El arsénico no tiene olor, color ni sabor. Puede estar diluido durante décadas en el agua que consume una familia sin que nadie lo advierta. Y cuando finalmente genera síntomas, el daño a la salud ya es irreversible. En Argentina, donde una larga lista de provincias dependen para su consumo del agua subterránea, este problema está mucho más extendido de lo que se cree: los investigadores estiman que podría afectar potencialmente a, al menos, cinco millones de personas.
Frente a esa amenaza, un equipo de científicos de la Facultad de Ciencias Exactas (FCEN) de la Universidad de Buenos Aires desarrolló un dispositivo portátil, económico y de código “abierto”, capaz de detectar la presencia de arsénico en el agua de un pozo en apenas ocho horas. El proyecto está liderado por el investigador Alejandro Nadra y acaba de presentarse una nueva versión, mucho más sensible y accesible.
Según los tests, la precisión del método llega al 99% de confiabilidad.
El desarrollo apunta a terminar con un problema concreto: saber -con certeza- si hay arsénico en agua, algo que hasta hoy es difícil y costoso. Los análisis químicos requieren equipamiento especializado, personal entrenado y laboratorios que suelen estar en ciudades grandes. Para cooperativas pequeñas, municipios rurales o escuelas alejadas, acceder a este control muchas veces resulta algo complejo.
“El problema del arsénico es enorme. Desde Salta y Jujuy hasta La Pampa, en casi todos los lugares donde se mide agua de pozo aparecen concentraciones variables”, le contó Nadra a PERFIL. Y detalló: “en la mayoría de los casos el origen no es humano sino natural: el arsénico proviene de formaciones geológicas y se disuelve en las napas subterráneas de las que luego se extrae agua para consumo”.

La Organización Mundial de la Salud recomienda un máximo de 10 microgramos por litro de arsénico en agua potable. En Argentina, el Código Alimentario sigue esa cifra, pero admite un margen de hasta 50 microgramos en determinadas situaciones, a la espera de estudios epidemiológicos locales sobre este problema, algo que nunca termina de concretarse.
Qué es el HACRE
El problema de salud asociado al exceso de arsénico se conoce como HACRE: (Hidroarsenicismo Crónico Regional Endémico). Se trata de una intoxicación producida por la exposición prolongada y puede causar lesiones cutáneas, alteraciones cardiovasculares y distintos tipos de cáncer.
Pero nunca en forma inmediata. “Son síntomas que se manifiestan tras años de consumo crónico”, señaló el investigador de la UBA.
Tecnológicamente, remover el arsénico del agua no es imposible, aunque requiere de inversión. Por eso, el obstáculo principal para tener agua potable es, básicamente, económico y logístico. “Las soluciones domiciliarias de filtrado de arsénico suelen ser demasiado caras. Por otra parte, que las familias consuman agua embotellada en forma cotidiana no es una opción posible para el bolsillo de la mayoría de la gente”, resumió Nadra.

Con este biosensor se intenta cubrir la primera parte del problema: saber si la contaminación existe. Porque en muchos pueblos y ciudades pequeñas directamente no hay controles frecuentes o no son accesibles.
El dispositivo que desarrollaron los investigadores se basa en bacterias genéticamente modificadas que reaccionan frente al arsénico produciendo un color azul muy visible. Según las validaciones realizadas por el equipo, la precisión del método ronda entre el 98 y el 99% respecto de los análisis convencionales.
Aunque el sistema aún no cuenta con homologación oficial para usos regulatorios, los investigadores consideran que es una herramienta poderosa para monitoreo comunitario y alerta temprana. Por eso decidieron liberar públicamente los planos y el manual de procedimiento de armado del kit, para que cualquier laboratorio de una escuela técnica o institución pueda reproducirlo.
“La idea no es que cada familia arme su detector. Pero sí que pueda armarse en cooperativas, escuelas técnicas o en laboratorios con un instrumental básico”, explicó Nadra. Tener el kit listo requiere algunos conocimientos muy básicos de química y de manipulación biológica, además del acceso a las bacterias modificadas, algo que el propio grupo de investigación se ofrece a suministrar a los interesados.
El proyecto atravesó distintas etapas. Primero imaginaron una distribución comunitaria. Después pensaron en sumar a las escuelas técnicas como centros de monitoreo local. Más tarde apuntaron a cooperativas proveedoras de agua. Pero en todos los casos surge el mismo problema: falta de recursos, escasa conciencia social y ausencia de políticas sostenidas. “Nosotros creemos que el Estado debería involucrarse más porque es un problema poblacional, no individual”, sostuvo el investigador. Sin embargo, en un contexto de ajuste sobre el sistema científico, el grupo lleva años trabajando sin financiamiento específico para este programa.
Pese a eso, perfeccionaron el desarrollo y lo probaron con agua de distintas regiones e, incluso, en muestras tomadas en la Antártida; siempre con éxito.
Ahora su objetivo es lograr que alguna empresa, cooperativa o institución adopte el sistema y lo produzca a escala, en forma económica. Porque el problema del arsénico sigue ahí. Invisible. Silencioso. Y presente en millones de vasos de agua cotidiana.

Un sensor con acento cordobés
Mientras el equipo de la UBA trabaja desde la biología sintética, investigadoras de la Universidad Nacional de Córdoba llegaron al mismo problema desde la electroquímica y la nanotecnología. Marcela Rodríguez, Daiana Reartes y María Dolores Rubianes, de la Facultad de Ciencias Químicas y el Conicet, desarrollaron un sensor que combina nanopartículas de oro con un biopolímero natural derivado de la quitina. Juntos forman un bionanohíbrido que, al recibir una gota de agua con arsénico, genera una señal eléctrica que revela con precisión la concentración del contaminante. El dispositivo no supera el tamaño de un pendrive y sus resultados son equiparables a los de equipos de espectrometría de masas de alta gama. Fue validado con muestras reales, obtenidas en dos localidades con altos niveles de arsénico. A fines de 2025, el equipo inició el proceso de patentamiento ante el Instituto de Propiedad Intelectual. Por ahora, no existe en el mercado local ninguna solución equivalente.