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ELOBSERVADOR / manual del elector perplejo
domingo 9 agosto, 2015

Por qué los argentinos preferimos votar a los hijos de p...

En su último libro, Novaro analiza razones por las que elegimos malditos, antes que buenas personas, y ofrece una terapia para combatir la neurosis política.

por Redacción Perfil

Una conocida máxima del pragmatismo político reza que es preferible encargar el trabajo de gobernarnos y protegernos a un maldito antes que a alguien de buen corazón, porque éste sería una presa fácil de los malditos que hayan sido promovidos al poder por otros países, partidos o grupos de interés.
Muchos, aunque no lo reconozcan, votan con este criterio con regularidad. Al menos mientras crean poder asegurarse de que quien resulte electo va a actuar como “su maldito” y no se escapará de control. De otro modo no se podría entender que reconocidos facinerosos no pierdan apoyo sino incluso ganen algunos votos cuando quedan a la luz sus trapisondas y actos inescrupulosos, mientras esas salvajadas “funcionen” y logren convencer al público de que eran necesarias para lograr ciertos fines considerados valiosos y que, en cambio, hacer lo correcto no hubiera dado tan buen resultado.
La premisa con que se guían infinidad de ciudadanos abierta o solapadamente pragmáticos en este sentido, pero que no se consideran por eso amorales, es que las personas de sentimientos nobles y una fuerte inclinación al comportamiento recto, a tratar a los demás con justicia, sinceridad y respeto, no sabrán cómo, ni se animarán a utilizar los medios necesarios para pre­servar el orden, asegurar la obediencia de los revoltosos y mucho menos mantener a raya a los enemigos que nos acechan, por lo que tienen más posibilidades de fracasar como gobernantes que las otras, las que sí están dispuestas a utilizar cualquiera de esos medios y muchos más con tal de tener éxito.
En otras palabras, muchos de quienes se asumen como per­sonas moralmente rectas, buena gente, suelen votar convencidos de que entre los que comparten esa condición no se recluta a los buenos políticos, porque un buen político por definición tiene que ser distinto al común de la gente: para él tiene que valer otro estándar moral, que contemple saber hacer uso de la maldad. Y un uso bastante sistemático, dosificado, claro, sobre todo cuando se la administra a los propios gobernados, pero regular y exhaustivo de todos modos.
Parte del fenomenal éxito que han tenido series televisivas sobre el mundo político y el ejercicio del poder como House of Cards, Los Borgia o Game of Thrones reside justamente en que ellas ponen a la luz y explotan al máximo y muy hábilmente esta ambigua visión moral con que los ciudadanos evalúan a sus gobernantes. Los protagonistas de esas historias suelen ser odio­sos y terriblemente crueles a la vez que muy seductores. Y por lo general se sobreponen a sus adversarios cuando éstos mues­tran alguna flaqueza, por ejemplo, cuando dudan o se autolimitan en el ejercicio de la traición, la extorsión, el oportunismo más alevoso y, por sobre todas las cosas, la violencia.

