Su ausencia del escenario público preocupa y da lugar a mil conjeturas. Pero mucho más preocupa su presencia cuando asoma para expresar su intolerancia y evidenciar lo lejos que está de la realidad.
Milei cree que los salarios del sector privado crecen más que la inflación y que los ingresos de los trabajadores informales son aún superiores. Asegura, que el aumento de precios “empieza con un número cero” y que el consumo aumenta. Afirma que el desempleo no crece como tampoco crece el número de empresas cerradas. Como si todo eso no le bastara, afirma sin ponerse colorado que la tasa de natalidad ha bajado en Argentina como consecuencia de la aprobación de la ley que legaliza la interrupción del embarazo en determinadas circunstancias.
Mientras celebra este presente, Milei destrata a quien lo critica
Mientras tanto, valora el alineamiento argentino con Estados Unidos e Israel y así elogia los abusos de Trump y los crímenes de guerra de Netanyahu. Repentinamente quedamos envueltos en una guerra contra Irán a la que nunca nos llamaron. Critica un gesto honorable de nuestra selección de fútbol reclamando nuestra soberanía en Malvinas. Como si todo esto no le bastara, permite el patrullaje de navíos estadounidenses en el mar del sur.
Mientras celebra este presente, Milei destrata a quien lo critica. Insulta a periodistas, empresarios, economistas y dirigentes políticos que cuestionan sus medidas de gobierno.
Sus diatribas son tan enormesque me cuesta reproducirlas. Descalifica a quien solo ha pedido que el gobierno “empatice” con la gente. Maltrata a un adolescente autista y a su madre por el solo hecho de haber reclamado que no se restrinja el auxilio del Estado a quienes sobrellevan alguna discapacidad. Entiende que se endeuda quien quiere y que los desmedidos intereses que hoy se pagan por contraer esas deudas es “un problema entre privados”.
Imagino a Milei gobernando en la pandemia: hubiera dicho que cada uno compre su vacuna y en caso de que el COVID-19 nos enfermara deberíamos acordar con un médico su atención. “Un problema entre privados”.
Milei está mal. La realidad argentina es muy distinta a la que él visualiza. Hay una inflación en pesos que se sostiene a pesar del tremendo ajuste que vivimos desde diciembre de 2023. La inflación de los últimos doce meses es prácticamente igual a la inflación registrada en 2020 cuando la pandemia asoló al mundo.
La inflación de julio fue de 2,1 %, pero Milei celebra que en ese mes la inflación mayorista haya sido del 0,8 %. No explica que ese dato no recoge los aumentos observados en la luz, el gas, la salud, la educación, el transporte, la telefonía ni el alquiler de inmuebles, gastos que deben afrontar las familias argentinas.
Esa inflación que festeja se contrapone con el consumo registrado en los autoservicios mayoristas de Argentina: en el primer semestre del año la contracción fue cercana al 3%.
Hay más para analizar. Desde aquel diciembre hasta hoy, la inflación en dólares supera el 200 % producto del incremento de precios y la forzada contención de la divisa. No sé si otra economía en el mundo registra semejante dato.
Algo más de 30 mil empresas han cerrado desde que los libertarios asumieron el poder. En el mismo lapso, se perdieron 411 mil puestos de trabajo registrados (incluyendo sector privado, público y casas particulares) según datos del SIPA. Los últimos datos de desempleo (primer trimestre de 2026) indican que para entonces más de 1.100.000 personas estaban desocupadas en nuestro país. Esta cifra representa un incremento del 33 % respecto a cuando asumió Javier Milei. También aumentó la informalidad laboral a pesar de las leyes de flexibilización que se aprobaron.
Desde noviembre del 2023 los sueldos formales acumularon un deterioro real del 8,2% . Los que más sufrieronfueron los empleados estatales que perdieron más de un tercio del poder adquisitivo de sus sueldos con la gestión libertaria.
Para Milei la promoción de la industria y del empleo solo puede ser vista como una política prebendaria. Sin embargo, nada hay más prebendario que la liberación que ha hecho del sistema financiero, de las billeteras virtuales y de las Fintech a quienes les ha desregulado los intereses que cobran para el dinero que prestan. Los últimos datos ofrecidos del Banco Centraldicen que casi seis millones de familias están endeudadas y en mora, y más de la mitad de ellasregistran deudas que son irrecuperables.
Milei insulta compulsivamente a quien lo contradiga. Cantantes como Lali Espósito, Tini Stoessel o Emilia Mernes. Actrices como Natalia Oreiro. Periodistas como Luciana Geuna, Débora Plager o Marcelo Bonelli. Economistas tan disímiles como Roberto Cachanosky y Martín Guzmán. Presidentes como Pedro Sánchez, Gustavo Petro, Claudia Sheinbaum o el mismísimo Lula. Todas víctimas de sus brotes violentos.
Mientras degrada a sus críticos, adula a Trump en su decadencia y avala el genocidio de Netanyahu sobre el pueblo palestino. Recibe “galardones” inentendibles de dudosas organizaciones. Se jacta ante el Congreso Nacional de haber “metido presa” a una ex presidenta. Todos despropósitos impropios de un presidente.
Aún no explica ni escapa del Caso Libra, de la corrupción de la Andis, del enriquecimiento patrimonial y blanqueo de fortunas de sus funcionarios. Tampoco dice a qué destina los fondos reservados que se gastan sin control en la SIDE, aunque todos suponemos su destino. El incremento de bienes de Manuel Adorni, el juicio por lavado de dinero que en Paraguay se sustenta contra el senador entrerriano Edgardo Kueider y los allanamientos realizados en Bolivia a los inmuebles de Fernando Cerimedo, son circunstancias para sospechar que aquellos recursos se usan para enriquecer funcionarios, para comprar voluntades en el parlamento o para financiar campañas sucias en redes sociales y medios de comunicación.
Su diatriba permanente a quienes lo criticamos ha alcanzado límites insoportables en términos de convivencia democrática. Tácito enseñaba que “quien se enfada con las críticas, reconoce que las tenía merecidas”. Creo que esa máxima supone una ética mínima de la que el presidente carece.
Hacernos los distraídos frente al problema no es un buen camino. No se trata ya de cuestionar a un presidente por el desacuerdo con sus políticas. Se trata de observar que el Poder Ejecutivo de la Nación hoy está en manos de una persona cuyo juicio le impide ver no solo la realidad que lo circunda sino también lo vergonzoso de sus acciones y palabras.Todo ello pone en crisis la institucionalidad de la república y es un deber colectivo preservar esa institucionalidad.
Tres años atrás, Juan Luis González escribió un libro que tituló El loco. En sus páginas explicó los delirios místicos de Javier Milei y las características del mundo que ya entonces lo circundaba. Para muchos, lo que allí se decía eran solo notas de color de un personaje al que muchos argentinos quisieron ver como un outsider que podría gobernar bien el país.
El tiempo ha pasado y aquellas páginas asoman como una profecía de un presente de degradación política, social y económica que ya no podemos dejar de atender. Si seguimos callados dejaremos en evidencia que la locura nos ha contagiado.
*Expresidente de la Nación.