La aprobación de la segunda revisión del acuerdo con el FMI en las últimas semanas fue una señal positiva para el programa económico argentino, pero la lectura de los técnicos del organismo no es complaciente. El Fondo elogió el ancla fiscal —el principal activo del programa, en sus propias palabras— pero otorgó un waiver por el desvío de reservas netas de diciembre de 2025, que quedaron unos 10.000 millones de dólares por debajo del objetivo. Y el mensaje del staff es claro. El foco de riesgo ya no está en el frente fiscal, sino en el externo. Reservas bajas, acceso incompleto al mercado internacional de deuda y una pared de vencimientos que se acumula para 2027 configuran la principal vulnerabilidad del programa hacia adelante.
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Los números de la deuda son los que marcan el horizonte con mayor precisión. En 2027 vencen 23.100 millones de dólares de capital, que sumados a los intereses ascienden a 32.200 millones. Ese año coincide, además, con las elecciones presidenciales, lo que convierte al ciclo en una prueba de fuego de doble exigencia: el país debe enfrentar la mayor pared de vencimientos de los últimos años en el momento de mayor incertidumbre política. Las reservas netas, aunque mejoraron notablemente en 2026, siguen siendo negativas en 9.407 millones de dólares bajo la metodología del FMI. El mercado ya incorpora ese riesgo en los precios. Los bonos con vencimiento anterior a 2027 rinden entre 5% y 6% anual, mientras que los de 2028–2029 pagan entre 8% y 9%, reflejando una prima de riesgo electoral que resulta difícil de ignorar.
La estrategia para financiar la deuda que vence en 2027
La estrategia para prefinanciar esa pared de vencimientos es múltiple y está en ejecución. Desde el inicio de 2026 se avanzó en varias líneas simultáneas: colocaciones de bonos en dólares —los BONAR 27/28— por un acumulado de 3.329 millones de dólares hasta la fecha, sobre una meta de al menos 4.000 millones para el año; repos del BCRA por hasta 6.000 millones —3.000 millones ya ejecutados en enero—; préstamos sindicados con garantías de organismos multilaterales por unos 4.000 millones adicionales, con respaldo del Banco Mundial, el BID y la CAF; privatizaciones por 2.000 millones; y la eventual renovación del swap con China. Si todas las piezas encajan, el colchón externo que se busca construir durante 2026 podría ser suficiente para llegar a 2027 con mayor margen de maniobra. El condicional importa: el escenario supone que los mercados siguen receptivos, que el riesgo país consolida por debajo de 450 puntos y que no hay shocks externos de magnitud.
El FMI elogió la compra de reservas y dijo que la proyección para Argentina es “alentadora”
En el frente fiscal, el cuadro es sólido pero con señales de ajuste en el margen. Argentina cerró 2025 con un superávit primario de 1,4% del PIB —por encima de la meta de 1,3%, aunque por debajo del 1,6% proyectado inicialmente— y un superávit financiero de caja de 0,2%. El gasto primario cayó a 14,6% del PIB en 2025, el nivel más bajo en más de dos décadas, y el FMI proyecta una nueva reducción a 14,1% en 2026. Sin embargo, el margen para sostener esa trayectoria se achica. La caída de ingresos reales, las presiones del Congreso y el horizonte electoral de 2027 vuelven más difícil mantener el ancla fiscal con la misma intensidad que en 2024 y 2025. El superávit primario del primer cuatrimestre de 2026 mostró una caída de casi 27% real interanual, explicada por menores recursos y mayores pagos de subsidios, aun con un ajuste fuerte sobre el resto del gasto.
LOS TRES DESAFÍOS DEL PLAN ECONÓMICO
Más allá de la coyuntura inmediata, hay tres desafíos de fondo que el programa todavía no resolvió y que definen el escenario de mediano plazo con mayor precisión que cualquier indicador mensual.

El primero es la ausencia de un plan de estabilización integral capaz de llevar la inflación rápidamente a un dígito anual. La actual administración corrigió desequilibrios, ordenó precios relativos y logró bajar la inflación desde niveles extremos. Pero la inercia inflacionaria persiste. La inflación anual se mueve cerca del 30%, y la estrategia que parece haberse instalado —bajar gradualmente desde 30% a 28%, luego a 24% y después a 20%— puede ser el camino mínimo de resistencia, pero probablemente no sea suficiente. Una economía que aspira a crecer de manera sostenida, atraer inversión y reconstruir el salario real necesita algo más parecido a un programa de estabilización que combine las herramientas ortodoxas ya disponibles —ancla fiscal, disciplina monetaria, corrección de precios relativos— con instrumentos capaces de coordinar expectativas y cortar la nominalidad. La llegada de Talvi al Banco Central parece haber instalado ese gradualismo como estrategia dominante. El interrogante es si alcanza.
El segundo desafío es que la recuperación económica sigue siendo moderada y heterogénea. El rebote de los sectores vinculados a recursos naturales es real y relevante, pero no se extendió al conjunto de la actividad con la fuerza necesaria. El consumo sigue débil, el empleo privado formal recién empieza a estabilizarse después de meses de deterioro —con una pérdida acumulada de 206.000 puestos desde que asumió la nueva administración—, y amplios sectores sociales todavía sienten el impacto de la recesión y la pérdida de ingresos reales. De cara al año electoral, esa heterogeneidad tiene consecuencias políticas directas. Una recuperación que mejora los datos agregados pero que no se siente en la vida cotidiana de la mayoría no necesariamente genera el respaldo que el programa necesita para sostenerse.
El tercer desafío es la vulnerabilidad política del respaldo externo. La alianza con Trump fue decisiva para estabilizar el programa en momentos críticos. Pero ese respaldo no es estructural. Depende de la continuidad política de una administración que enfrenta sus propias presiones domésticas. Si Trump pierde las elecciones legislativas de medio término en Estados Unidos —un escenario que los números de aprobación hacen plausible—, su capacidad para actuar como prestamista político de última instancia de cara a la presidencial argentina de 2027 podría reducirse significativamente. Argentina llegaría así al ciclo electoral más exigente de la última década con menor certeza sobre el sostén externo que hasta ahora amortiguó los momentos de mayor tensión.
El escenario central para 2026 es de crecimiento moderado del PIB en torno al 3%, inflación que cierra el año cerca del 30% y acumulación de reservas que supera la meta mínima acordada. Es un escenario viable, no optimista. Lo que define si ese escenario se sostiene o se deteriora no es solo la dinámica económica. Es si el programa logra construir el colchón externo suficiente antes de que llegue el test de 2027. En ese sentido, cada dólar de reservas que el BCRA acumule durante 2026 no es solo un indicador de desempeño. Es un seguro frente a la tormenta perfecta que podría configurarse cuando coincidan la pared de vencimientos, las elecciones y la incertidumbre política.
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