30 nov 2020
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sábado 24 octubre, 2020

El “milagroso” Libro Rojo, emblema de la evolución Cultural

En enero de cumplirán 60 años de que comenzara a gestarse el libro que recopiló las citas o máximas del “Gran Timonel” de la China comunista, que millones de chinos debieron aprender, memorizar y recitar durante el período más oscuro de la historia reciente del país.

Julian Schvindlerman*

Fue traducido a decenas de idiomas, incluyendo el braile y el esperanto. Durante la Revolución Cultural hubo que leerlo y conocerlo. Foto: cedoc
sábado 24 octubre, 2020

El origen del Libro Rojo se remonta a enero de 1961, cuando el recientemente designado Ministro de Defensa y cómplice de Mao de larga data, Lin Biao, instruyó al órgano de prensa del Ejército de liberación del Pueblo (ELP) a publicar a diario una perla de sabiduría del camarada Mao. Estas citas se publicaron en color rojo para distinguirlas de otras noticias cotidianas. Los soldados tomaron el hábito de recortar esas frases y pegarlas en libretas personales, lo que llevó al Departamento Político del ELP a armar una compilación oficial de las reflexiones maoístas, en 1964. Inicialmente contenía alrededor de doscientos extractos de los ensayos del presidente chino a lo largo de veintitrés capítulos. Al cabo de unos meses, se expandió a trescientas veintiséis citas esparcidas en treinta capítulos. 

Se crearon dos versiones, una de tapa blanca, para los rangos bajos, y otra de tapa roja, para los mandos superiores. En agosto de 1965 se optó por editar una sola versión, con tapa impermeable roja para proteger su valioso contenido y en tamaño de bolsillo. Estaba diseñado para que la tropa pudiera cargarlo dentro de los bolsillos del uniforme militar. Esta versión definitiva contaba 427 citas o extractos maoístas del período 1929-1964 y se extendía a lo largo de treinta y tres capítulos. El Libro Rojo había nacido. Su título oficial era Mao zhuxi yulu (Citas del Presidente Mao).

Las antologías en China se remontan a la época de Confucio y tenían por objeto servir de guía espiritual o moral al pueblo. La antología maoísta tenía esa misma intención, aunque en términos modernos podemos considerarla una herramienta de propaganda política. 

Ejes temáticos. Originalmente el Libro Rojo fue diseñado para soldados, quienes podían estudiar a Mao con el beneficio de la guía de sus superiores. Una vez que el compendio salió de las barracas hacia el gigantesco mercado chino, resultó difícil darle sentido a muchas de sus reflexiones. Las citas y pensamientos de Mao son presentadas sin contexto y de manera fragmentada, lo que no contribuye a su entendimiento cabal. Lo que sí queda en claro es que Mao odiaba a los capitalistas, a los imperialistas, a los nacionalistas, al feudalismo, a los intelectuales, a Japón y a los Estados Unidos; y que amaba al campesinado, al proletariado lumpen, a la clase obrera, a los comunistas y a la teoría marxista. 

Los ejes temáticos son muchos: la guerra y la paz, el patriotismo y el internacionalismo, el comunismo y el socialismo, las masas, la lucha de clases, la economía y la política, las relaciones entre el ejército y el pueblo, el estudio, la unidad, la disciplina, la crítica y la autocrítica, el arte y la cultura, la educación ideológica y… las mujeres.  

Aunque Mao fue un ensayista riguroso y un poeta de cierto talento, al amontonar sus hits en una sucesión interminable de citas, el Libro Rojo transforma a sus reflexiones en algo tedioso y poco atractivo. No es que leídas en su totalidad, en sus fuentes originales o conociendo el contexto, su prosa o conclusiones sean una maravilla literaria o teórica. Pero al menos se puede entender la coyuntura en la que Mao dijo esas cosas y su expresión adquiere un mayor sentido. 

Al leerlas bien entrado el siglo XXI lucen terriblemente anacrónicas, y uno no puede menos que compadecer a los millones de chinos que se vieron forzados a aprenderlas, memorizarlas y recitarlas con pasión; real o fingida. 

Sus páginas ofrecen muchas de las reflexiones más famosas de Mao, citas clásicas y frases de alto impacto. También contienen elucubraciones confusas, una prosa marxista extenuante y pronunciamientos rimbombantes. Pese a algunas perlas de creatividad y bolsones de sagacidad aquí y allá, cuesta comprender que millones de seres humanos dentro y fuera de China hayan caído presa de la fascinación por este compendio ideológicamente pretencioso y literariamente aburrido.

Milagros. Como informó el periodista inglés Daniel Kalder, surgió la noción de que citar a Mao en el lugar y momento correctos podía dar lugar a un milagro. Increíblemente, la prensa reportó varios de tales casos. La agencia oficial de noticias informó en agosto de 1966 que el éxito de los jugadores chinos de ping-pong en los torneos internacionales se debía “al gran pensamiento de Mao Tse-tung”. 

