martes 29 de noviembre de 2022
DOMINGO La vida y su complejidad

Entender el todo

06-11-2022 01:29

Seis ciegos que no sabían cómo era un elefante decidieron tocarlo para entender su forma. El primero acarició la trompa y dijo que un elefante era como una serpiente gorda. El segundo palpó una oreja y le pareció que era similar a un abanico. El tercero exploró una pata, por lo que concluyó que un elefante era como el tronco de un árbol. El cuarto se topó con el cuerpo y eso lo llevó a dictaminar que el animal era parecido a una pared. El quinto tocó la cola y así interpretó que era como una soga. Por último, el sexto palpó un colmillo y con esa información dijo que era como una lanza.

¿Podemos saber cómo es un elefante si nunca vimos uno y somos ciegos? La realidad nos rodea, pero nuestro acceso a ella es limitado e imperfecto y está teñido por nuestros deseos, saberes, capacidades y perspectivas. Cuanto más compleja y desconocida es esa realidad, más difícil resulta comprenderla. ¿Cuál de los ciegos tenía razón? Todos y ninguno.

Podemos estudiar en detalle los átomos de hidrógeno y los de oxígeno, pero eso no será suficiente para entender las propiedades del agua, que pese a estar compuesta por dos partes de hidrógeno y una de oxígeno se comporta de manera muy diferente a los átomos que la componen. Podemos conocer a fondo los distintos tipos de átomos del universo y el modo en que actúan las diferentes moléculas que se forman combinándolos, pero eso no alcanzará para entender por qué una célula está viva mientras que los átomos y las moléculas que la componen no lo están. La vida no es una cualidad inherente a la célula, sino una serie de capacidades (como crear nuevas células o mantener un metabolismo interno) que aparecen solo cuando ciertos átomos y moléculas se organizan de una manera particular y forman esa estructura que denominamos “célula”.

Llamamos a este fenómeno “emergencia”, y a estas capacidades nuevas, “propiedades emergentes”. No es emergencia en el sentido de urgencia, sino de aparición, algo que surge, que emerge de forma diferente a la suma de las partes. Estas propiedades emergen de la complejidad de los sistemas multidimensionales: los componentes están interconectados, son dinámicos, cambian ellos y las relaciones que establecen entre sí.

Por más que conozcamos las características de la tinta con la que se imprimió nuestro ejemplar de Hamlet, eso no nos va a decir nada sobre el príncipe de Dinamarca. El estudio de la tinta y el papel tampoco nos ayuda a predecir si se convertirán en ese u otro libro.

Hay pocas ideas más exquisitas, desafiantes y enriquecedoras que la de emergencia: permite que nos pongamos en puntas de pie para alcanzar cosas que, intelectualmente, están un estante más arriba.

Por eso, para estudiar cómo se comportan los sistemas complejos, no alcanza con conocer sus componentes por separado, sino que hay que mirar también la complejidad misma. Por lo general, ni siquiera podemos imaginar qué propiedades emergentes aparecerán en un nuevo nivel de complejidad. Si exploramos solo las moléculas, nunca entenderemos qué es la vida. Si los ciegos se limitan a analizar la parte del elefante que logran tocar, no llegarán a comprenderlo como un todo. Esto no es un permiso para embarcarnos en una metafísica según la cual, como no podemos justificar algo –la vida, por ejemplo– mediante sus componentes, entonces podemos hacerlo con algo de afuera, como un élan vital o intervención divina. Tal cosa equivale a decir que las propiedades que no pueden ser explicadas por sus componentes se explicarían agregando uno nuevo. Así no se resuelve el problema. Lo interesante y bello del concepto de emergencia es que las nuevas propiedades dependen de manera exclusiva de la configuración compleja de las cosas.

Ya me referí a la relevancia de contar con indicadores objetivos que nos ayuden a entender la realidad más allá de nuestras percepciones y a visibilizar cuestiones que, de otro modo, podríamos pasar por alto. Los ciegos también podrían medir el largo de la trompa, la capacidad de disipar calor de la oreja, los materiales que componen un colmillo. Eso les permitiría saber más de lo que pueden averiguar con solo tocar al animal. Pero tampoco será suficiente para entender el elefante completo. Para eso hace falta algo más: que el grupo de ciegos sea capaz de colaborar, de compartir su conocimiento parcial, de argumentar, formular nuevas preguntas, buscar respuestas explorando el resto del animal, desafiar sus propias convicciones y realizar iteraciones, es decir, repetir este procedimiento varias veces. Medir las partes es necesario, pero no suficiente, para entender el todo. En cierto modo, somos ciegos rodeados de complejidad. ¿Qué hacer?

*Autora de Entender un elefante, editorial Debate (Fragmento).

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