ELOBSERVADOR
Ley y orden, ¿Dónde?

La misión

En este relato, que parece ficticio (pero no lo es) por su capacidad de sumergirnos en una historia ajena como si fuera una realidad paralela, seguro más de uno se encontrará a sí mismo, entendiendo así, que la realidad es muy real, y que de paralela no tiene nada.

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| cedoc

Toda ciudad tiene un microclima natural y otro social. En la que nací, el sol bobo del invierno también es perezoso. Mucho más luego de una fuerte tormenta.

Una mayoría de personas opina que las tormentas son tan fuertes por las implicancias del cambio climático. Otras, que siguen encerradas en la naturaleza plana de la Tierra, niegan el fenómeno y siguen abandonadas a la irracionalidad. El hecho es que el viernes 31 de julio de 2026 llovió mucho en la Ciudad de Buenos Aires.

El sábado 1 de agosto, al despertar en mi departamento, tenía una misión. Pensar y terminar un texto para un Congreso de Derecho Constitucional en Brasil. Dado que será traducido al portugués, (mejor dicho, al brasileño) ahora quedaba la parte más compleja: leer las 8.000 palabras en español y “cambiar” toda aquella palabra que sospeche o intuya que la traductora y el editor brasileños creerían que sería la mejor opción. En pocas palabras: una tarea ardua, porque hay que buscar la palabra exacta en español para intentar ser generoso con aquellos que tendrán la suma generosidad de traducirlo y editarlo con mayor facilidad en portugués.

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La opacidad del día me inclinó a “Spotify”. Es decir: si el día es bonito o regular, no busco esa aplicación, porque la encuentro triste. Abrí o se abrió sola en la computadora. No hice búsqueda. Por alguna razón del destino apareció “Ennio Morricone”.

A los quince minutos, me detuve. Sonaba una pieza exquisita, mientras ya estaba en la página 3 de 24 de la revisión. Era tan hermoso el tema, que no podía dejar de escucharlo. Conmovedor. “El oboe de Gabriel”. El tema de la película “La misión”, con Jeremy Irons y Robert De Niro, 1986.

La película la vi en su estreno hace 40 años. Nunca repetí, porque algo adentro mío siempre decía que es demasiado penosa, tal vez más que el propio sometimiento y colonialismo que es el asunto de fondo del film.

La música era tan bonita, que la compartí con ella. Se la envié por WhatsApp. Primero, la escena propia de la película, seguida de la versión original.

Ella contestó de inmediato: dijo que la música era “hermosa”.

Con esas palabras cancelé el proyecto de revisión del texto que irá al portugués.

Así, decidí anticipar mi caminata diaria de 5 kilómetros por el Parque Thays, pero cambiar la ruta: iría al videoclub, en Rodríguez Peña y Corrientes, a comprar “La misión”. Desde luego, sorprenderla más tarde con la película, que, con certeza, ella también ha visto, pese a que ignoro si desearía hacerlo otra vez.

Como tantas veces calcé las Brooks, el jogging, camiseta térmica, el buzo liviano y un viejo, muy viejo, chaleco sin mangas.

En el 99.9% de los casos salgo a caminar sin celular, un hábito que se repitió. También dejo la billetera en mi casa. Solo dinero en efectivo. Al regreso pensaba hacer unas compras. O sea: 30.000 pesos.

Entré en calor en la Plaza Vicente López. Di 5 vueltas enteras y elongué, antes de enfilar por Rodríguez Peña hacia el negocio. Al llegar a la intersección de la avenida Santa Fe y Rodríguez Peña descubrí una gigantografía colocada por el Poder Ejecutivo del Gobierno de la Ciudad: “Ley y orden”. Ese cartel, colocado sobre la medianera de un teatro, en el que ahora hay un gimnasio, tiene alrededor de 100 metros cuadrados.

El video estaba cerrado. No sabía si regresar o buscar otro, o pasar por mi estudio jurídico, que se encuentra en Tribunales, a 400 metros del video, para buscar una bibliografía brasileña. Decidí volver sobre mis pasos.

