchar lo que las familias argentinas tenían para decirme. No fue suficiente para ganar la elección, pero al menos me permitió reparar un poco mi relación con ellas. 

La segunda crítica profunda que me hago a mí mismo es haber delegado una parte importante de la negociación política. Em mi genética como líder político, derivada de mi condición de ingeniero, pero también de mi propia personalidad, hay una visión de mí mismo como un hacedor, alguien que ofrece soluciones y problemas concretos. Ha sido parte de mi identidad durante toda mi vida. Quizás por eso, cuando llegué a la Casa Rosada, invertí una parte importante de mi tiempo en transmitir un proyecto de desarrollo federal, viajando por el país como ningún presidente lo había hecho antes. A eso hay que sumarle las más de 40 mesas de productividad, en muchas de las cuales participaba personalmente, sobre Vaca Muerta, la industria de la carne y la logística, entre muchas otras. Participaba con la convicción y el entusiasmo de que así estaba cerca de los protagonistas, ayudándolos a crecer y a generar empleo y oportunidades de progreso para otros argentinos. Estuve muy cerca de Patricia en la lucha contra el narcotráfico y la inseguridad, y también dediqué muchas horas a seguir los proyectos de modernización del Estado, para poner todo en internet, sumar transparencia y mejorar los servicios al ciudadano. (…)

Quizá podría sumar a esta lista una tercera crítica a mí mismo, pero no estoy del todo convencido, porque tengo más claro por qué hice lo que hice. Es sobre si debí haberle explicado con más profundidad el nivel de crisis en que estaba la Argentina cuando llegamos al gobierno. Sé por qué no lo hice: porque necesitaba generar una ola positiva -entre otras cosas, para sacar el cepo y arreglar el problema de la deuda- y porque no existía en la sociedad argentina ni en sus dirigentes el deseo de saber que estábamos al borde de una crisis. De todas maneras, creo que podríamos haber puesto más énfasis en mostrar que el Banco Central estaba quebrado y sin reservas, que el país no tenía energía; que estábamos en default, con la infraestructura envejecida, con las relaciones con el mundo cortadas, salvo con Venezuela, Irán y otros pocos; y que teníamos un Estado desmantelado y superpoblado de militantes. Todo esto lo contamos, incluso dediqué buena parte de mi primer discurso ante la Asamblea Legislativa a contar estas mismas cosas. Pero muchas personas cuya opinión valoro creen que fue insuficiente. Es indudable que no establecimos el punto de la crisis inicial. La duda es si, de haberlo establecido, habríamos podido salir del cepo y el default. 

De todas maneras, quiero aclarar que los éxitos y los fracasos de mi gobierno son míos y de nadie más. En este libro hice reflexiones sobre el funcionamiento del equipo y de las limitaciones que me impusieron las voluntades de otros. Pero el responsable final, por el lugar que tenía y por haber designado a quienes me acompañaron, era yo. No hay otro responsable.

 

☛ Título Primer Tiempo

☛ Autor Mauricio Macri

☛ Editorial Planeta
 

Datos del autor 

Mauricio Macri nació en Tandil, en 1959. Es ingeniero civil, está casado y tiene cuatro hijos.

Fue presidente de la Nación entre 2015 y 2019. 

Entre 1995 y 2007 fue presidente de Boca Juniors, y en entre 2008 y 2015 fue Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

En 2005 fue uno de los fundadores de Propuesta Republicana (PRO)y, en 2015, de Juntos por el Cambio.

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