MÚNICH – En la Conferencia de Seguridad de Múnich del año pasado, JD Vance ofreció una actuación digna de su jefe tanto por su teatralidad como por su impacto viral. No solo rompió la norma de la cortesía transatlántica y dejó de lado las fórmulas habituales que anteriores vicepresidentes estadounidenses llevaban a la MSC; también desairó a sus anfitriones alemanes al reunirse con Alice Weidel, de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), en lugar de hacerlo con el entonces canciller Olaf Scholz.
En contraste, este año el tono estadounidense fue mucho más conciliador. Pero aunque la puesta en escena ha cambiado, el mensaje central no lo ha hecho. Las dos principales intervenciones de la delegación de Estados Unidos -la del secretario de Estado Marco Rubio y la del subsecretario de “Guerra” (Defensa) Elbridge A. Colby- mostraron las dos caras de la moneda trumpista. Y cada una, a su manera, subrayó el desafío de largo plazo que enfrentan los europeos.
En la superficie, las declaraciones de Colby parecían plantear el reto más directo. Realista de línea dura, es el tercer funcionario de Defensa de mayor rango en Estados Unidos y tiene entre sus responsabilidades decidir dónde y cómo se despliegan las tropas estadounidenses. En una sesión de preguntas y respuestas que moderé, sostuvo que europeos y estadounidenses ya no comparten valores sobre los cuales apoyarse. Para él, el punto más destacado de la conferencia fue que escuchó mencionar solo dos veces el término “orden basado en reglas”.
Colby dejó claro que, aunque Estados Unidos sigue comprometido con su disuasión nuclear extendida, el objetivo de la administración Trump es que los europeos asuman la responsabilidad de la defensa convencional del continente. Luego elogió a los gobiernos de Alemania y Polonia por aumentar masivamente su gasto militar y abordó la gestión de Trump de las negociaciones sobre Ucrania, las amenazas contra Groenlandia y otras fuentes de tensión transatlántica. “Cierto grado de ansiedad es saludable”, argumentó. “Si tuvieras una experiencia cercana a la muerte… cambias tu dieta, no quieres que te tranquilicen demasiado… quieres asegurarte de tomar tu medicina y hacer ejercicio”.
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Mientras Colby habló con convicción sobre la necesidad de incomodar a los europeos, Rubio buscó seducir a su audiencia con elogios a los inquebrantables vínculos civilizatorios entre Europa y Estados Unidos. En una extraña inversión de la referencia del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, a Trump como “papá”, Rubio reconoció que Estados Unidos “siempre será un hijo de Europa”.
Luego se explayó sobre las contribuciones europeas a una herencia occidental compartida, con referencias al descubrimiento del Nuevo Mundo por Cristóbal Colón, al espíritu fronterizo exhibido por los colonos escoceses-irlandeses en América, a la fe cristiana e incluso a la cerveza alemana. (No sorprende que, como miembro de la administración Trump, su relato omitiera deliberadamente las atrocidades cometidas contra los pueblos originarios o cualquier otro elemento poco edificante del imperialismo europeo).
Tras este breve recorrido histórico, Rubio prometió a la audiencia que Estados Unidos nunca abandonaría a Europa. La relación transatlántica, explicó, refleja “los lazos más profundos que pueden compartir las naciones”. Ese mensaje fue recibido con una ovación de pie. Inmediatamente después, el presidente de la conferencia, Wolfgang Ischinger, agradeció al principal diplomático estadounidense por su mensaje “tranquilizador”. Poco después, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, también aludió positivamente a su discurso en sus propias palabras.
En realidad, el mensaje de Rubio era más amenazante para los gobiernos europeos que el de Colby. La Europa que celebró no es la Unión Europea actual -la Europa posilustrada que el primer ministro británico Keir Starmer, el presidente francés Emmanuel Macron, el canciller Friedrich Merz y la propia von der Leyen invocaron-. Más bien tenía en mente la Europa etnonacionalista de la que hablan los partidos populistas de extrema derecha en ascenso. Según la Estrategia de Seguridad Nacional de la administración Trump, esas son las fuerzas que pueden contar con el respaldo de Estados Unidos.
Mientras Colby instó a los europeos a aceptar el fin del orden posterior a la Guerra Fría y a asumir que 340 millones de estadounidenses no financiarán indefinidamente la seguridad de 500 millones de europeos, también dejó claro que una Europa madura y autosuficiente podría seguir siendo un aliado cercano de Estados Unidos. El subtexto del mensaje de Rubio era mucho más inquietante. Parece imaginar un nuevo atlantismo civilizatorio en el que el respeto estadounidense por la soberanía europea dependa de la proximidad ideológica de los gobiernos europeos con MAGA y la extrema derecha. Al igual que Vance, está defendiendo implícitamente un cambio de régimen.
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Aunque la elección de los mensajeros pudo haber sorprendido a los observadores veteranos de MAGA, tanto Colby como Rubio son fieles servidores de Trump. Su aporte es dotar de un barniz de peso intelectual y coherencia al enfoque más instintivo del presidente. Dicho esto, ambos seguirán influyendo en la política exterior republicana mucho después de que Trump deje el escenario -especialmente Rubio, que evidentemente tiene ambiciones presidenciales-. Los europeos deberían escuchar atentamente a ambos. En lugar de dejarse seducir por el canto de sirena de Rubio, deberían permitir que la terapia de choque de Colby surta efecto.
Mark Leonard, director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, es autor, más recientemente, de Surviving Chaos: Geopolitics When the Rules Fail (Polity Press, abril de 2026).