jueves 15 de abril del 2021
DOMINGO LIBRO
07-03-2021 04:17

La condicion femenina

Cuatro propuestas diferentes para pensar los desafíos en un nuevo 8M.

Rolando Barbano / Séverine Auffret / Sabrina Calandrón / María Florencia Freijo
07-03-2021 04:17

Mucha carga para una nena de 13 años

Pese a la citación de los peritos que buscaban saber si Lucía había sido violada, su mamá no fue a entrevistarse con ellos porque, dijo, no tenía dinero. Solo se molestó en aparecer “unos pocos minutos, unos meses después” de que hubieran empezado a atender a la nena y únicamente para advertir, según declararían los especialistas, “que no quería que en la terapia se dijeran cosas que inculparan a su pareja”.

El padre de Lucía, en cambio, sí se presentó ante los peritos e incluso se mostró muy preocupado porque veía que su hija no aprendía nada en la escuela, se mostraba “pasiva” y “no registraba” lo que ocurría a su alrededor. Les contó que la nena había recibido tratamiento unos años antes, cuando tenía 11, pero nunca había podido hablar de lo que había ocurrido.

No era fácil poner en palabras esa verdad. Apenas la vio por primera vez, en los meses iniciales de 2015, una de las peritos pensó que Lucía –que no se llama Lucía– padecía “un grado de retraso”, según escribiría en su informe. (…) Estaba bloqueada. No se quería bañar y su vida estaba marcada por el descuido y el desorden. El cuerpo se le había llenado de cortes, uno al lado del otro, en los brazos, en el torso, en lugares visibles y de los otros. Entrevista tras entrevista, la nena cada vez aparecía más lastimada.

Los tajos, confesaría mucho tratamiento después, se los hacía ella misma. Quienes la trataron le llegaron a contar setenta en un solo día.

“Puta”, se había escrito en un brazo con una navaja. Lucía creía que tenía un motivo para hacerse eso. Sentía que, por su culpa, su hermana bebé se estaba quedando sin papá y, de alguna manera, sin mamá. Temía que alguna de las dos, o las dos, estuvieran en riesgo. Pero por sobre todas las cosas se responsabilizaba por haber sido víctima y haberse atrevido a contarlo.

Demasiada carga para una nena de 13 años. Demasiado horror.

Su pesadilla tenía rostro y ella lo había visto por primera vez una noche del verano de 2012 en la que su mamá fue a un local de su barrio –en Los Hornos, La Plata– a comprar una cerveza y terminó tomándosela con el dueño. No era cualquier hombre sino uno de violencia particular, un policía ya retirado que ahora se dedicaba a atender un negocio y a reparar teléfonos celulares. Miguel Ángel Morosini se llamaba. Y además de violencia tenía perversidad.

-Vení, Lucía, que te voy a presentar a un amigo –le había dicho su mamá entre cerveza y cerveza, aquella noche en la que las dos lo conocieron.

-¿Otro más? –había respondido la nena.

Era el 27 de enero de 2011 y lo que siguió fue, encima de malo, vertiginoso. Para julio de ese año, los tres ya convivían en la casa de Morosini. En marzo la mujer había quedado embarazada de una nena que nacería en diciembre, a días de la Navidad.

El papá de Lucía había abandonado el hogar familiar poco más de un año antes, cuando ella tenía 9, casi sin aviso previo.

Para el alquiler dejó de aportar rápido, pero al menos llegó a acordar un régimen de visitas para ir a buscarla seguido y llevársela. El hombre no notó nada extraño hasta que su ex mujer inició la relación con Morosini y empezó la convivencia.

“Ahí yo notaba que venía vestida como una nena más grande, se maquillaba y solo tenía 11 años”, contaría el hombre. “Venía pintada y me di cuenta de que usaba collares. Hasta una bombacha que era un hilo dental tenía. Le pregunté por eso y me dijo que se las compraba la madre”.

En cuanto quedó embarazada, Morosini le prohibió a la mamá de Lucía que mantuviera su empleo en el sistema de estacionamiento medido de la ciudad. “Me hizo dejar el trabajo, me dijo que no había necesidad, que no nos iba a faltar nada”, relataría la mujer, muchos años más tarde. “Él quería atención para él nada más y por eso había muchas peleas”, contaría.

