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SOCIEDAD / Violencia y calle
sábado 9 marzo, 2019

La herencia del 24 de marzo

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Luis Caro*

Familiares de Santiago Maldonado y militantes de organizaciones de derechos humanos en la Plaza de Mayo. Foto: NA - Mariano Sánchez.

En distintos períodos viví en Caracas, Lima, Guayaquil, Bogotá y Panamá. Se decía entonces de las últimas, las tres ciudades más riesgosas de la América hispanoparlante. Eran otros tiempos. Es posible reconocer que las inseguridades de entonces eran algo así como casi románticas (hurtos, estafas, arrebatos, algún robo a mano armada) al menos hasta la llegada de los carteles de la droga - en Colombia y México, especialmente - y la violencia política desatada en la región. Aun así y tomando en cuenta estas variables, quiero entender que el delito en esa parte de América Latina nunca llegó a los niveles de violencia, sadismo y perversión con que se registra en la Argentina. En los llamados países emergentes se roba y se mata, pero no en todos los lugares se degrada, se viola y  se tortura a las víctimas, especialmente a los viejos, como en nuestro país. Esta despreciable conducta, a la que se le suman alarmantes y cotidianos casos de femicidios, seguramente tenga como origen la última dictadura militar. La dictadura es el quiebre. Es un antes y un después.

La ferocidad  represiva de los militares argentinos quedó demostrada en los juicios a las juntas militares y en los posteriores juicios de la verdad. El plan de exterminio. Con el horror llegó, además, la economía que ungieron los militares trayendo a la Argentina la deuda externa y niveles de pobreza extrema que nunca más volvieron a retroceder. Está más que presente.

Lo que tal vez no se recuerde fácilmente o duela recordar es el volumen de sadismo y perversión utilizado por la dictadura. El vale todo. La ruptura de toda mínima moral. Y ese vale todo no solo fue el motor para perseguir y asesinar opositores políticos, para robar sus bienes. También fue utilizado, como en el caso del asesinato de la diplomática Elena Holmberg Lanusse, para dirimir las mismas internas del partido militar. Y más aún, también fue perfeccionado para resolver hasta cuestiones de cama, como fue el caso del empresario Fernando Branca,  amigo de Massera, quien fue fondeado en el Río de la Plata por el almirante exterminador para continuar el vínculo con Martha Rodríguez Mc Cormack de Blaquier (segunda mujer de la víctima). Un hecho que devela un nivel de perversión incalificable, sin olvidar los padecimientos y las humillaciones a los que fueron sometidos los secuestrados y asesinados en los campos de concentración de la dictadura.

Lo macabro de estos episodios seguramente quedó en el inconsciente colectivo. Toda esa densidad de locura y muerte está en nuestra génesis social. Habría que abrevar incluso en ese texto singular de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal . Y el mal se expresa . Se expresa y  se condensa en una sociedad violenta, atravesada desde entonces por los servicios de inteligencia, por operaciones de manipulación mediática e informática, corrupción estructural, extorsiones, suicidios, suicidios inducidos. Se expresa en la Gendarmería, en el caso Maldonado, en la Bonaerense que ejecutó a José Luis Cabezas y se tragó a Julio López. Se expresa claramente en el Servicio Penitenciario, donde se reclutan y gradúan los reclusos en el delito, la perversión y el sadismo más cruel.

Todo se expresa en nuestras calles beligerantes y en nosotros mismos, en la incapacidad cotidiana de ver al semejante y de poder construir un proyecto de país, alguna mínima transformación cultural.

*Músico


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