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POLICIA / a una semana del crimen
domingo 16 junio, 2019

Pedófilo o víctima: por qué mataron al diácono de Temperley

La versión de uno de los acusados plantea una historia de abusos y un ataque en defensa propia, pero en el relato hay incongruencias. Cuál era el vínculo con el religioso. Por qué no descartan nada.

Leonardo Nieva / Nadia Galán

Escena. Guillermo Luquin era diácono en la parroquia Nuestra Señora del Carmen de Lomas de Zamora. Lo degollaron en su casa. Foto: Gza. Clarín

El informe preliminar de autopsia reveló que el cuerpo del diácono Guillermo Luquin (52) presentaba múltiples heridas, un indicio más que suficiente como para empezar a descartar algunas pistas y potenciar otras.

“El caso está esclarecido”, coinciden con certeza fuentes policiales y judiciales, aunque ninguna niega un detalle no menor: que todavía no está claro el móvil del crimen, pese a que uno de los dos criminales confesó su autoría. Es que la autoincriminación de Roberto Céspedes (19) no alcanza por una sencilla razón: su relato debe ser concordante con las evidencias obtenidas en la escena del crimen. Y no lo es. Más bien parecería un discurso armado que tiene como objetivo atenuar una futura condena.

Céspedes, uno de los dos sospechosos por el crimen que fue descubierto el domingo pasado en Temperley, fue el que puso sobre la mesa la pista sexual, incluso antes de ser detenido cuando decidió filmarse y difundir el video con su versión de los hechos.

La estrategia no es mala, porque cuando se trata de miembros de la Iglesia Católica el móvil sexual no sorprende ni horroriza, como en otras épocas. Es más, hasta puede sonar lógico pese a que en este caso la víctima nunca fue denunciada ni tiene procesos judiciales en curso. ¿Por qué? Básicamente, por lo manchadas que están las sotanas con la interminable cantidad de denuncias contra religiosos por abusos sexuales reportadas en los últimos años y ocultadas durante décadas. Como si ser cura, diácono o pastor fuera suficiente para ser considerado un potencial abusador o pederasta.

Vale recordar un ejemplo: en agosto de 1996, el brutal asesinato del cura Mario Borgione en Pablo Podestá despertó una enorme conmoción en todo el país. Lo habían matado de un tiro por la espalda en el interior de un Fiat 132 y apenas comenzó la investigación la principal pista apuntó a cuestiones sexuales. Se lo catalogó de homosexual, se aseguró que había sido ejecutado en medio de un encuentro con dos hombres y hasta un cura amigo pasó más de un mes detenido siguiendo esa línea de trabajo.

La familia negó absolutamente todo desde el primer día y la Justicia terminó por darles la razón. En 1998 Daniel Manna y Fernando Roldán, dos delincuentes con graves antecedentes delictivos, fueron detenidos, juzgados y condenados por “homicidio en ocasión de robo”. Para los jueces que firmaron la sentencia, nada tuvieron que ver “la posible homosexualidad de la víctima, ni una presunta operación de los servicios de inteligencia, ni que fuera obra del narcotráfico dada la dedicación de Borgione a la recuperación de adictos”.

En ambos asesinatos la estrategia fue similar. Es decir, sembrar dudas en cuestiones íntimas de la víctima para justificar lo injustificable: un crimen a sangre fría.

Retrato del horror. Las heridas que presentaba el cuerpo de Luquin indican que hubo saña, odio. ¿Pero por qué? No parece un simple robo, aunque de la casa faltaba un teléfono celular y una billetera. ¿Estaban buscando algo de mayor valor y en ese marco lo torturaron y degollaron? Es una posibilidad.

La clave por estas horas pasa por establecer el vínculo entre los dos sospechosos y la víctima. Se supone que el diácono los dejó pasar a su casa porque los conocía.

Céspedes, el único de los acusados que hasta el momento declaró, se ubicó en el lugar de víctima, aunque su versión no es convincente. Por ejemplo, recordó que el religioso lo invitó a pasar a su habitación y que forcejeó con él cuando supuestamente comenzó a abusarlo. Según su versión, Luquin lo amenazó con un cuchillo, pero él se lo sacó y después terminó degollándolo.

También señaló que el ataque ocurrió a un costado de la cama, cuando por las manchas de sangre todo indica que el diácono fue asesinado arriba del colchón.

Si se defendió como relata, ¿por qué abandonó la escena del crimen? ¿Porque se asustó, como declaró?

Para los investigadores, el relato tiene contradicciones e inconsistencias que permitirían suponer que está mintiendo.

Por lo pronto, el vínculo entre los acusados y la víctima es medular, y para ello los investigadores buscan datos entre allegados al diácono, mientran analizan los aparatos telefónicos de los acusados.

Céspedes aseguró que conocía a Luquin pero al mismo tiempo dijo que lo acosaba desde que tenía 15 años, aunque llamativamente nunca se animó a denunciarlo.

El diácono no tiene cuentas pendientes en la Justicia. En la Red de Sobrevivientes de Víctimas de Abuso Eclesiástico reconocieron que no recibieron ningún reclamo. “Ni antes ni después del asesinato”, precisaron, ante una consulta de PERFIL.

Crimen y misterio. Luquin era empleado del Banco Provincia y diácono de la parroquia Nuestra Señora del Carmen, de la Diócesis de Lomas de Zamora.

Como el domingo 9 de junio no fue a la iglesia, su sobrino se apersonó en su casa de la calle Bombero Ariño 829, de  la localidad de Temperley, y descubrió que lo habían matado.

El cadáver estaba desnudo y envuelto en sábanas, y la autopsia determinó que fue degollado y que presentaba otros cortes en el cuerpo, signos de defensa, y un fuerte golpe en la cabeza.

Una huella dactilar hallada en una copa de cristal identificó a Céspedes como sospechoso y cuando los investigadores lo estaban buscando se entregó en la comisaría de Villa Galicia junto a su novio, Leonel Martínez (20).

“Perdonaría al que lo mató”

Los familiares del diácono asesinado en su casa de Temperley lo describieron como una “persona buena”, capaz de perdonar a “la persona que lo hizo sufrir tanto en sus últimos minutos de vida”.

Las fotos de Guillermo Luquin acompañadas de sentidos textos abundan en las redes sociales. Belén, su sobrina, escribió: “Persona más buena que él no existe, perdonaría hasta a esa persona que lo hizo sufrir tanto y con tanto ensañamiento en sus últimos minutos de vida”.

Los vecinos y concurrentes de la parroquia Nuestra Señora del Carmen pidieron justicia por el diácono tras su asesinato, el domingo pasado. “Uno nunca se imagina que el canto de cientos de personas pidiendo justicia va a ser por un familiar suyo. A todas esas personas les digo gracias. Dentro de todos los tipos de lágrimas que largué por la pérdida de mi tío Guillermo Luquin, estas fueron lágrimas de paz y esperanza, desde el cielo él nos va a ayudar a encontrar paz a todos nosotros y va a ayudar a que se haga justicia”, destacó Belén.


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