Casi de inmediato, el policía la hizo cortar relaciones con su entorno. “Yo tenía vida social, tenía mis contactos y todo, hasta que los dos decidimos empezar de cero”, recordaría la mamá de Lucía. “Pero un día probando mi chip en un celular perdí todos mis contactos. De a poco fui perdiendo todas mis relaciones, primero con mis padres y después con mis hermanas”.

Un día, revelaría el padre de la nena, su ex esposa lo llamó para que fuera a buscar a Lucía porque habían tenido una discusión con ella y con su pareja. Sin embargo, cuando el hombre fue a recogerla no la pudo ver: en la puerta de la casa estaba Morosini, sentado en la vereda y con una mano en la cintura, como si estuviera a punto de sacar su pistola. Horas después, la mujer le mandó a su hija con un remís: solo le explicó que la chica quería vivir en su casa y que con él “iba a estar más protegida”, aunque no especificó de qué hablaba.

Al poco tiempo la madre le cedió al papá la tenencia legal de Lucía. “Cada vez veía menos a la nena, la iba a ver a la puerta de la escuela y después pasó un largo tiempo hasta que la volví a ver”, aceptaría la mujer.

Nació su beba, la hija del policía, y Lucía volvió a su hogar por un tiempo. Luego se fue de vacaciones a Córdoba con su padre. Allá estaba todo tranquilo hasta que, una tarde, recibió unos mensajes en el celular “que no correspondían”, según explicaría el hombre, quien pudo verlos porque la nena se los mostró a su tía paterna. “Le preguntaba si salía a bailar, si había chicos por ahí y qué pasaba si aparecía uno más grande, si le daba igual o si lo iba a esperar a él”, contaría el papá.

Los mensajes los enviaba el padrastro de Lucía, el policía.

Mujeres en peligro. (Fragmento).

 

☛ Título Mujeres en peligro 

☛ Autor Rolando Barbano

☛ Editorial Planeta
 

Datos sobre el autor

Estudió en TEA, fue docente de la carrera de Periodismo de la Universidad de Palermo, columnista de policiales en Radio Ciudad y guionista Cuatro Cabezas.

En 2001 publicó Crímenes argentinos. Alguien va a pagar por esto (Planeta). En 2008 dirigió y escribió junto con Ricardo Canaletti la colección Policiales Reales (Planeta), en la que se publicaron El caso Belsunce, El golpe al Banco Río y El caso Barreda. En 2009 escribió, también con Canaletti, Todos mataron. Génesis de la Triple A: el pacto siniestro entre la Federal, el gobierno y la muerte (Planeta). En 2015 publicó Sangre azul. Historia criminal de la Policía Federal Argentina.

Es columnista de Policiales en Telenoche, TN y Radio Mitre.

 


 

“No se nace mujer: se llega a serlo”

Simone de Beavoir, recordémoslo, no era feminista. Al menos cuando escribió y publicó El segundo sexo, un libro que muchos citan sin haber leído. No hace falta avanzar demasiado en ese grueso volumen de casi mil páginas, ya que las primeras cinco líneas del libro dicen: “He dudado durante mucho tiempo en escribir un libro sobre la mujer. El tema es irritante, sobre todo para las mujeres, y no es nuevo. La disputa sobre el feminismo hizo correr bastante tinta y ahora está prácticamente cerrada: no hablemos más de ello”…

¿Qué nos dicen estas líneas? Que De Beauvoir no escribe las mujeres sino la mujer. Algunas feministas mundanas la acusarían hoy por esencializar: sería llevada a la hoguera por misógina y falócrata. Luego dice que ese tema es irritante y no es nuevo: que la “disputa sobre el feminismo” está superada, que el debate está cerrado… Hoy se encarnizarían contra sus restos…