Cuatro tipos de políticos y cómo cuidarse de los peores. Estas últimas consideraciones nos llevan de cabeza a un segundo aforismo, menos conocido pero igualmente útil. Es el que sos­tiene que hay cuatro tipos de políticos, igual que cuatro tipos de personas en el mundo: los que hacen bien a los demás a su pro­pia costa, los que se benefician al mismo tiempo que benefician a los demás, los que se benefician a costa del prójimo y los que se perjudican a sí mismos al mismo tiempo que dañan al resto.
Al primer grupo vamos a llamarlo el de los altruistas. Son tan macanudos y tienen como prioridad tan elevada hacer el bien sin mirar a quién, que nos benefician aun en ocasiones en que hacerlo los perjudica. Esta clase de gente es más bien rara, y en contra de lo que podría pensarse tal vez resulte una ventaja que así sea: el mártir que se inmola para mantener en pie una de­mocracia, u otorgarle un gran beneficio a su pueblo o cualquier otra cosa por el estilo, porque para él esa causa vale más que su bienestar o su propia vida, a veces es el mismo que ha generado la situación que lo impulsa a sacrificarse, y con él a unos cuan­tos más; así que puede que diste de ser un héroe tan impoluto ni haya tanto que agradecerle como él pretende. En segundo y tercer lugar están los estrategas que nos benefician mientras hacen otro tanto por sí mismos, y los saqueadores que nos perjudican para beneficiarse. Son los dos grupos más nutridos y se corresponden bien con las dos clases de sistemas políticos también más comunes: los extractivos, aquellos en que una minoría de poderosos extrae rentas de la sociedad que gobierna mientras la masa gobernada se las apaña como puede, en general padeciendo situaciones de pobreza relativa y desigualdad aguda; y los que por oposición se suelen denominar sistemas inclusivos, porque en ellos funciona una lógica de cooperación de suma positiva, por la que los gobernantes, y los poderosos en general, asumen que resultarán más beneficiados mientras más crezca el beneficio colectivo, así que lo fomentan en forma más o menos sistemática. Las democracias consolidadas se ubican en esta última categoría, y en general las democracias débiles, igual que las autocracias, en la anterior: son sistemas extractivos o rentísticos.
Volviendo a la tipología de actores políticos, las dos clases que se ajustan mejor con los sistemas más estables, los estrategas y los saqueadores, son no sólo más comunes que el resto sino también, y no casualmente, los que con mayor frecuencia consiguen perdurar, porque logran los objetivos que se proponen, sean ellos más o menos beneficiosos para sus gobernados, y por lo tanto éstos logran también ser más o menos felices a su sombra, pero siempre sabiendo a qué atenerse. Más correctamente: en el caso de quienes tienen que soportar ser gobernados por saqueadores, es probable que no logren ser muy felices que di­gamos, pero al menos saben lo que les espera y pueden acomo­darse a ello.
Ese no es para nada el caso que resulta del último, el cuarto tipo de actores, y por lejos el peor de todos los políticos imagi­nables; del que es más importante cuidarse: el tonto que se per­judica a él tanto como al resto, porque no sabe calcular las con­secuencias de sus actos o persigue objetivos absurdos.
Sería deseable, claro, que siempre pudiéramos tener a mano personas que combinasen las dotes del estratega y del altruista para promover a los cargos de poder. Pero esa posibilidad es muy remota. Por regla general, deberemos conformarnos con personas más comunes, que combinan en alguna medida la condición de estratega con la de saqueador, es decir, políticos que actúan siempre en su beneficio y que cuando las circuns­tancias los favorecen no sólo sacan provecho ellos sino que tam­bién permiten al resto obtener beneficios.
Pero habrá que tomar en cuenta el riesgo de que una propor­ción importante de líderes o aspirantes a líderes se crea de una de estas dos clases, cuando en verdad pertenecen a la cuarta porque son más bien tontos; y a veces tontos muy peligrosos. O pasen de un ejercicio más o menos exitoso de la estrategia o del saqueo a actuar como tontos, porque el éxito se les sube a la cabeza, no logran adaptarse a los cambios en el entorno o sim­plemente envejecen y se confunden cada vez más en la evaluación de sus capacidades y posibilidades.
Se piense lo que se piense de su proyecto político y sus ideas, nadie puede dudar de que Hugo Chávez fue un político de ex­traordinario talento. Su llegada al poder en la Venezuela de fines del siglo pasado fue todo un ejemplo a seguir en cuanto al des­pliegue de seducción y la combinación de promesas y beneficios ampliamente distribuidos entre sus seguidores, con la formación de un círculo de saqueadores bien organizado. Es cierto que solventado todo ello muy cómodamente con una casi inagota­ble chequera de exportaciones petroleras, en un período de altos precios de los combustibles, lo que no quita que la usara con maestría. Con el tiempo, a medida que los recursos empezaron a escasear y sobre todo se volvió más difícil distinguir desde el poder entre rivales y aliados, la formación de camarillas que acumularon rentas a costa del resto de la sociedad venezolana se fue extendiendo. El saqueo se profundizó, junto a expropia­ciones y abusos de todo tipo contra los opositores, y en ocasio­nes contra algunos seguidores que se volvieron poco confiables. Chávez, de todos modos, difícilmente se hubiera permitido incurrir en la terrible torpeza que practicaron entre fines de 2013 y comienzos de 2014, ya muerto el líder, sus herederos Nicolás Maduro y Diosdado Cabello, al enviar a sus bandas parapoliciales a tirotear las manifestaciones protagonizadas por estudiantes, todo frente a las pocas cámaras periodísticas que no habían logrado comprar ni suprimir. Esto, que además de ser un crimen horrible fue, sin duda, un error imperdonable, tal vez quepa atribuirlo al excesivo acostumbramiento a la im­punidad de políticos que se habían vuelto, o bien mostraron que siempre habían sido, unos completos ineptos.
