OPINIóN
pasión y pathos

La demencia como variable del análisis político

En la cosa pública argentina irrumpió una categoría: la salud mental de los funcionarios también debe considerarse al evaluar la institucionalidad.

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Simpatía por el demonio. | Pablo Temes

Mi suegra está loca. Imaginemos que un porteño (de cualquier género) hace ese comentario a otro, café de por medio. La respuesta será casi seguramente una expresión de desconcierto. Y con razón porque, ¿qué tiene de sorprendente? Si por definición toda suegra de un porteño está loca. Entonces, el primer interlocutor debe aclarar las cosas:

—No, no, me entendiste mal. Mi suegra está clínicamente loca demente, ¿ok? Tiene un trastorno psiquiátrico, fuerte

—Ahhhhh.

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En el mundo público, esa ambigüedad coloquial, ese zigzagueo cruzando la línea entre la sanidad y la locura, se produce constantemente. Generando malentendidos en nosotros mismos y en nuestros interlocutores. Ese tipo está loco. Mejor mirar a los ojos de quien nos lo dice para saber qué quiere decir, si el tipo, tratándose de un policy-maker, está simplemente del tomate o es técnicamente un insano.

Y es natural que nos preocupemos porque, a diferencia de lo que ocurre con las suegras, la locura en y desde el poder nunca puede ser un asunto meramente privado. Es un hecho poderosamente político. Y no puede sino ser considerado una variable del análisis político. Lo sabía muy bien Shakespeare, que pone en boca de Hamlet “Madness in great ones must not unwatched go” (la locura de los grandes no debe pasar sin vigilancia; Hamlet, Príncipe de Dinamarca, acto III). Así como hay variables económicas, sociales, internacionales, meteorológicas, mediáticas, crematísticas, que no pueden eludirse, la cordura o locura de los grandes pasan a ser categorías de una variable fundamental, el estado mental de quienes tienen poder, cuando se prenden sus luces amarillas en un gobierno. Por sus eventuales consecuencias de corto y largo plazo. Para delimitar: el mal humor de Charles de Gaulle, por ejemplo, era relevante, pero sólo en el corto plazo. Sólo en el día a día suyo y de sus colaboradores. Pero sus decisiones pesadas, estratégicas, eran intensa y calmamente meditadas (con frecuencia jugando solitarios). Por tanto, en lo esencial, ese mal humor no fue una variable relevante a la hora de analizar la trayectoria política del presidente francés. La locura de un elevado mandatario en cambio sí es una variable de primer orden. Si se trata de un caso en un sistema presidencialista, con mandatos a término fijo, claro, es mucho más importante aún.

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¿Y si se trata de un emperador? Romano, por ejemplo. El Imperium formalmente no era considerado, a comienzos de esa magistratura, una autocracia. Pero todos conocemos los ejemplos de Calígula y Nerón. Un paseíto por IA me recordó a otro chiflado: Cómodo. Soportar la demencia imperial en los tres casos tuvo su precio: mayor arbitrariedad del poder, y pretorianismo (el Senado fue eclipsado en beneficio de los jefes militares de las provincias imperiales). El caso de Cómodo fue quizás el más funesto; muerto 124 años después de Nerón, con él se cierra la brillante dinastía de los Antoninos, considerada la Época de Oro del imperio. En otras palabras: la variable estado mental en el palacio cuenta, y mucho.

Al autor de Hamlet el tema le inquietaba; también allí pone en boca esta vez de Polonio, consejero del príncipe, una observación célebre: Though this be madness, yet there is method in’t (aunque pueda ser locura, hay en ella método). Creo que la frase requiere cierta exégesis, debido a su inteligente ambigüedad. En efecto, podemos pensar, si así lo deseamos, que la coherencia que se manifiesta en las acciones de determinado poderoso nos indica que no está loco aunque lo parezca, o que está muy cuerdo aunque pretenda disimularlo. No comparto esta interpretación, que banaliza el núcleo de lo que discutimos (aunque es la correcta en el contexto de la pieza teatral). La traducción castellana más corriente hay método en su locura, en cambio, parece más verosímil: estamos frente a un insano cuya forma de comportarse y aún de razonar es consistente y hasta predecible. Una paranoia galopante, por ejemplo; o una sicosis obsesiva-compulsiva. La locura política no siempre está despojada de previsibilidad. Y cuando el ejercicio de la locura pasa a ser previsible, una profunda crisis política se avecina.

Por fin un loco es perfectamente capaz de fingir demencia. De considerarse a sí mismo cuerdo y hacerse el loco. Una variante de esto es jugar con destreza al juego del loco, consistente en demostrar que se está inexorablemente dispuesto a confrontar fueran cuales fueren las consecuencias. Aunque no sea cierto. Para que este juego sea efectivo, el protagonista (cuerdo o demente) debe ser creído por el contrincante. En un terreno sumamente resbaladizo. En suma, jugar al loco sin serlo es una locura.

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Sin embargo, es bastante razonable pensar que el mejor y más letal jugador del juego del loco sea un loco, y no quien simula serlo. El loco que juega ese juego va de victoria en victoria hasta su catástrofe final. En cambio, el cuerdo que “se hace el loco” (como supuestamente era el caso de Nixon, aunque yo tengo muchas dudas al respecto), presenta una amenaza menor para sí mismo y para los demás, pero corre otro enorme peligro: quedar atrapado por el juego; si defecciona lo pagará carísimo.

¿Por qué es útil conocer apropiadamente el estado mental considerada como variable de análisis de un jefe de gobierno? Ni soñando expresaría aquí una ley psíquica. Pero, contrariamente a lo que cree el sentido común, en mi opinión la conducta más imprevisible no es la de un loco, sino la de un cuerdo. Una vez identificado, el político loco puede sorprendernos menos, porque su conducta tiende a repetirse. En otras palabras, se vuelve más predecible su comportamiento futuro. Que es lo que importa. Es este, creo, el alcance en sentido práctico que puede tener un diagnóstico.

Obviamente, los argentinos nunca hemos tenido un presidente majareta. Incompetentes sí, los hemos tenido hasta extremos increíbles, pero no locos. No obstante, el zigzagueo al que me refiero renglones arriba (y que es un fuerte indicio de escritura dubitativa, elíptica, críptica, como quieran, por parte de periodistas, analistas, políticos, etc.) hace cada vez más barullo, no sé por qué. Si todo está tan normal. Pero lo sepamos o no, ¿no deberíamos prepararnos preventivamente para descubrir la posibilidad de una experiencia, más adelante, claro, de gobierno de la locura? Al fin y al cabo, después de tantos presidentes cuerdos con los que fuimos de la mano en un camino de decadencia, ¿no podrá suscitarse en muchos argentinos el clamor por un loco que nos saque del quicio de la maldita puerta giratoria? Sería la última Thule de nuestras ilusiones.

*Politólogo, Club Político Argentino.