Sobre todo, porque agrava su caso cuando escribe, más adelante, al referirse a “los argumentos de las feministas: a menudo el aspecto polémico les quita valor”. Cuando hay disputa, no se razona bien, añade. Y tiene razón, justamente ella, que, junto a Sartre, tantas veces buscó la disputa con sus interlocutores sobre tantos temas…

De Beauvoir sigue diciendo: “Ya no somos combatientes, como nuestras antepasadas: en líneas generales, hemos ganado la partida”. Dice que en su generación, la feminidad nunca fue vivida “como una molestia o un obstáculo”. ¿De Beauvoir machista? No: supone que ser mujer, plenamente mujer, verdaderamente mujer, poderosamente mujer, es suficiente, y que no se necesita el feminismo. La mujer es un hombre como los demás: su verdad es el existencialismo, no el feminismo. 

De Beauvoir se pregunta si la mujer existe, incluso si las mujeres existen. ¿Qué relación hay entre la hembra, un género anatómico y fisiológico, y la mujer? No existe lo femenino, nos dice, sino que hay mujeres. Dicho de otro modo: no hay esencia sino existencias. Aquí aparece la existencialista, para quien la existencia precede a la esencia. 

Sin embargo, la filósofa admite que existe una diferencia de sexos y que habría que estar mentalmente trastornado para negarlo. Pero esa clase de trastorno existe, y  hasta prolifera. Escribe: “Está claro que ninguna mujer puede pretender, sin mala fe, situarse más allá de su sexo”. Existen mujeres de mala fe. Y hasta escriben libros de mala fe. De Beauvoir plantea la pregunta: “¿Qué es una mujer?”. Más adelante responde: “Son mujeres por su estructura fisiológica”. ¿Hay que quemar a Simone de Beauvoir por haber enunciado esa evidencia? Por supuesto que no: no es mi estilo promover autos de fe. No hay que quemarla: hay que leerla. Los que no la leyeron conocen su “No se nace mujer: se llega a serlo”: una frase que permite las interpretaciones más fantasiosas. Algunos leen solo la mitad: “No se nace mujer”. Olvidan la otra mitad: “se llega a serlo”. ¿ Y cómo se llega a serlo? No queriendo serlo, sino siendo lo que se debe. 

De lo contrario, no se harían largas disquisiciones sobre el tema “destino”, que se refieren al cuerpo sexual y sexuado de las mujeres, a su anatomía: los ovarios, la vagina, los óvulos, la menstruación, que es el momento en el cual “el cuerpo de la mujer deja instalarse en ella a la especie”, la gestación, el parto, el amamantamiento, la biología, las hormonas, el soma, la menopausia, y luego el advenimiento de un “tercer sexo”. 

Ese destino no es “nada”, pero tampoco es “todo”. Sin embargo, el neofeminismo contemporáneo considera que es nada, y que es una nada tan pequeña… ¡que  es necesario desembarazarse de ella en todo! Claro que para desembarazarse de algo, hay que tenerlo. De Beauvoir articula ese destino con la historia. Es el sentido del existencialismo, que afirma que la existencia de las mujeres precede a su esencia. Pero esa existencia es una biología que hay que transformar en un antidestino. Hay que quererse mujer contra el destino natural. Pero hay que quererse mujer, no posmujer o no-mujer. 

De Beauvoir analiza la historia de toda la humanidad bajo todas las latitudes y en todas las épocas. En El segundo sexo, efectúa una distorsión autobiográfica de su autor: odio a la procreación, monstruosidad de la aparición de los senos, olor a pantano de la menstruación, angustia de la penetración, equiparación del acto sexual con la perforación, miedo a ser violada, circunstancias particulares del onanismo, desprecio del maquillaje. De Beauvoir nos cuenta su desprecio por el cuerpo y la carne: un desprecio muy cristiano. 

