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SALUD / THE IMPLANT FILES
lunes 26 noviembre, 2018

Temor, burocracia y dolor: hablan tres argentinas damnificadas por implantes mamarios

Sus médicos les recomendaron las famosos PIP. Las fallas en las prótesis afectaron su salud. Qué síntomas tuvieron y cómo se recuperaron.

por Emilia Delfino y Sandra Crucianelli

Gabriela González, María Laura Román y Gabriela Albella. Foto: CEDOC - Gza. La Nación.

“Tuve a mi bebé, me hice estudios de rutina y detectaron que tenía la prótesis derecha toda rota”

María Laura Román tiene 48 años y vive en Rosario. Su caso es uno de los ejemplos del abuso de la industria de los dispositivos médicos, el nuevo foco de la investigación del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ). Román se colocó prótesis mamarias en 2007, cuando tenía 37. Su médico le colocó implantes de la marca francesa Poly Implant Prothese (PIP), entonces dominante en el mercado argentino de siliconas. Dos años después, supo por la televisión que muchas mujeres tenían problemas con estos implantes y que en Europa fueron prohibidos porque estaban rellenos con gel de silicona no homologado para uso médico.

En 2012, cuando estaba embarazada, una de las prótesis explotó y la silicona industrial se extendió hacia su axila. Visitó a más de un médico pero la respuesta siempre era la misma: remover el implante era más peligroso, según los cirujanos. Luego, el mismo médico que la había operado en un principio le hizo una segunda: ella pagó por los nuevos implantes y él hizo el trabajo gratis.

Román dice que vivió con miedo durante mucho tiempo y decidió contactarse con la abogada Virginia Luna, que representaba a 1.500 mujeres damnificadas con siliconas PIP. Actualmente, Román está tramitando los papeles para entrar en un nuevo grupo de demandantes contra la fabricante francesa.

-¿Por qué optó por la marca PIP?
-
El médico me dio a elegir entre una marca brasileña y otra francesa y creí que la europea iba a ser de mejor calidad.

-¿Cómo se enteró de que las prótesis PIP estaban fabricadas con material defectuoso?
-
Me enteré por televisión, en 2010, porque estaba en las noticias y veía casos en los programas. Enseguida recordé que mis prótesis eran PIP, pero el problema es que no encontré los stickers (que los médicos deben entregar a las pacientes para que puedan identificar la marca, lote y número de serie de sus implantes). La realidad es que el sticker tiene el tamaño de un papel de caramelo, no se puede depender de eso. En el medio de la desesperación por no encontrarlos fui a la clínica, pero ahí solo me dieron fotocopias que no servían.

Estuve varios años sin encontrarlos hasta que finalmente los encontré en la casa de mi padre, que era quien en su momento me habìa acompañado a la cirugía.

-¿El médico la contacto cuando se emitió la alerta internacional por las PIP?
-
Él no se contacto conmigo sino que fui yo inmediatamente en 2010 cuando lo vi en las noticias. Para ese entonces ya lo habían visitado otras pacientes que le planteaban lo mismo, qué hacer con esas prótesis implantadas que habían tenido problemas en muchos casos. Pero el médico recién se enteraba de la situación y no me propuso cambiarlas.

-¿Tuvo alguna secuela en su salud?
-
A fines de 2011, quedé embarazada y estando con la panza tuve una caída muy fuerte en mayo de 2012. En julio tuve a mi bebé y en septiembre me hice varios estudios de rutina. Ahí detectaron que tenía la prótesis derecha toda rota y la silicona dispersa y ganglios en la axila derecha. Pudo haber sido durante aquel golpe pero no lo sé con certeza.  

-¿Qué le recomendó el médico?
-
Volví a ir al médico para evaluar qué convenía. Yo estaba dando de mamar y quería esperar a los seis meses del bebé para operarme. Después de eso el mismo médico me propuso cambiar las prótesis. Me cobró los implantes pero no la operación y me colocó los nuevos. Yo sigo teniendo los ganglios en la axila derecha que se inflaman como defensa del cuerpo, pero ahora ya no se pueden sacar. Contacté a otra profesional que me dijo que lo mejor era no sacarlos.  

-¿El Estado se contactó de alguna manera con usted? ¿Brindó información o asistencia?
-
Nadie se contactó, no están preparados para estas cosas. Como las cirugías plásticas son en clínicas privadas, ahi se arregla todo con dinero y el Estado no interviene.

