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domingo 24 marzo, 2019

Historia y usos de una fecha

El lema "Nunca más", que encarnaba las promesas de la recuperación democrática, de “construir la unidad nacional” sin violencia, se ha transformado en el "no nos han vencido", evocación de las luchas de los 70.

Hugo Vezzetti

Desaparecidos. La brutalidad de la represión dominó las primeras conmemoraciones, con la exigencia de clausurar para siempre la violencia política. Foto: Museo Reina Sofía
domingo 24 marzo, 2019

La conmemoración pública del 24 de marzo no comenzó con la democracia. En un trabajo de investigación, ya clásico Federico Lorenz da cuenta del significado fundacional que la fecha adquiría para la dictadura. Era una ceremonia desde el Estado, a cargo de jefes militares, autoridades civiles y eclesiásticas, diplomáticos; con misa solemne de acción de gracias y editoriales de respaldo en los diarios importantes. Se invocaba a la memoria en nombre de la Nación para rechazar un pasado que no debía repetirse. El ritual buscaba reforzar valores, objetivos y liderazgos del régimen y se basaba en lo que exhibía como sus victorias mayores, la derrota de la “subversión” y el “orden” político y económico que dejaba atrás el desgobierno y la corrupción.

Victoria. Se pueden pensar las celebraciones como un teatro (retomo una idea de Lorenz), un espacio con actores, tramas, gestos y narraciones. Y en esos comienzos, en los años en que la dictadura se exhibía triunfante, la autoexaltación se acompañaba de una visión recargada de los males del pasado derrotados por la acción militar.

En lo esencial se conmemoraba una victoria de la Nación frente a sus enemigos, lo que permitía (al menos idealmente) situar el 24 de marzo en una serie que incluía otras celebraciones patrióticas. Esa significación afirmativa y compacta de la fecha no alcanzó sin embargo, a institucionalizarse, no llegó a incorporarse a los rituales escolares. En unos años entró en crisis y perdió vigencia, incluso en los medios que habían apoyado al régimen.

En los últimos años de la dictadura la fecha ya no evocaba ninguna victoria. Desde la sociedad, por la acción de los organismos de familiares y de algunos políticos e intelectuales, nacía una nueva narración sintetizada en los crímenes de Estado y la figura trágica del desaparecido. Los jefes militares se mostraban ahora a la defensiva en su intento de justificar sus acciones: la “victoria contra la subversión” pasó a ser “la guerra sucia”. En ese proceso cambiaban radicalmente las representaciones del pasado de un modo que invertía el sentido de la fecha. Ya no se evocaba la guerra triunfante (sobre todo después que se perdió la otra, en las Malvinas) sino la memoria y la honra de las víctimas, las demandas de verdad y justicia, el discurso de los derechos humanos.

Democracia. El 10 de diciembre de 1983 comenzaba el nuevo ciclo y el teatro del 24 de marzo se reconvertía, cambiaba la trama y los actores, los objetivos y los valores. El pasado siniestro reforzaba las promesas de un futuro diferente, de justicia y equidad. Lo más importante, parecía instituirse socialmente como una celebración en la que todos (casi) podían sentirse convocados, hermanados en una demanda sustantiva, más allá de la dictadura, que apuntaba al horizonte de la democracia como un sistema de libertades y garantías que fundaba un nuevo orden político.

Muchos pensamos que esa nueva fecha, el 10 de diciembre (en la que, hay que recordarlo, no solo celebraron los que habían votado a Alfonsín) completaba la resignificación positiva del 24 de marzo: las dos fechas podrían enlazarse en una memoria y una expectativa común, la conquista inicial de una democracia para todos.

Pero no fue así. El aniversario ha quedado definitivamente incorporado a la crudeza y la facciosidad de las luchas políticas, de un modo que abarca un doble movimiento.

Democracia o revolución. Por un lado, la honra de las víctimas terminó  transformada en la celebración de los militantes de una gesta revolucionaria. Volvían, reconvertidas, las escenas de la guerra. El ideal de la Justicia quedaba relegado frente a la exaltación de los combates y la identificación con los combatientes. “No nos han vencido” es un consigna que ya estaba presente en 1996, a los 30 años del golpe, y que se repite varias décadas después, en la concentración del 24 de marzo de 2017. En ella se incluyó, sin ningún reparo, un homenaje a los partidos armados que, hay que recordarlo, también combatieron contra la Constitución, contra las leyes y contra las autoridades legítimas.

Por supuesto, se han seguido, desde el Estado (con  Alfonsín) y desde sectores de la sociedad y el campo intelectual (después), prácticas e intervenciones que pugnaban por mantener la fecha como sostén de una memoria histórica que anudara el repudio a la dictadura y el compromiso firme con la democracia; un dispositivo institucional y una cultura situados más allá de las ideologías y los partidos, que permite convivir y tramitar los conflictos.