Su encuentro sexual con Nelson Algren le hará descubrir el placer sexual que al parecer desconocía. Su correspondencia amorosa con el escritor muestra a la autora de El segundo sexo deseosa de hacer pequeñas tareas del hogar, de decir ridículas palabras de amor, etc. Más tarde se descubrirá que la verdad existencial de Simone de Beauvoir fue la homosexualidad. (…)

Hoy, cuando hay mujeres que reivindican el feminismo para justificar el uso del velo islámico -que es claramente un signo de sumisión al régimen patriarcal–, para legitimar la prostitución -que es la objetivación del cuerpo de las mujeres transformadas en mercancías que se alquilan para goces egocéntricos–, para justificar la gestación para otros -que es una servidumbre semejante a alquilar la vagina para relaciones sexuales–, para abolir la diferencia natural de los sexos en favor de la construcción de una quimera inaugural del reinado del transhumanismo libertario, necesitábamos esta suma para comprender cómo llegamos a esto. (…)

Historia del feminismo (fragmento).

 

☛ Título Historia del feminismo

☛ Autora Séverine Auffret

☛ Editorial El Ateneo

 

Datos sobre la autora

Séverine Auffret nació en Francia en 1942. Es escritora y profesora de Filosofía. 

Se unió a la Universidad Popular de Caen desde que Michel Onfray la fundó en 2002, y dirigió el seminario “Ideas feministas”. Desde entonces, coordina encuentros con personalidades del mundo artístico y literario. 

Entre sus obras: Des couteaux, contre des femmes, de l‘excision (1982), Des blessures et des jeux, Manuel d´imagination libre (2003) y Sappho et Compagnie. Por une historie des idées féministes (2006).

 


 

Puente para las mujeres

Eran las 11 de la mañana del 5 de mayo de 2014, un día frío, gris, triste. El Puente de la Mujer, con su moderna estructura e inmerso en un cielo color plomo, era el escenario para el homenaje a Anahí Garnica, bombera de la PFA, caída en y por acto de servicio.

Habían pasado tres meses de su muerte, que había ocurrido cuando se encontraba batallando contra el fuego entre paredes de 40 centímetros de espesor y casi 10 metros de altura en Iron Mountain, la empresa extranjera dedicada a la gestión de archivos y la protección de datos ubicada en el barrio de Barracas. Una de esas paredes se derrumbó sobre Anahí y con ella murieron nueve personas: cinco bomberos de la Federal, dos rescatistas pertenecientes a Defensa Civil de la Ciudad de Buenos Aires y dos bomberos voluntarios del destacamento de Vuelta de Rocha, asentado hace más de cien años en La Boca, a metros del Río de la Plata. El gobierno nacional decretó dos días de duelo en todo el país.

“Este es un lugar especial porque aquí su compañero Gabriel le pidió que lo acompañara por el resto de su vida, y Gabriel así lo hizo, acá le declaró su amor y acá comenzaron una vida juntos que terminó en el momento de Barracas”, dijo la máxima autoridad nacional presente, la ministra de Seguridad de la Nación, Cecilia Rodríguez, en el acto de inauguración de una placa metálica recordatoria. Era un evento conjunto con autoridades de la Ciudad de Buenos Aires y nacionales que decidieron hacerlo allí con un cierto halo romántico. “Gabriel estaba del otro lado de la pared –continuó la ministra–, apagando el fuego. Aquí, donde ella encontró el amor, [esperamos que] encuentre hoy y para siempre el reconocimiento y el amor de los porteños y de todos los argentinos”.

Además de la particular anécdota amorosa, personalidades de la política presentes destacaron la “vena bomberil” de Anahí.

“Bomberil” es una palabra de poco uso y extraña en la lengua común que está insistentemente presente en el habla de bomberos y bomberas. Hija de un reconocido bombero que formó parte del Grupo Especial de Rescate de la PFA, hermana de un cadete de la escuela de bomberos y esposa de otro que se desempeñaba en un cuartel de La Boca, Anahí fue parte de la primera promoción de oficiales de la Federal en esta especialidad, ingresó a la Escuela de Cadetes en 2003 y egresó tres años más tarde, primera en el orden de mérito. Hasta ese momento se lamentaba de que, por ser mujer, no había podido seguir la carrera familiar, angustia que se extinguió cuando anunciaron que comenzaría a permitirse el ingreso de mujeres. Entró a la Escuela de Cadetes Juan Ramón Falcón junto con cuatro compañeras y veinte compañeros. De allí la enviaron a un cuartel en el que, con la jerarquía de oficial ayudante, contaba con un grado superior al de todos los suboficiales que allí se desempeñaban aunque ellos tenían el máximo de antigüedad.

