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POLITICA /
sábado 19 junio, 2010

El drama de Mirtha Legrand en la dictadura

Tras confesar el secuestro de su sobrina, podría ser citada por la Justicia. El futuro de la causa.

Foto: Diario Perfil

Los comensales se quedaron perplejos ante la confesión. De la nada, Mirtha Legrand soltó unas palabras que dejó asombrados a todos. El martes 15, en uno de sus almuerzos, la conductora contó que tuvo una sobrina desaparecida durante la última dictadura militar: “Gracias a que yo era conocida y famosa pude salvarla”.

Más de tres décadas pasaron para que diera esta confesión. En ese entonces, gracias a ser quien era, pudo iniciar gestiones frente al ministro de Interior de la dictadura, Albano Harguindeguy, y lograr la aparición con vida de María Fernanda Martínez Suárez, su sobrina. Se trata de la hija de su hermano, el cineasta y director del Festival de Cine de Mar del Plata, José Martínez Suárez.

Quien no corrió la misma suerte fue el marido de la joven, Julio Enzo Panebianco, un empleado de la DGI de 23 años que militaba en la Juventud Peronista. “Nunca más supimos de él, nunca”, dijo. Según contó, fue ella misma quien pidió ayuda al interventor –un militar– de Canal 13 en ese momento. “No me brindó ayuda por temor, porque todo el mundo tenía miedo de comprometerse. El Canal 13 estaba en manos de la Marina, y entonces recurrí a un general de la Nación a quien circunstancialmente habíamos conocido. Lo llamé al general Harguindeguy, conseguí el teléfono y lo llamé, le expliqué de qué se trataba”, prosiguió. “Bueno, deme un tiempo, Mirtha, lo voy a averiguar, es muy difícil, muy difícil el caso”, contó al aire que le respondió el general.

Julio Enzo Panebianco y María Fernanda Martínez Suárez fueron secuestrados en 1977 a la noche en el piso 1 de Malabia 2591 por un grupo de tareas del Ejército. Como en muchos procedimientos de esa época, primero desvalijaron la casa y luego esperaron a que llegara la pareja para capturarlos.

“El día 2 de marzo de 1977, cerca de las 20 horas, concurrió a mi domicilio un grupo de seis o siete personas armadas y de civil quienes se autotitularon policías. Requirieron la presencia de Julio pero él no se encontraba, pues se había ido a estudiar con una profesora particular. Procedieron a revisar todo y robaron dinero y electrodomésticos. Al llegar Julio a su casa y ante su indignación, procedieron a inyectarle una droga desconocida. Se lo llevaron junto con su esposa, encapuchados y atados”, relató María Angélica Labbé, madre de Julio, según aparece citada en el legajo 2.781 de la Conadep.

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