Dos años después, en agosto de 1968, Beijing Review contó la historia de Chiang Chu-chu, una mujer enferma de cáncer cuyos médicos corrompidos por la ciencia occidental burguesa no le vaticinaron cura posible. Sólo cuando ella se puso en las manos de doctores maoístas recobró esperanzas. Éstos leyeron enseñanzas militares de Mao tales como: “Rodea a las fuerzas enemigas completamente, lucha por extirparlas por entero”. Los médicos removieron el tumor y la paciente fue curada. 

En febrero de 1969, la Radio de Beijing informó que cuando unos pescadores quedaron expuestos en medio de una fuerte tormenta, su jefe Chen Chao halló inspiración en esta cita de Mao: “La organización del partido debe estar compuesta por los elementos avanzados del proletariado; debe ser una organización de vanguardia vigorosa capaz de liderar al proletariado y a las masas revolucionarias en la lucha contra el enemigo de clase”. Al aplicar este concepto a su propia situación de amenaza externa, los pescadores lograron salir indemnes de la amenazante tormenta.

En una aldea afectada por la sequía, los peones hallaron agua tras pronunciar frases maoístas. Otro caso involucró a campesinos que, inspirados en las reflexiones de Mao, idearon unos cohetes para dispersar nubarrones que traían granizos, lo que les permitió salvar sus cosechas. “Mao era Dios, y su libro rojo, la Biblia”, graficó Macarena Vidal Liy en el diario español El País. 

Extranjeros. Además de curandero de chinos, Mao fue un hechicero de extranjeros. El Libro Rojo se fundió, a decir de Bill Mulen, docente de la Universidad de Purdue, en “una bandera textual para el nuevo mundo en construcción; una República Popular que se extendía desde la Plaza Tiananmen a la Bahía de San Francisco”. O como sintetizó Dominique Kirchner Reill, docente de la Universidad de Miami: “De ser un mensaje para algunos, el Pequeño Libro Rojo se convirtió en un símbolo para muchos”. 

El gobierno chino estableció una estructura de prensa con el fin de promover al maoísmo internacionalmente, honrando así una máxima del líder chino: “Usar el pasado para servir el presente, hacer que los extranjeros sirvan a China”. Así, Beijing fundó, entre otros, una Imprenta de Lenguas Extranjeras, una Librería Internacional, una Oficina para la Traducción de las Obras del Presidente Mao, y hasta creó un diario en esperanto -El Popola Cinio- para llegar a los pueblos en cuyos idiomas no ofrecía traducción puntual. Se abocó a la traducción de Citas del Presidente Mao en docenas de lenguas foráneas en más de cien países. 

A inicios de la década de 1960, las obras de Mao equivalían al 70% de todos los libros exportados por China. Para 1963, Beijing tenía lazos comerciales con 545 librerías en 87 países. Solamente entre octubre de 1966 y mayo de 1967, distribuyó más de ochocientos mil ejemplares del Libro Rojo en catorce idiomas a 117 naciones. 

China se ocupó de las traducciones a ciertas lenguas e instruyó a sus embajadas a que contactaran a agentes locales para traducciones específicas. Entre los idiomas que fue publicado Mao zhuxi yulu, se cuentan: inglés, francés, japonés, español, ruso, vietnamita, alemán, italiano, portugués, mongol, árabe, hindi, albanés, indonesio, urdu, nepalí, hausa, noruego, pashto, tailandés, birmano, swahili, persa, esperanto, coreano, lao, tamil, bengalí, rumano, húngaro, polaco, griego, cingalés y serbio. También se imprimió en letras Braille durante la década de 1960. 

A partir de 1966, Beijing pagó avisos publicitarios en más de cuarenta diarios en diecinueve países para promover el Libro Rojo. 

También contaba con la potencia de Radio Beijing, la que en 1965 llegaba a 135 países. Casi la programación entera estaba dedicada a las obras de Mao. Nuevos programas fueron lanzados, tales como “Todos los pueblos del mundo aman al Presidente Mao” y “China en los ojos de amigos extranjeros”. En 1967 se creó el programa “Citas del Presidente Mao Zedong” cuyo contenido se emitía lentamente para que los oyentes pudiesen tomar nota. El Diario del Pueblo informó que la guerrilla comunista en Malasia anotó una por una las citas de Mao y las editó en un volumen local. China había logrado conectar a los diferentes continentes a través del “sonido revolucionario en el aire”, conforme indicó Lanjun Xu de la Universidad Nacional de Singapur.

Consecuencias. El Libro Rojo resonó con fuerza en movimientos anticoloniales y antiimperialistas de países del Primer, Segundo y Tercer Mundo; vale decir, en países capitalistas, socialistas y en vías de desarrollo. En naciones como Camboya y Albania, los gobiernos en el poder abrazaron las consignas de Mao y las transformaron en políticas de estado, con resultados espantosos para sus pueblos. En India, Nepal y Rodesia se gestaron insurrecciones híper-violentas de cuño maoísta. A pesar de que la China de Mao era muy distinta económica, política y culturalmente a los países occidentales -la primera era totalitaria, atrasada y agrícola; los segundos eran libres, prósperos e industrializados- el maoísmo se abrió camino aun en esas tierras.

*Profesor de Política Mundial en la carrera de Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Palermo.  Extraído de su último libro Escape hacia la utopía. Del Libro Rojo de Mao al Libro Verde de Gadafi.


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