En el discurso público que se construyó y circuló en esos meses, Anahí comenzó a ser llamada “la primera bombera” y la ministra de Seguridad de la Nación, en el acto que acabamos de mencionar, habló de los escollos en el camino que había debido franquear: “Al principio dormía en la sala de alarmas; ahora todos los turnos tienen mujeres, por eso hay cuartos y sanitarios”. Es la primera bombera muerta en y por el servicio. Simbólicamente, fue también el puente que permitió la llegada a los cuarteles de bomberas de las fuerzas policiales y la que conectó a otras chicas con una vocación profesionalizada, en suma, la condensación de deseo y pericia, porque la presencia de mujeres en funciones de poder inspira y abre puertas a otras mujeres.

“En y por acto de servicio” es una categoría dispuesta en la Ley de Personal Policial, que dictamina el estatus de la muerte. Se reforzó con el decreto 1.866 de 1983, donde están las cuatro categorías posibles para encuadrar una muerte policial: en y por acto de servicio, por acto de servicio, en servicio o desvinculado del servicio. Quienes fallecen en y por acto de servicio pasan por una segunda instancia burocrática gracias a la cual pueden alcanzar el título de “caídos en cumplimiento del deber”. En esos casos, la institución considera que la muerte fue consecuencia directa e inmediata del ejercicio de la función, como riesgo exclusivo o por motivos de su condición de funcionario, incluso si la persona no se encontraba en el horario de servicio. A los caídos en cumplimiento del deber se los recuerda en los actos propios de la liturgia policial y bomberil cuando la voz principal del escenario dice grado, nombre y apellido del fallecido y otra voz proveniente del final de la formación grita, doliente y sin micrófono, “presente”.

Para quienes no somos parte de la celebración, ese grito es un momento de una fuerza simbólica indiscutible. La investigadora en ciencias sociales argentina Elea Maglia hizo trabajos de maestría y doctorado sobre el sentido de la muerte en la PFA y acerca del modo en que se la enseña y se la revive en los espacios institucionales (Maglia, 2019). Para ella, la presencia de la muerte, como experiencia transmitida y como culto teatralizado, promueve el estrechamiento de lazos y refuerza la idea de que todos, vivos y muertos, forman parte de un mismo cuerpo colectivo.

“En servicio” presenta algunas variantes. Suele ser usado cuando la muerte se produce en horario de trabajo, pero no encuadra en esa definición cuando se da como consecuencia de prácticas de adiestramiento especial, si ocurre en el trayecto del trabajo a casa o fuera del horario de servicio pero cumpliendo una orden de servicio, por ejemplo, prácticas deportivas, de equitación, de gimnasia, de esgrima o de tiro. De la catalogación de la muerte depende la indemnización, el monto de la pensión que deja a sus deudos y el reconocimiento simbólico, como es el caso del ascenso post mortem. Anahí murió como subinspector y fue ascendida de forma extraordinaria a inspector, según el decreto nacional 241 del 27 de febrero de 2014. Pocos meses después recibió un nuevo ascenso a subcomisario y es con esa jerarquía como figura en la placa que descubrió la ministra. (…)

El Sistema de Bomberos en nuestro país nació gracias a dos fuentes, como ocurrió en otros lugares del mundo. La primera viene de las fuerzas de seguridad, que, en su tarea de seguridad pública, cuentan con un agrupamiento dedicado al control de incendios. Es una especialidad dentro de la formación policial con cierto grado de autonomía con respecto a la vigilancia urbana y el control del delito. (…)

La segunda tiene su origen en la organización comunitaria, en la que existe un gran número de instituciones de bomberos denominados “voluntarios”, con una fuerte impronta barrial o local.

*Mujeres armadas ((fragmento).

 

☛ Título Mujeres armadas

☛ Autora Sabrina Calandrón

☛ Editorial Paidós
 

Datos sobre los autores

Sabrina Calandrón es doctora en Antropología Social por la Universidad Nacional de San Martín. Es investigadora del Conicet.

