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ELOBSERVADOR / un dolor que perdura
sábado 15 diciembre, 2018

Las víctimas ya hablaron; pero las heridas solo sanarán con la justicia

De vez en cuando sale a la luz un hecho de abuso que, por sus características, sus protagonistas o su contexto, conmueve a la sociedad.

Yael Bendel

Llanto y emoción. Thelma Fardin, en su denuncia arropada por un colectivo de actrices. Foto: cedoc

De vez en cuando sale a la luz un hecho de abuso que, por sus características, sus protagonistas o su contexto, conmueve a la sociedad. Quienes trabajamos defendiendo los derechos de niñas, niños y adolescentes lamentablemente sabemos que los abusos y el maltrato en la infancia son mucho más frecuentes de lo que se cree.

Las cifras relevadas por la Organización Mundial de la Salud ilustran muy claramente esta situación: una de cada cinco mujeres adultas y uno de cada 13 varones declaran haber sido abusadas y abusados en la infancia.

Quizás el dato que más conmociona es que ocho de cada diez de estos abusos sean cometidos no por extraños, sino por familiares o conocidos de las chicas y chicos.  Si  quienes tenían que cuidarlos son los que vulneran sus derechos, muchas veces la denuncia de estos hechos va a estar supeditada a que alguien más la advierta, que alguien sospeche y denuncie.

Por eso es tan importante que estemos informados y atentos a los signos. Cada uno de nosotros, sea el médico, la maestra, los vecinos, puede ser quien detenga una situación de abuso a través de la denuncia.

Sin esa denuncia estamos dejando que estos niños y niñas carguen una mochila difícil y terriblemente pesada hasta su adultez, o hasta que se sientan lo suficientemente acompañados y fortalecidos como para poder contarlo, si es que alguna vez pueden hacerlo.

Años. Es habitual que los chicos callen durante años: se sienten culpables, avergonzados, pueden estar amenazados y temer represalias, pueden desconfiar de un resultado positivo de la intervención judicial, pueden ser juzgados por su personalidad o sus motivos para alzar la voz. El cuestionable tratamiento que en muchos casos tuvieron los medios de comunicación no contribuye a despejar estos temores.

Son tantos los casos en los que los abusos son relatados en la adultez que desde 2011 se amplió a través de la promulgación de una ley el plazo de prescripción de estos delitos.

Cuando la denuncia llega luego de muchos años ya no se encontrarán lesiones físicas  y seguramente no habrá declaraciones testimoniales en Cámara Gesell, pero las huellas traumáticas perduran y aparecerán en las pericias psicológicas y, junto al testimonio de los denunciantes, podrán dar cuenta de la victimización sexual.

También serán importantes otros elementos que permitan reconstruir su historia y cómo se vio afectada a partir del evento traumático, en relación con su desarrollo afectivo, escolar y social.

El proceso que lleva a una víctima a denunciar es absolutamente personal, cada uno lo hará cuando esté preparado, cuando esté fortalecido, cuando sienta que es el momento correcto. Y nosotros, como Poder Judicial, debemos dar respuesta de manera ágil y sin revictimizaciones para penalizar los abusos.

Oportunidad. Estamos ante la oportunidad histórica de cambiar el paradigma y dejar de naturalizar las violencias contra las niñas, niños y adolescentes, involucrarnos, denunciar, ser parte y responsables de lo que les sucede a las chicas y a los chicos. Ese es nuestro deber como adultos.

Las víctimas ya hablaron, pero el dolor perdura y la curación de sus heridas solamente podrá comenzar a sanar cuando encuentre una Justicia que les permita reparar sus derechos vulnerados.

*Asesora general tutelar del Ministerio Público Tutelar de la Ciudad  Autónoma de Buenos Aires.


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