miércoles 07 de diciembre de 2022
ESPECTACULOS Eugenio Zanetti

“El cine actual es predecible y aburrido”

El galardonado director realiza su ópera prima, Amapola, y sostiene que las películas nacionales y de Hollywood no le “dicen nada”. En lo social, cree que poca gente se cría con austeridad.

16-06-2013 01:37

El día que PERFIL visita en exclusiva el set de Amapola, la cuasi ópera prima de Eugenio Zanetti, ganador del Oscar en 1966 por su dirección de arte en Restauración, el versallesco Palacio Sans Souci parece contener perfectamente cada una de las sinceridades del cordobés nacido en 1949, que trabajó tanto con Pier Paolo Pasolini como con Arnold Schwarzenegger. A los 64 años, filma su primer largometraje y ese palacio, con un Lito Cruz (“somos amigos literalmente hace cincuenta años”) intenso y una Liz Solari de ensueño, con el director de fotografía de Roland Emmerich (“que vino porque es amigo”) es la recapitulación, entre amigos y diseños, de una vida excepcional, entre argentina y hollywoodense. De hecho, los nombres barajados para Amapola van desde Geraldine Chaplin a Elena Roger, pasando por Paz Vega y Robert Duvall. Pero Zanetti insiste respecto de su film: “La necesidad básica para hacer cine, a esta altura de mi vida, es que no me hablan las películas que se hacen hoy día. Amapola no se parece a nada. Ni a Argentina ni a ningún otro lugar”.
—¿Nacionales o de Hollywood?
—Cualquiera de las dos. No sé de qué me hablan, por eso tuve que hacer esta película.
—Vayamos por partes. ¿Por qué sentís que no te habla el cine de Hollywood?
—Yo soy miembro de la Academia de Hollywood, así que a la hora de cada nuevo Oscar recibo el paquetón con las películas nominadas y, sin ser pretencioso, te diré que son muy predecibles. A los cinco minutos, sea buena o mala, sabés hacia dónde va. Se volvió muy formulista Hollywood. Un guión para ser filmado es sometido a un proceso donde se lo corta, se lo achata y se le agregan cosas hasta que se parezca a algo ya hecho y vendido previamente. Entonces, la película no sólo es predecible en términos del argumento: es predecible porque se vuelve una fórmula. Muy aburrido.
—Y en el caso del argentino, ¿qué es lo que no te habla?
—Hay una cosa que, creo, nadie se dio cuenta: Sexo, mentiras y video le ha hecho mucho mal al cine que no se hace con millones. La gente se dio cuenta de que se podían hacer películas con dos personas sentadas en un bar hablando. Y eso es interesante una vez en un millón. El cine tiene que hablarle a una parte de uno que tiene que ver con “el niño interior”.
—¿Qué pensás que dice esto sobre nosotros, como espectadores?
—Todo es posible y siempre ha sido un producto el cine americano. Clásico, de vanguardia, de animación ahora: todo producto. No puedo hacer una evaluación porque el cine es como es. Soy un agente exterior, uno de los de X-Files: no le debo nada a nadie ni aquí ni afuera; por ende, hago lo que se me canta. Mi película es una expresión personal: si vas al set, hay cinco cuadros grandes colgados y los pinté yo. Eso lo digo porque cómo pintás o cómo filmás es lo mismo. Esta película es un musical: bailan y cantan todo el tiempo.
—¿Para vos es un sueño la película?
—Sí, es un sueño porque pienso en términos musicales las películas y nunca lo pude llevar a cabo, y con Amapola sí lo puedo hacer. Es eufórica pero también es triste, ya que por un lado se muestra un intento de puesta en escena de Sueño de una noche de verano, está la realidad argentina (la obra no se puede hacer en el primer acto porque hay toque de queda por el golpe de Onganía en el ‘66). Y cuando ella despierta en el ‘82, en televisión está la declaración de Guerra de Malvinas. Esos quince años que me marcaron, que marcaron a fuego a la Argentina. Pensá que por Malvinas me fui a vivir a Estados Unidos. El nivel de absurdo era tan grande que no hace falta que lo explique.
—¿Y hoy dónde nos ves políticamente?
—Me hace acordar a las familias disfuncionales porque continuamente se pelean por cualquier boludez. En el fondo, hay una dinámica de la pelea y del conflicto que cuando crecés te das cuenta de que no tiene sentido. Acá, por alguna razón no pasó esto. Los americanos han inventado esto de la democracia americana, que no existe porque es el mismo partido con dos dinámicas. Se pelean, sí, pero en un nivel distinto; acá se pelean como en el reñidero.
—¿Se pelea en vano?
—Acá la gente se olvida de todo. Yo me acuerdo que en los años 50, cuando era chico, la gente vivía con muy poco. Tenía dos pares de zapatos, nomás. No había “cosas”. El mundo está lleno de “cosas” ahora: lo cual no es ni bueno ni malo, pero muestra que ya poca gente se cría con austeridad. La gente se pelea por esto: dónde está la plata, la corrupción, todo eso. Ya no es ideológico, porque las ideologías realmente ya no existen. El mundo de mis padres, de las ideologías de izquierda, ese mundo no existe más desde hace mucho tiempo. Se derrumbó en los 60. Ahora las discusiones son caseras, no tienen nivel ni altura: son chiquitaje.
—Esta película, hablar de tus padres, un film que va y viene por momentos cercanos a tu biografía, ¿es tu única película o tu última película?
—Trabajando en Estados Unidos como director de arte, vos no podés hacer dos cosas. Tenés que agarrar y salirte, tomarte un año sabático. Yo estoy en el tercer acto de vida, reconectándome con quien yo soy. Es importante volver a esa sustancia que existe acá para mí y que no existe en ningún otro lado. Tiene que ver con el origen: el final de la vida tiene que ver con el origen. Es la resolución del conflicto, al menos se le dice así en teatro: al choque, roce. Suena pedante, pero yo soy estúpidamente feliz.

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