Integra el Grupo de Estudios sobre Policías y Fuerzas de Seguridad (IDES-UNQ) y es investigadora honoraria en el Madrid Institute for Advanced Study.

Desde diciembre de 2019 es subsecretaria de Derechos, Bienestar y Género del Ministerio de Seguridad de la Nación. 

Escribió el libro Género y sexualidad en la policía bonaerense (2014) y compiló Deudas, consumos y salarios: usos y sentidos del dinero en las fuerzas de seguridad (2019).

 


 

Entre el mandato y el “no pedir permiso”

La carga mental es la enorme cantidad de exigencias de logística, coordinación y previsión de tareas que tenemos las mujeres en el día a día y los malabares que debemos hacer para cumplir con ellas. También forman parte de esta carga los mandatos que recibimos acerca de cómo debe ser la buena mujer: la buena hija, a buena novia, la buena amante, la buena esposa, la buena madre.

Al momento de nacer, a nuestro alrededor ya hay expectativas impuestas por el solo hecho de que tenemos vulva. Los mandatos ordenan la sociedad y se reparte de manera desigual entre hombres y mujeres. Pero la carga mental con el manual del buen comportamiento recae sobre nosotras con indicaciones subliminales y una lista de tareas pendientes. Una mochila heredada que irá creciendo con el tiempo. 

La carga mental es ese diálogo interno que no para ni un segundo. A través de él, las mujeres logramos estar atentas a todo, ser equilibristas y salvar cualquier pensamiento o situación que se presente para no perder la compostura, sin reparar en que mientras tanto nos estamos perdiendo a nosotras mismas. No reparamos en esto porque la carga mental es invisible, y porque nos sobrepasa tanto que, para cuando llega el momento en que podemos poner algo de todo esto en palabras, ya estamos lo suficientemente aturdidas, y lo único que nos sale es pegar un alarido. 

De hecho, mientras escribo este capítulo tengo a mi hijo sentado al lado, gritando con un juego de teléfono celular. Las opciones que se me ocurren son: sacarle el celular y sostener su demanda normal de niño –tengo hambre, estoy aburrido, quiero hacer algo, préstame el celular- y en consecuencia no poder escribir, o tratar de escribir con este proyecto de youtuber  al lado. Me pongo nerviosa, pero si grito será una mala madre y no quiero repetir modelos familiares que considero mejorables… Entonces me controlo, y pienso en seguir escribiendo, pero …¡qué fuerte grita! El hecho es que los últimos cinco minutos los pasé pensando en los modelos familiares que heredé, en cómo debería atender a mi hijo. (…)

Sin dudas uno de los mejores consejos que recibí en mi vida me lo dio la economista Mercedes D´Alessandro. Yo tenía que asistir a una nota televisiva en un medio relevante y no parada de decirme a mí misma: No estoy lo suficientemente preparada, no soy tan importante como para estar ahí parada, lo voy a hacer mal. En ese momento de ansiedad, Mercedes me dijo algo así: “Flor, los tipos están en la televisión y ni siquiera son conductores, están en un puesto de trabajo como líderes y ni siquiera tienen toda la preparación que tenemos nosotras. Conquistemos más lugares.” Tiempo después, haciendo zapping, veo en la televisión un programa en prime time en un canal de deportes, en donde cuatro hombres eran grabados desde un estudio de radio, y todo el programa eran ellos cuatro hablando de fútbol, entre gritos y chistes machistas. 