Con los implantes mamarios “fallaron los controles, era un negocio para los médicos”

Graciela González tiene 61 años, vive en Mataderos. Es ama de casa y está jubilada. Se colocó implantes mamarios en 2008 y entonces nunca pensó que debería emprender una batalla tras la operación que la afectaría física y psicológicamente.

González se atrevió, como María Laura Román y Gabriela Albella, a relatar al equipo argentino de Implants Files, la nueva investigación del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ), cómo las prótesis mamarias Poly Implant Prothese (PIP) cambiaron su vida, para peor. La arrastraron hacia la depresión y el miedo. Su caso es otro ejemplo de cómo un dispositivo médico defectuoso se esparció por América Latina como una mancha venenosa para terminar perjudicando la vida de miles de personas.

“Me enteré (del caso) por la abogada Virginia Luna, recuerda.
 
-¿Usted sabía sabía que tenía prótesis PIP?
-
Yo sabía que me habían dado las prótesis PIP porque me dieron los stickers (que los médicos deben entregar a las pacientes para que puedan identificar la marca, lote y número de serie de sus implantes). Fui a ver a la abogada Virginia Luna porque mi medico me cerró las puertas. Tenía miedo de tener problemas de salud, como después tuve. Empecé a sentir molestias en 2013, como si tuviera cosas raras en los ganglios, (estaban) deformes. Y a veces me dolían. Empezaron a deformarse.
 
González cuenta que su prepaga no le permitía hacerse una resonancia magnética. “Cuando logré hacerla, recién en julio de 2014, descubrí que  estaban rotas y me daba miedo hasta levantar a mi nieta de dos años. Psicológicamente, tuve una vida tortuosa. Me volví loca por el temor a que el gel industrial se me extienda aún más. No podía hacer fuerza. Tenía la silicona en los ganglios de la axila y se me fue a los brazos. Tenía desparramada la silicona en mi cuerpo. Estuve muy mal, deprimida, al punto de que en un momento me quise sacar la vida”, asegura.

González logró operarse en un hospital público en enero de 2015, tras  una presentación judicial que llevó adelante Luna, con tres mediaciones.

Contá tu historia: ¿cómo te afectó un dispositivo médico defectuoso?
 
 

-¿El médico le dijo lo que podía suceder con su prótesis alguna vez?
-
El que me operó nunca me dijo nada.
 
-¿Tuvo algún contacto de la Anmat, el organismo de control, por el alerta mundial de las PIP?
-
No, no tuve ningún contacto con la Anmat y eso que mandé mail (…) No tuve respuesta.
 
-¿Qué cree que falló dentro del sistema?
-
Yo creo que fallaron los controles. Era un negocio para los médicos, compraban barato y nos operaban más caro. El negocio de ellos. Compraban cantidades, pero adulteradas. Ellos sabían lo que compraban. Fallaron los controles.

 

“Recurrí a psicólogos, médicos, tenía pánico de que se me extendiera al cuerpo la silicona”

 

Gabriela Albella tiene 46 años, es peluquera y vive en Vicente López, zona norte del Gran Buenos Aires. En 2008, se sometió a una cirugía con implantes de mamas de la marca francesa Poly Implant Prothese (PIP). Cuando en 2010, la Administración Nacional de Alimentos, Medicamentos y Tecnología Médica (ANMAT) emitió un aviso a la población sobre posibles fallas en estas prótesis de silicona, se enteró de que lo que llevaba en su cuerpo era una bomba de tiempo: su principal componente era un gel no apto para el cuerpo humano.

Ocho años después de la noticia, Albella cuenta su historia al equipo argentino de Implants Files, la nueva investigación global del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ), que desnuda los negocios oscuros de la industria de dispositivos médicos.

“Tuve molestias desde el primer momento. No sabía a qué se debían, era la primera vez que me ponía prótesis. Tenía como pinchazos. Al principio pensé que era normal. Le preguntaba a mis amigas pero no les pasaba eso”, cuenta Albella.
“Recurrí al médico y me dijo que no estaban rotas. Pero la capa de afuera de las siliconas y el líquido de la silicona se filtraba”.

Como en los casos de su abogada, Virginia Luna (representante legal de las damnificadas de las prótesis PIP y paciente perjudicada por las mismas), Graciela González y María Laura Román, a Albella su cirujano tampoco le advirtió que estaba corriendo un gran riesgo cuando estalló el escándalo en el exterior. “Mi médico no me avisó nada, ni se hizo cargo. Se lavó las manos, ni me quiso recibir. Los médicos que colocaban las PIP sabían que no eran buenas”, señala.

