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ELOBSERVADOR / la fe como vehiculo de paz
sábado 15 marzo, 2014

Peregrinando en Tierra Santa

Inspirado por el espíritu ecuménico del papa Francisco, el empresario viajó a Jerusalén como parte de un grupo de líderes que busca crear condiciones positivas para el proceso de paz. Aquí, su experiencia.

por Redacción Perfil

Foto: Shutterstock

Es viernes 21 de febrero, seis de la tarde, comienza el shabat en Jerusalén. Frente al Muro de los Lamentos cientos de personas, en su mayoría religiosos ortodoxos, se congregan para celebrar. Hay que hacer un esfuerzo para entender la razón de los diferentes colores de caftanes y gorros; los hay también con trajes simples, concentrados, ensimismados. Todos celebran. Hay un grupo de soldados israelíes que se abrazan formando una ronda y cantan, con joven vitalidad, canciones que alguna vez oí en las fiestas familiares. Se respira gesta, se siente energía.
Los comercios cierran en su mayoría y hay ciertos lugares donde el transito está vedado, Jerusalén se detiene en shabat. Pienso sobre la necesidad de tener un día de descanso, de reflexión, de parar, costumbre perdida por esas cosas de la atemporalidad y deslocalización que trajo la sociedad de la información. Celebro la disciplina del día del descanso en familia.
A las siete contemplo Jerusalén desde el Monte de los Olivos. Flotan en el aire los sonidos envolventes de las llamadas a rezar de las mezquitas, hay una emoción que penetra hasta los huesos. En las mezquitas, en un bar, en un rincón del hotel, las personas de fe islámica paran cinco minutos. Es el momento de volver al centro, al sentido de las cosas.  
En cualquier parte del día, el Santo Sepulcro o la Vía Dolorosa, está repleto de peregrinos, en general cristianos, que quieren ver, tocar, sentir la inspiración de estos lugares, de estas piedras que vibran de fe y espiritualidad.
Cada metro, piedra, gesto o símbolo en Jerusalén tiene una carga y significado especial. Es imposible no sentirlo, independiente de la fe, la humanidad está en carne viva, aun para los no creyentes.

Diálogo y sociedad civil. Estoy haciendo un viaje con un grupo de líderes musulmanes, cristianos y judíos, una “peregrinación” como llaman sus organizadores, inspirada en el papa Francisco, sobre el rol de la sociedad civil en la tarea de crear condiciones positivas para el proceso de paz. Al frente están los creadores del Instituto del Diálogo Interreligioso, Guillermo Marcó, Daniel Goldman y Omar Abboud, que vienen desde hace varios años tejiendo una relación que crece, se afianza y se proyecta sin límites imaginables.
Los tres cultos tienen enormes cosas en común, son monoteístas, tienen una concepción de lo temporal similar –lineal frente a lo circular de otros credos– y sostienen el valor de la comunidad como estructura desde donde se vive el hecho espiritual. Los separa la creencia sobre la llegada del Mesías, es decir, si Dios es sujeto o predicado.
Me pregunto qué sentirán mis compañeros frente a cada experiencia: un judío escuchando el llamado a las mezquitas o un musulmán en el Muro de los Lamentos. Para muchos de la comitiva este viaje fue la primera experiencia de convivencia con un diferente, las cosas ya no serán como antes.    
Mis compañeros de ruta musulmanes me recuerdan la histórica confraternidad entre los dos pueblos, sólo alterada los últimos setenta años luego de la creación del Estado de Israel. Me dicen: “No es natural que estemos enfrentados, los recibimos cuando fueron expulsados y los tratamos como pares, con respeto y admiración”. Shalom y Salam tienen un mismo origen: integridad.
El conflicto es complejo, tiene una dimensión religiosa que se solapa con una política, y la podemos resumir en una sola palabra: seguridad.  Luego de recorrer el Museo del Holocausto uno puede entender, y especialmente sentir, mucha de las razones que los han llevado a estas circunstancias: la necesidad de tener un Estado propio, el miedo, la desconfianza, el sentirse pueblo más allá de la vida y las ideas. El museo nos hace transitar una experiencia de honda carga emotiva, dolor, impotencia, incredulidad y, sobre todo, nos hace  reflexionar sobre el potencial del ser humano de crear colectivos irracionales. El Museo nos golpea y ayuda a estar más despiertos.
La falta de seguridad es consecuencia  de la desconfianza, el miedo, el poco interés. Son muros internos que la política intenta subsanar con los externos que separan territorios y duelen porque se los ve. Hay que “derribarlos” con respeto, integración y justicia. Aunque hay buenas intenciones, subyace en el inconsciente la falta de confianza. Se habla mucho de tolerancia, que es parte de la lógica de la diferencia. No se habla de integración, que es una forma de conocer, reconocer, entender el punto de vista del otro y hacer cosas juntos.
Hay expectativas positivas en el proceso de paz que lidera el vicepresidente de Estados Unidos, y mucho más las hay por la visita del papa Francisco en mayo. Por primera vez un papa es querido y respetado de igual manera por católicos, judíos y musulmanes. Todos dicen: “Es mi papa”.

