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sábado 28 marzo, 2015

Los afro- argentinos y el racismo que perdura

Los negros de Argentina son más de dos millones de personas que sufren desde la negación del pasado hasta problemas para acceder al trabajo y la salud.

por Redacción Perfil

Foto: Cedoc

Erradicarlos, trasladarlos, desprestigiarlos, prejuzgarlos y desaparecerlos fueron las intenciones de quienes proyectaron el país a mediados del siglo XIX. Los esclavos provenientes de Africa subsahariana, al igual que los pueblos originarios fueron parte de la población preexistente a la República Argentina. ¿Qué pasó con la población negra del país? La historia de los afroargentinos está atravesada por mitos y verdades parciales que nos hicieron creer que murieron en las guerras de Independencia, del Paraguay y con epidemias como la fiebre amarilla. Se difundió una ideología racial que contó con la complicidad de la historia, de la falta de estadística y el desinterés de la sociedad.

“En el país existen cuatro colectivos afro muy distintos entre sí que tienen en común ser o descender de Africa subsahariana.  Por un lado, están los afroargentinos de tronco colonial que son los descendientes de africanos que fueron traídos al actual territorio argentino en condición de esclavos. El segundo grupo está formado por los caboverdianos, que no tenían nada que ver con el tráfico esclavista porque llegaron a fines del siglo XIX cuando  la generación del 80 fomentaba la llegada de migrantes del norte europeo. En 1960 empezaron a migrar voluntariamente al país los afrouruguayos, afroperuanos y afroecuatorianos. Por último, en 1990 llegaron africanos, sobre todo de Senegal en busca de mejores oportunidades”, explica el antropólogo Norberto Pablo Cirio, quien milita en la Asociación Misibamba de la comunidad afroargentina de Buenos Aires.

Carlos Lamadrid se define a sí mismo como más argentino que el tango. El pertenece al grupo de tronco colonial. Nació en un conventillo en Chacabuco y Belgrano, pleno barrio de Montserrat. Es jubilado y secretario de Misibamba. Tanto él como sus vecinos se vieron forzados por el Gobierno a abandonar sus hogares. “En 1950 nos trasladaron a Villa Soldati a 200 metros de donde arrojaban todos los residuos de la Capital. En 1972 Osvaldo Cacciatore decidió erradicar las villas de la Ciudad de Buenos Aires para construir autopistas. Nuevamente nos cargaron en camiones y nos trasladaron a Ciudad Evita, en La Matanza”, cuenta Lamadrid.
Miriam Gomes es vicepresidenta de la Sociedad Caboverdeana de Dock Sud. Sus abuelos maternos llegaron junto a las corrientes migratorias de origen europeo a fines del siglo XIX en busca de nuevas oportunidades y su padre migró luego de la Segunda Guerra Mundial.  Dice: “Nuestra presencia fue olvidada durante mucho tiempo porque ser negro no era prestigioso, se constituyó como algo feo, poco deseable, ligado a profesiones subalternas. Además, siempre hubo un discurso de que la Argentina fue un país blanco y europeo.  Hubo un proyecto de Nación que impuso esa mentalidad.”

En los últimos años la comunidad afro alcanzó dos grandes logros. Por un lado, se sancionó la ley del Día Nacional de los afroargentinos y de la cultura afro, conmemorada el 8 de noviembre. Por el otro, se incorporó una pregunta sobre afrodescendientes en el Censo Nacional del 2010, tema que trató PERFIL oportunamente. Sin embargo, el resultado del censo trajo otros problemas. Mientras que la muestra censal registró 149.493 personas afrodescendientes, los militantes aseguran que representan cerca de dos millones de personas.
“Yo participé de la primera prueba piloto de captación de la población afrodescendiente por autopercepción que se hizo en el 2005 con el Indec y la Universidad Nacional de 3 de Febrero. La prueba la realizamos en Buenos Aires y en la provincia de Santa Fe y vimos que entre el 4% y 5% de las personas encuestadas se reconocieron como descendientes de africanos. Nosotros proyectamos el resultado sobre la población total. De ahí surgen los aproximadamente dos millones de personas que reconocen tener un antepasado africano negro. Los resultados del 2010 fueron decepcionantes. Hubo escasa formación a los censistas y poca sensibilización a la población para saber qué responder”, explica Gomes.

Cirio dice que no cree en la unidad del movimiento afro porque desde la época colonial se han sacado los ojos entre ellos para ver qué comparsa salía primera en carnaval o qué diario vendía más. Pero, en la actualidad todos se encuentran convocados por un objetivo común que es la lucha contra el racismo.
Federico Pita es afrodescendiente, el primer universitario en diez generaciones y presidente de la Diáspora Africana en la Argentina –Diafar–. Dice: “Este es un año clave a nivel político y veo en determinados sectores un discurso brutalmente racista y xenófobo con la excusa de la inseguridad. Buenos Aires es una sociedad segregada: los blancos tienen poder adquisitivo alto y la gente oscura vive en la villa.”

