Secuestros, torturas, asesinatos, tratos inhumanos, degradaciones, apropiación de niñas y niños. Ocultamiento de los cuerpos de las personas asesinadas. Trabajo esclavo. Robo de bienes. Personas arrojadas vivas al mar en los vuelos de la muerte. Todo esto aparece en la memoria colectiva de la última dictadura cívico militar. Y eclesiástica, agregaría Nora Cortiñas.
Pero algunas formas de violencia no son parte de esa memoria colectiva del mismo modo. Muy tempranamente, las mujeres víctimas relataron abusos sexuales, vejaciones y hasta partos en condiciones inhumanas. Tanto en sus declaraciones ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) como en el Juicio a las Juntas hubo testimonios que relataron situaciones de violencia sexual. Luego del retorno a la democracia activistas por los derechos de las mujeres denunciaban esa violencia específica.
Incluso La Noche de los Lápices, una de las películas más emblemáticas acerca del tema, reflejó las violaciones que sufrieron las jóvenes en un centro clandestino.
Delitos sexuales cometidos en dictadura
Todo eso fue dicho de diversos modos pero no pudo ser incorporado al relato del Terrorismo de Estado de la misma manera. No es que no se pudo decir, sino que no pudo ser escuchado. Se dijo, pero resultó inaudible.
Teníamos miedo, hambre, frío. Y querían sexo. Ellos hacían lo que querían con nosotras"
“La sociedad no nos podía escuchar”, decían las sobrevivientes. Una sordera que funcionaba como una forma de renegación, casi de desmentida frente a aquello que sin duda estaba allí. La Justicia tampoco. Recién en 2010 una primera sentencia calificó específicamente a los delitos sexuales y no como una forma más de tormentos. Desde entonces, hubo sentencias que visibilizaron estos delitos sin subsumirlos a otros.
Las discusiones que abrieron los feminismos en las últimas décadas trajeron nuevas preguntas y perspectivas. Fueron el marco para pensar las diversas violencias de género que sufrían las detenidas desaparecidas. También las violencias específicas y crueles que se desplegaron sobre las mujeres embarazadas en cautiverio. Se hizo visible la doble opresión sobre todas ellas: por ser militantes populares y por ser mujeres. Se pudo demostrar que no eran excepciones sino prácticas sistemáticas.
'La sociedad no nos podía escuchar', decían las sobrevivientes; la justicia tampoco"
Los avances, los debates y las movilizaciones por los derechos de las mujeres y las disidencias también generaron condiciones para que otros relatos puedan ser escuchados.

“Puto, maricón, ustedes tienen que morirse. Los vamos a matar, los vamos a tirar por ahí, quién se hace cargo de ustedes, nadie los va a encontrar’. Teníamos miedo, hambre, frío. Y querían sexo. Ellos hacían lo que querían con nosotras. Eran violaciones lo que nos daban, no sexo. Estuve 30, 40, 60 días adentro. No nos podíamos bañar, nunca. Dormíamos arriba de cartones o una frazada”, relató Paola Leonor Alagastino, una de las travestis que dio testimonio en el juicio Brigadas. El 26 de marzo de 2023 el TOF 1 de La Plata reconoció a las travestis como víctimas de la persecución y los delitos.
Pero hay algo todavía peor. Algo que a la justicia y a la sociedad les cuesta escuchar: los abusos y las violaciones contra niñas y niños en el marco del Terrorismo de Estado.
En los juicios orales se pudieron escuchar los testimonios de Marcela Patricia Quiroga, que tenía 12 años cuando sufrió abusos sexuales en El Vesubio, o de María Ofelia Santucho, que fue víctima de delitos sexuales en Puente 12 cuando tenía 15 años. También pudo declarar Carlos Ramírez, uno de los hermanos que estuvo en el Hogar Casa de Belén, entre marzo de 1977 y diciembre de 1983. Fue tal el dolor que vivió ahí que lo tenía contabilizado.
“El ataque del 14 de marzo todavía lo puedo comentar tranquilamente”, dijo Carlos al referirse al operativo represivo en el que asesinaron a su mamá y a otras personas delante suyo y de sus dos hermanitos. “Pero los abusos y todo eso es como tragarse una piedra”, describió sobre los días que pasó en ese hogar, que dependía de la Iglesia Católica, donde junto a sus dos hermanos sufrió el robo de su identidad y todo tipo de violencias, incluyendo explotación sexual.
Tragarnos esa piedra implica reconocer lo sucedido. Implica decirles a las personas que fueron víctimas que las hemos escuchado. Solo después de eso existe la posibilidad de reparación.