Buscando una solución. Pero los tiempos están cambiando en Medio Oriente. ¿Cuál será el interés estratégico y táctico de Estados Unidos en la región cuando ya no necesite más el petróleo de Medio Oriente? ¿O de Europa, que necesita integrarse a una región más estable y con valores similares? ¿Cómo será la política exterior futura de Israel, hasta ahora fuertemente basada en el “veto americano”? Seguir postergando la solución para otros tiempos ¿será conveniente?
En Israel este debate está abierto desde hace muchos años y ha ocupado la agenda pública del pensamiento político y académico hasta hoy. ¿El sueño de los fundadores del Estado de Israel, de Ben Gurion y sus compañeros, está reflejado en la sociedad israelí de hoy? La idea de una sociedad nueva, utópica, igualitaria, humanitaria, que muestre al mundo cómo es posible vivir en un colectivo movilizador no es la que hoy se vive.
Las soluciones desde la dimensión religiosa apuntan a convertir a Jerusalén en un territorio internacional. Sería un símbolo fundamental para señalar que hay una transformación en marcha.
Desde la dimensión política la solución es más compleja. La idea israelí de tener un territorio bien demarcado, seguro, “amurallado”, no parece de estos tiempos, donde la globalización invita a la integración, los libres flujos de bienes, servicios y conocimientos. Más difícil aún cuando los límites deberán superar los desafíos de los territorios ocupados, el 1,8 millón de palestinos que viven en Israel y el gobierno del agua y la infraestructura común.
La solución debería contemplar cómo compatibilizar seguridad e integración. Hasta hoy las mediaciones burocráticas, diplomáticas y gubernamentales confunden espacio con Estado-Nación, espiritualidad con institucionalidad y temporalidad con vigencia.
La sustentabilidad debe incluir una dimensión económica y social.  Son varias iniciativas que podrían desarrollarse simultáneamente: la educación por supuesto –no se ama lo que no se conoce–  y el poder transformador del comercio y los negocios. Hay que facilitar la integración económica de estos pueblos, facilitando la creación de empresas mixtas con socios de ambos pueblos, la instalación de emprendimientos israelíes en suelo palestino y viceversa, en crear un mercado común que se extienda al resto de los países árabes. La mejor manera de conocerse es haciendo negocios juntos.
Martin Buber sostenía la necesidad de hacer un Estado binacional, quizá ya sea tarde. Sin embargo, en un mundo globalizado, donde los Estados Nación dejan de ser estructuras que separan, hay una nueva oportunidad. Soñar con una sociedad de justos, integrada a una región de hermanos con una historia que ha unido más que separado, con oportunidades en un mundo que se transforma, es una de las bases de un proceso de paz que se renueva con esperanza. Más aún frente a la visita de Francisco en mayo. El papa Francisco nos dijo: “Algunos esperan que llegue, otros esperan que regrese, todos esperamos”. Esperamos que se logre la paz, de los hombres depende.    

*Empresario.


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