Las mujeres jamás tendríamos ese lugar, jamás nos permitirían hacer un programa mal filmado, desde el estudio de una radio, sin estar arregladas, sin están en pose, demostrando. Jamás nos permitirían hacer comentarios con ese nivel de violencia, sin ser antes condenadas o sufrir el escarnio público.  Ahí me di cuenta, e inauguré mi frase de cabecera, parafraseando un título: “Los tipos no piden permiso”. Es ciento que ellos tienen mandatos también, que hay un código de la masculinidad y que para los que quedan fuera hay una especie de discriminación bastante compleja, pero no tienen barreras por el hecho de ser hombres. Tendrán barreras económicas, relacionadas con el contexto, pero no por el hecho de ser hombres. Ser hombres es una ventaja. Las personas no aguzan la mirada para encontrarles los defectos, para evaluar si cumplen los mandatos. Contra nosotras se dan luchas encarnizadas de opiniones. ¿Cómo no vamos a sentir culpa si nos equivocamos, si no hacemos todo perfecto? ¿Cómo no vamos a tener miedos? ¿Cómo no vamos a vivir una autoexigencia inhumana? (…)

La carga mental está ahí, es mandato, se transforma en barreras, se transforma en cansancio. Pero nosotras estamos tratando de simplificar nuestras vidas, de reequilibrar los vínculos y los esfuerzos, seguimos conquistando espacios para tener voz propia y trabajando  para sentir que nuestras palabras merece ser escuchada. Nuestras opiniones, nuestros sentires, valen. Y, sobre todo, nos merecemos poder decir ¡basta!, nos merecemos elegir nuestros pensamientos, nos merecemos poder elegir no cargar con todas las tareas. 

Las mujeres hemos accedido al mercado de trabajo sin parar, las cifras de divorcios aumentan, hemos hecho como la gran Victoria Ocampo y nos hemos puesto los pantalones que las etiquetas del bueno uso nos negaban. Nosotras duplicamos esfuerzos y compartimos nuestra carga mental con otras mujeres, no podemos socializar por fuera de nosotras. 

La carga mental no es gratis, tiene un costo en salud integral, en nuestros bolsillos, en nuestra calidad de vida. Cada cosa que decidimos es analizada por el ojo ajeno, por eso la historia de las mujeres, en profundidad, no es otra cosa que la búsqueda de la libertad y el costo que tenemos que pagar para poder hacernos con un trozo de ella. No pidamos permiso. (…)

Hablar de violencia obstétrica merece un libro aparte, pero sin duda la falta de información es violencia, y que no nos hablen de puerperio refleja la poca importancia que se nos da en un momento tan sensible como es el de ser madres. 

Enfrentarse a la maternidad es estar cara a cara con todas las formas de invisibilización que podemos tener las mujeres durante nuestra vida, cuando la desigualdad se hace más grande y, sobre todo, cuando las diferencias en el nivel socioeconómico se vuelven más crudas. ¿Cómo hacemos las mujeres para amamantar, recuperarnos del parto, cuidar a ese bebé si dormimos poco, si la lactancia no nos resulta sencilla, si nuestra pareja no acompaña, si los comentarios de los demás se hacen agudos y todos nos tratan de desagradecidas por no disfrutar de ese hijo sano, la bendición, lo mejor que nos pasar en la vida. 

Las mujeres callamos por culpa, por vergüenza. Lloramos continuamente, tenemos atracones de comida o no probamos bocado. No tenemos idea de que estamos atravesando una depresión postparto, ningún profesional nos diagnostica, ni contiene. Nadie, tampoco la familia. Nadie nos mira. Estamos ausentes. Es natural que lleguemos a un diagnóstico de esta afección bastante tiempo después, y en situación crítica.

Solas (fragmento).

☛ Título Solas

☛ Autor María Florencia Freijo

☛ Editorial El Ateneo
 

Datos sobre la autora 

María Florencia Freijo es licenciada en Ciencias Políticas. Brinda charlas y capacitaciones en organizaciones públicas y empresas. Reconocida por su trayectoria militante de los derechos de las mujeres.

Se dedica a la divulgación de la historia y la situación actual de las mujeres en el mundo, a través de redes sociales, prensa escrita, radio y televisión. 

Brindó clases en la Universidad Complutense de Madrid, la Universidad de Buenos Aires, la Universidad Nacional de Rosario, la Universidad Nacional del Litoral, la Universidad Nacional de San Luis y la Universidad Nacional de Córdoba. 

Trabajó en Ecuador, Alemania y Paraguay en temas referidos a desarrollo humanitario. 

Madre sola, hace malabares con la exclusividad de los cuidados de su hijo, su trabajo y otros sueños que persigue.

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