Por otro lado, Cirio demuestra que también hay afro-argentinos que pertenecen a una burguesía acomodada como la actriz Carmen Barbieri y el pianista Horacio Salgán. “Es cierto que estas personas son socialmente blancas. Ascendieron a costa de deshacerse de sus raíces africanas: por el mestizaje el color se blanquea, se tiñen el pelo y no muestran las fotos de sus abuelos. La excepción es Fidel Nadal quien construyó su carrera en base a un género musical afro”, explica Cirio.
Pita destaca dos ámbitos donde se mantiene una fuerte discriminación. “El discurso de supremacía racial blanca está intacto en la publicidad. En las revistas, las personas que llevan los perfumes, los coches, los relojes son rubias. En contraste, los afiches de violencia, pobreza y de asistencia muestran personas morochas”, explica Pita. El colegio es otro espacio donde hay racismo. Cuenta: “En la escuela eras Mister Té, Cirilo o Pelé, según la época. Uno no puede ser un niño negro tranquilo. Estás obligado a ser un guerrero. Además, ¿quién quiere pintarse con un corcho en el acto del 25 de Mayo? La realidad es que todos quieren ser San Martin, no la negra que vende empanadas”.

Balthazart Ackhast migró desde Costa de Marfil a Argentina en 1995. El es un militante contra el racismo y es el presidente de la organización Africa y su Diáspora. Cuenta que notó importantes cambios en la sociedad desde que él llegó hasta ahora, pero todavía falta un largo recorrido. “Antes te paraba un policía y te llevaba sin antecedentes o no te atendían en los hospitales. Hoy eso no sucede, pero quedan muchos prejuicios. Cuando subo a un colectivo algunas personas se agarran la cartera o si voy de paseo por San Isidro o Vicente López es probable que una patrulla se acerca a preguntarme a dónde voy”, explica.
Recientemente, Diafar lanzó un nuevo periódico de publicación trimestral llamado: El Afroargentino. El medio busca poner en evidencia los pensamientos de la comunidad y quiere convertirse en una herramienta de acción. Surge para demostrar que los colectivos afro no desaparecieron, que buscan organizarse, formar una identidad y alcanzar la igualdad. Pita remarca: “No queremos ser más cómplices con nuestro silencio”. El cree que hoy se transita un camino que busca recuperar el relato autóctono y dejar de mirar tanto a Europa. Esto podría implicar un cambio de paradigma.

 

Los senegaleses reavivan la presencia negra en el país

Anillos, pulseras, anteojos y carteras son las mercaderías que despliegan por las calles porteñas los vendedores ambulantes de origen senegalés. Estos jóvenes inmigrantes reavivaron la presencia negra en el país. Ellos tienen un espíritu viajero y uno puede encontrarlos en cualquier parte del mundo.
Ndathie Sene, más conocido en su comunidad como Moustafa, tiene 30 años y llegó a Argentina en 2007. Hoy es el presidente de la asociación senegalesa. “Migrar es una decisión familiar. No son los pobres los que viajan al extranjero, sino la clase media que tiene ahorros y ve la inmigración como una forma de inversión. La persona que se va al exterior envía dinero a su familia todos los meses”, explica.
El año pasado se realizó una regularización migratoria y se acercaron 1.697 senegaleses. De todos modos Moustafa cree que en Argentina hay aproximadamente 2.500 inmigrantes de su país de origen. En esta cifra considera a aquellas personas que tenían la regularización vigente y aquellos que no pudieron asistir a la regularización. “Como asociación nos juntamos mínimo una vez por mes para charlar de la realidad del país y para orientar a los chicos que recién llegan. Existen agrupaciones religiosas donde se juntan una vez por semana para rezar, leer poemas de sus cofradías, mantener la fe y las costumbres. El 94% de las personas en Senegal son musulmanes y hay diferentes cofradías”, Explica Sene. En el barrio de Once se compra la mercadería. Los productos que venden tienen que ser accesibles, livianos para trasladar en la calle, tienen que gustarle a la población y dejar una ganancia. Sene cuenta: “Cuando alguien nuevo llega al país, tratamos de ayudarlo con algo: puede ser con dos anillos o cien pesos. Con eso puede comprar mercadería y arrancar. Después, a la persona le queda la responsabilidad de ayudar a otros. El que llega siempre empieza desde cero: no entiende el idioma y no sabe a dónde ir. Primero, intentamos alojarlo y tratar de que esté cerca de la comunidad”.


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