“Recurrí a psicólogos, médicos. Tenía pánico de que se me extendiera al cuerpo la silicona. En 2010 me sumé a la demanda colectiva, contra la fabricante francesa y la certificadora alemana TÜV Rheinland.  También me sumé a la demanda en Argentina”, afirma.

En su caso, tampoco el Estado argentino la contactó para alertarla. “Nunca me contactaron de la ANMAT (la Administración Nacional de Alimentos, Medicamentos y Tecnología Médica, el organismo que debía controlar la calidad de estas prótesis). Hicimos un pedido a la Anmat, por sugerencia de Luna, pero no nos respondieron”, agrega.

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Albella es una de las argentinas que comenzó a cobrar parte de la modesta indemnización que la Justicia francesa impuso a la compañía certificante alemana que permitió que estas prótesis salieran al mercado. “Cobré un primer resarcimiento provisorio a cuenta el año pasado de unos 1.800 euros y un segundo adelanto a cuenta de la indemnización final este año por un monto similar. Ese monto para las chicas que tenían que volver a operarse no alcanzaba para nada, más aún si lo tienen que hacer particular. En ambos casos (la indemnización se obtuvo) en el juicio contra la certificadora. La fabricante PIP se declaró en quiebra. Su dueño está preso con domiciliaria”.

“Vamos a ir cobrando de acuerdo a las lesiones en cada caso, en grupos. Ya cobró el Grupo 1. Yo estoy en el Grupo 3. Calculo que cobraremos el año que viene, pero no sabemos el monto”, añade.

Albella decidió operarse para removerse las prótesis PIP cuando a través de la demanda colectiva entró en contacto con otras mujeres que sí tenían lesiones importantes. “Me puse más alerta y me moví para operarme. Recurrí a otros médicos. Terminé en el Fernández, donde el Jefe de Departamento de Cirugía Plástica y Reconstructiva, Jorge Patané, me dijo que me tenía que operar y me las tenía que sacar, estuvieran rotas o no, porque era un riesgo grande. Me sacaron las prótesis en 2012 y me colocaron otras que me tuve que pagar yo. Tuve que pedir plata prestada para pagarlas. A partir de ahí no tuve más dolores”.

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-¿Su médico le dio a elegir entre las prótesis PIP y otras?
-
No, me sugirió esas prótesis y me dijo que él trabajaba con esas y que eran las mejores que había en el mercado.

-¿Le advirtió sobre los posibles efecto adversos?
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No, para nada. Nunca me habló de ningún posible inconveniente ni nada.

-¿Su cirujano la contactó en 2010 para avisarle que las prótesis podían romperse?
-
No, en ningún momento. En el 2010, cuando salió el informe definitivo que confirmaba que las prótesis estaban adulteradas lo llamé y lo que me dijo fue que él a mí no me había atendido y que no operaba con prótesis PIP. Me negó haberme atendido directamente.

-¿Cuándo comenzaron las molestias?
-
Después de la operación y hasta el momento en que me las cambiaron, siempre tuve molestias. Sufría de pinchazos continuos. Lo primero que hice fue una mamografía y una ecografía para ver si no estaban rotas. Y después todo lo que es la recorrida para ver si me las podía sacar. Consultar médico por médicos en los hospitales. Por lo general muchos médicos no estaban al tanto de qué precauciones se tomaban en el momento de quitarlas. Fue una especie de angustia, porque no sabías bien qué tenías que hacer. Yo me operé en el Hospital Castex, ahí pagas un bono. Y lo único que tenés que pagar son tus prótesis, las nuevas. Vivía paranoica, había que cuidar la mínima fisura de la prótesis.

-¿Cuánto tiempo vivió así?
-
Un año y medio, durante el cual te tenés que cuidar. El relleno era un relleno no médico, y lo que la recubría era capa muy fina y se podía romper muy fácilmente. El primer médico que fui a ver me dijo que él sabía que esas prótesis eran malas. Que cuando entraron al mercado se las ofrecieron y que él no las aceptó porque de ninguna manera, con 25 años de profesión, hubiera aceptado colocarle a una paciente una prótesis así.

 

(*) El equipo argentino del Consorcio Internacional de Periodismo de Investigación que participó de The Implant Files está integrado por Emilia Delfino (Perfil) Mariel Fitz Patrick (Infobae); Sandra Crucianelli (para Perfil); Maia Jastreblansky, Iván Ruiz y Ricardo Bron (La Nación)

 


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