Tomé por la avenida Callao. Sentí demasiado ruido. Caminé hacia Rodríguez Peña. Al llegar a la Plaza Rodríguez Peña dispuse darle una vuelta entera para aumentar la cantidad de metros recorridos. Retomé por Rodríguez Peña.

Crucé Marcelo T. de Alvear para proseguir por la vereda norte de Rodríguez Peña hacia la avenida Santa Fe. Al poner mi pie derecho sobre el cordón de Rodríguez Peña, es decir, había cruzado Marcelo T. de Alvear, vi que una persona, de menor altura, con campera negra, se dirigía directamente y muy presurosa hacia mí. ¿La distancia? Tal vez diez metros, tal vez menos. Todo lo que siguió ocurrió, sin embargo, en un tiempo que no se mide en metros ni en segundos. Es una especie de lentitud repentina, como si la calle entera hubiera bajado el volumen para que yo pudiera escuchar solamente sus pasos y no mirar su rostro.

No lo vi, pero sentí el filo de su cuchillo, sin verlo. Presentí el brillo del arma. Es curioso: la memoria no guarda una imagen nítida del arma, sino una certeza física, casi táctil, de que estaba ahí. ¿El cuerpo entiende antes que los ojos?

Pensé en ir sobre la calle: no podía. Los árboles y los autos eran un impedimento crucial. Un camión lleno de sifones, con su chofer, era toda la audiencia. El conductor me vio y advirtió mi preocupación, quizá una suerte de solidaridad. En ese instante recordé, de manera fugaz y casi absurda, la revisión pendiente, la caminata interrumpida, la película que no había podido comprar. Pensamientos pequeños, domésticos, que se cruzaban con la escena como si el cerebro se resistiera a aceptar del todo lo que estaba sucediendo y a punto de suceder.

El hombre sacó su cuchillo. “Dame todo lo que tenés”. Le di todo el dinero, sin dudar, sin calcular, con esa obediencia rápida que aparece cuando el cuerpo decide por uno mismo.

“El celular”, exigió. “No tengo”, le dije y agregué: “Te muestro la campera sin mangas”. Y se la mostré, di una vuelta con los brazos abiertos, como quien se entrega ante un cacheo, mostrando que no mentía, que no había nada más para dar.

“Dale, sacátela”. Se la di. En ese gesto —sacarme una prenda vieja, gastada, casi sin valor— hubo algo extrañamente ceremonial, como si el ritual del despojo necesitara también su cuota de tela.

El chofer, que esperaba el semáforo en verde, le gritó al hombre con campera: “Tomátelas, rajá”.

Y rajó. Se fue casi al trote. Desapareció con la misma naturalidad con la que había aparecido. Quedé parado un segundo, tal vez dos. Trataba de entender qué había pasado. El chofer del camión me hizo una seña con la mano, una especie de pregunta silenciosa: ¿está bien? Asentí. Seguí mi camino porque no sabía qué otra cosa hacer con las piernas.

La misión terminó. O tal vez no: tal vez cambió de forma.

Porque lo que iba a buscar era una película sobre la violencia colonial, sobre la imposición y el despojo, y terminé viviendo, a escala mínima y personal, una versión doméstica de esas mismas palabras: despojo, imposición, miedo repentino frente a alguien más fuerte o más decidido. El cartel de “Ley y orden” que había visto minutos antes, con sus cien metros cuadrados de promesa institucional, quedó ahí, mirando la esquina, sin nada que decir sobre lo que acababa de pasar a dos cuadras.

No hubo heridas físicas, y en eso tuve suerte. Pero hay algo que un episodio así deja, más allá del cuerpo intacto: una desconfianza nueva, momentánea, hacia la propia calle, hacia esa costumbre de caminar sin celular y sin billetera que hasta ayer parecía prudencia y hoy parece, quizás, ingenuidad.

El ambiente social sigue complejo, cada vez más. Y una ciudad, por más que tenga uno de los mejores instrumentos normativos de América Latina, su Constitución de 1996, no se mide solamente por sus leyes fundamentales, sino por lo que efectivamente ocurre en la vereda, entre un cordón y otro, mientras alguien camina con sus pensamientos en una traducción, en una película, en una canción que quiere compartir. El microclima social también ha cambiado.

*Doctor en Derecho (UBA).