Y si después de todo igual nos equivocamos, ¿qué?
Tengamos la seguridad de que nos va a suceder y no nos haremos tanto problema. Cualquier cuidado que podamos poner en eva­luar detenidamente el proceso político, a cada uno de sus pro­tagonistas, sus reputaciones y destrezas para luego pasar a con­siderar los resultados que han logrado, en comparación con otras alternativas disponibles en el pasado, y los resultados que cabe esperar de sus iniciativas y propuestas actuales, en contraste con las que podrían obtenerse de otras opciones ahora a la mano, será siempre insuficiente para alcanzar la seguridad de estar haciendo lo correcto. Con suerte no nos equivocaremos dema­siado, y no cometeremos dos, tres o más veces los mismos erro­res. Pero sólo porque cometeremos otros. Así que no nos haga­mos mala sangre.
Podremos sí, con el tiempo, ir haciéndonos una idea más ajustada de lo que conviene, la forma en que funciona la ma­quinaria política, el tipo de comportamiento que suele ser más productivo y también los que pueden ser más nocivos, lo que puede cambiarse y lo que de todos modos va a suceder y habrá que soportar. Y contribuiremos entonces a que nuestras demo­cracias funcionen un poco mejor cada día, volviéndolas más inclusivas y productivas.
Estos son términos que hemos usado aquí varias veces. Sig­nifica que sean estables pero flexibles, que centralicen el poder y al mismo tiempo lo distribuyan, que aseguren la unidad po­lítica al mismo tiempo que el pluralismo; en suma, que tengan las virtudes de la moderación y el equilibrio, y que incluyan así la diversidad de las sociedades contemporáneas y de sus deman­das con un sentido público. Y por sobre todo, que se orienten a producir bienes públicos de calidad.
Para eso la política necesita construir mucho poder. La de­mocracia no es un régimen que funciona bien con gobernantes débiles. La impotencia de los políticos no es sinónimo de respeto de las leyes ni de garantía para los derechos ciudadanos, sino que a la corta o a la larga significa lo contrario.
La democracia funciona bien si logra combinar en alguna me­dida eficacia y control, o como lo enunciamos un poco más arriba, centralización y pluralismo, es decir si provee una auto­ridad pública sólida, sometiéndola a una competencia y contro­les regulares. Esto es lo que logran hasta aquí mejor que ningún otro sistema los Estados constitucionales que tienen varios par­tidos pero no demasiados, distintos niveles de gobierno y tres poderes bien diferenciados pero que no se bloquean entre sí, y una ciudadanía más o menos educada y atenta que puede juzgar muy críticamente a sus gobernantes e instituciones pero también confía en ellos.
Ahora bien: ¿cómo se logran estas sanas combinaciones y equilibrios de opuestos? Los Estados tienden históricamente a centralizar la autoridad, y las democracias ofrecen oportunida­des e instrumentos para que los ciudadanos y los grupos con­trolen esa autoridad, le pongan límites. Y al mismo tiempo la orienten a atender sus intereses específicos. En ocasiones, las democracias también son la vía para una marcada concentración del poder, lo que sucede por ejemplo cuando los ciudadanos eligen gobernantes muy populares y los acompañan de mayorías legislativas inapelables. Aunque también puede suceder que el pluralismo se haga presente en la forma de una puja facciosa o una polarización política que termina sirviendo más para di­solver que para controlar la autoridad pública.
La cuestión de cómo articular Estado y democracia, en suma, no parece ser para nada sencilla, ni en términos históricos ni teóricos, ni mucho menos en términos prácticos. Los principios de unidad y los de diferenciación existen en las constituciones de todos nuestros países. Obedecemos al Estado, que es uno solo y, se supone, siempre tiene una voz única, o si tiene distintas voces tarde o temprano hace que predomine una. Pero ese Estado precisamente está compuesto por una gran variedad de institu­ciones, jerarquizadas, diferenciadas, que disponen gracias a su autonomía relativa de oportunidades para que una igual o ma­yor variedad de actores hagan lo que les parezca en sus campos de interés.
Cuando todo esto está más o menos garantizado, los sistemas políticos soportan que a veces los ciudadanos se equivoquen y elijan a alguien por completo inapropiado para gobernar. El pro­blema es que para lograr que un sistema de tales características llegue a existir, al menos en algunas ocasiones previas esos ciu­dadanos deben haber tomado buenas decisiones. Lo que sucede en muchos de nuestros países es que estamos en una suerte de círculo vicioso: tenemos malos gobernantes y debemos mere­cerlos porque tampoco es que tenemos instituciones mucho mejores que minimicen el daño que aquellos producen.
Aquí hemos intentado esbozar algunas ideas para romper estos círculos viciosos; si lo logramos o no, queda a su buen juicio. Una última invocación puede ser oportuna al respecto: y es que conviene darnos tiempo. El tiempo es fundamental para aprender, como dijimos, porque lo que hace esencialmente la política es ampliar los horizontes temporales con los que calcu­lamos nuestras acciones y nuestras oportunidades de relación con los demás. Y para elaborar juicios razonados sobre lo que nos conviene, también necesitamos tiempo.
No es cierto que el tiempo todo lo cura. Pero sí lo es que con tiempo casi todo se puede aprender. Y por lo menos su trans­curso nos deja respirar un poco, pensar en lo que hemos vivido y en las oportunidades que se nos abrirán, para no tropezar con las mismas piedras una y otra vez. Si estamos atentos a lo que el tiempo puede enseñar y ofrecer, tendremos la mitad de la partida hecha y nuestras chances de mejorar como ciudadanos democráticos se habrán incrementado notablemente.


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