Algunos intentaron, con escaso éxito, que la celebración convocara a todos, sin banderas partidarias ni consignas políticas, bajo la sola consigna del Nunca más, como en Europa el Día de la Victoria conmemora la rendición de la Alemania nazi. Pero lo que ha quedado, en las movilizaciones en la calle y en las declaraciones de las entidades, es la exhibición de un activismo que convoca mayormente a los encuadrados en las luchas del presente.

El pasado y el presente. La evocación que se desplaza de los crímenes y las víctimas a los combates y la militancia agrega otra dimensión a los usos de la fecha: las luchas del pasado continúan hoy contra los mismos enemigos. La impregnación del acontecimiento por las formas sectarias de la política no es reciente. En la celebración de 1996 se decía: “aquel plan institucionalizado por la dictadura militar es continuado por lo que hoy es una dictadura con votos”, como afirma Lorenz. Gobernaba Menem. En  2001, 25 años del golpe, el blanco era De la Rúa y Cavallo; y la consigna “El poder económico y los gobiernos de turno garantizan que el genocidio impune de ayer continúe con el genocidio de hoy”. (Clarín, 25 de marzo de 2001.) En 2017 el enemigo es  Macri; y la declaración no se priva de incluir un respaldo al golpe de palacio con el que entonces Nicolás Maduro buscaba suprimir el Parlamento venezolano. (En: https://bit.ly/2Yhim2W)

Como se ve, la reducción al izquierdismo (en el sentido de Lenin, a saber, infantil) que expulsa a quienes simplemente querrían manifestar su rechazo a toda dictadura y honrar a las víctimas, no comenzó con el presidente Néstor Kirchner, aunque sin duda se consolidó el rumbo sectario en la apertura de la ESMA, el 24 de marzo de 2004. Sí inauguraba, como se dijo muchas veces, una política de Estado, lo hacía degradando lo que debió ser una ceremonia de Estado, convertida en un acto de la militancia que expulsaba a los otros poderes, a la oposición y las dirigencias políticas y sociales.

Secta. Finalmente, en esas formas ritualizadas y encerradas en prácticas de secta se condensa una dimensión fallida, que no es solo ni mayormente de las memorias de la dictadura sino de la experiencia de la democracia. Pudo ser una conmemoración ciudadana, una renovación ritual del pacto democrático sostenida en el lenguaje de los derechos humanos como fundamento de una comunidad ética y política. Que es algo distinto de la evocación crispada de la revolución y la guerra, la memoria herida de un proyecto revolucionario fracasado que sin embargo, sigue alimentando el imaginario miliciano de la la voluntad y la excepción revolucionarias. El 24 de marzo termina recuperando, invertida en un espejo deformado, la evocación de las luchas de los 70. “No nos han vencido” podría ser también una consigna de algunos soldados de la dictadura que, como afirmaba el Almirante Emilio Massera en el Juicio a las Juntas, esperan ser reivindicados en el futuro.

La fecha hoy, en la escena pública, es sobre todo un síntoma del fracaso de las promesas abiertas aquel 10 de diciembre de 1983, aquellas que Alfonsín enunciaba con su espléndida retórica cuando nos emocionaba recitando el Preámbulo de la Constitución y llamaba a “constituir la unión nacional”. En aquella fiesta estábamos todos (casi). Pero esas memorias, las del 10 de diciembre, han quedado relegadas; y retornan desde el pasado sobre todo las figura del antagonismo o la trinchera que alimentan, impiadosas, la discordia de los argentinos.

De quién es el aniversario

Por supuesto, la fecha condensa sentidos y experiencias; y convoca a diferentes ejercicios de memoria. Una arqueología de esas memorias puede descubrir, como en la Roma evocada por Freud, capas sedimentadas de sentidos acumuladas a lo largo de más de cuarenta años. Pocos se animan a recuperar, al menos públicamente, el sentido celebratorio que buscó instituir la dictadura como el comienzo de un nuevo orden. La experiencia alfonsinista ha dejado sus huellas, sobre todo en el lazo que establece entre el recuerdo de la dictadura y los pilares que realizaron su derrocamiento institucional y simbólico, el informe Nunca más y el Juicio a las Juntas. Y ha consagrado a Alfonsín como un héroe civil, el “padre de la democracia”, reapropiado para distintos usos políticos en el presente. Distinta es la narrativa de ese derrocamiento que relega el Juicio a las Juntas y, en general, la edificación institucional de la democracia, para ensalzar el gesto de Néstor Kirchner, revestido de una épica que resulta bastante módica, en el acto que hace descolgar el retrato del General Videla del Colegio Militar. El ejercicio de una memoria más o menos fijada borra y reescribe el pasado. Es lo que puede verse, todavía hoy, en la página web del Espacio Memoria y Derechos Humanos, ex ESMA, en la que la presentación destacada del gesto del presidente Kirchner desplaza al olvido la acción del presidente Alfonsín, el Nunca más y el Juicio a las Juntas. (Ver http://espaciomemoria.ar/origenes.php)

*Psicólogo y escritor.


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