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UNIVERSIDADES / por más graduados
sábado 11 mayo, 2019

El examen de ingreso disminuye la deserción en el nivel superior

El abandono y bajo egreso universitario es tema de larga data y profundos debates. Pero también es necesario evaluar la importancia de conocer qué saben los futuros estudiantes. Casos exitosos.

Marcelo Rabossi

Números. En Harvard rechazan a 93 de cada cien aspirantes, y en la Universidad de Chile, siete de cada diez ingresantes se gradúan. En la Argentina, tres de cada diez. Foto: cedoc
sábado 11 mayo, 2019

Mucho se habla sobre la ineficiencia de nuestras universidades públicas, que gradúan a pocos profesionales, o que se las utiliza como grandes playas de estacionamiento donde los alumnos pasan años y años sin graduarse. Asimismo, que casi el 50% de los estudiantes termina el año aprobando solo una o ninguna materia alargando así el momento de su graduación, o que se recibe solo un poco más de tres de cada diez que ingresan. Bien, esto es verdad, y una con la cual convivimos desde hace décadas.

Sin embargo, lo que parece ignorarse es que dicha ineficiencia es producto de la misma naturaleza del modelo de ingreso que se ha elegido. Basta presentar el diploma secundario, inscribirse, y automáticamente, con el orgullo y el prestigio social que significa ser parte del nivel superior, el nuevo candidato a estudiante es bienvenido. Claro que también faltan algunos detalles, que el alumno estudie, se esfuerce y asimismo, que asista a clases. Y aquí surge un primer problema. Ocurre que la facilidad en el ingreso hace de la deserción algo bastante, digamos, natural. No se es estudiante por el simple hecho de ingresar. Por ejemplo, muchos de los que se anotaron nunca asistieron, o dejaron de cursar antes del primer parcial, o tal vez se hayan mudado a alguna otra institución del sistema y no se hayan dado de baja. Así las cosas, y así son en general, estaríamos sobreestimando la cantidad de alumnos que anualmente no han aprobado ninguna materia.

Por otro lado, es bien sabido que el desgranamiento de alumnos universitarios ocurre durante el primer año, particularidad que no solo atraviesa al país sino a la gran mayoría de los sistemas del mundo. En la Argentina, aproximadamente el 30% de la deserción total ocurre durante los dos primeros cuatrimestres de estudio. Son varios los factores que lo explican.

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Causas. Falta de motivación, problemas de equivalencia entre materias, cuestiones laborales, cambio de carrera o problemas con algún docente, por ejemplo. Es un período de adaptación. Y tal adaptación, en un sistema de puertas abiertas como el que tenemos, ocurre en ese primer año. Es entonces lógico pensar, si nos comparamos con las universidades de elite del mundo sin tomar en cuenta dicho detalle, que no estamos bien. Pero lo que no está bien es compararse con modelos en donde reina un estricto control en el ingreso. Pensemos en Harvard, una universidad que se da “el lujo” de rechazar a 93 de cada cien aspirantes. Logra así una tasa de graduación del 97%. O sin irnos tan lejos, desembarquemos en Chile.

Caso Chile y Harvard. En su institución pública más prestigiosa, la Universidad de Chile, casi siete de cada diez ingresantes se gradúan. Pero, para ingresar a las universidades públicas en el país vecino, es necesario rendir un examen de ingreso muy riguroso llamado Prueba de Selección Universitaria (PSU). Esto le implica al postulante rendir cuatro pruebas de conocimiento durante dos días. En síntesis, en ambos casos, el de Harvard y el de “la Chile”, la selección se hace por afuera del sistema, antes de que el alumno ingrese a la universidad, particularidad que reduce drásticamente las tasas de deserción. Pero volvamos a lo que nos ocurre.

En casa. En las universidades nacionales argentinas, solo alrededor de tres y 1/2 de cada diez ingresantes completa sus estudios. Pero, a diferencia de lo que ocurre en la Universidad de Chile y Harvard, la selección de aspirantes se hace de manera implícita durante el primer año de cursada. Algo parecido ocurre en una de las universidades más reconocidas del mundo. Tal vez pocos sepan que, en la destacadísima Sorbona, menos de cuatro ingresantes de cada diez completan sus estudios. Esto no es sorpresa ya que al igual que en las universidades públicas de la Argentina, la Sorbona tiene ingreso irrestricto. Así, la baja tasa de graduación en las nuestras y en la francesa no sería el problema sino el resultado natural del mecanismo elegido de selección. Pero vayamos un poco más allá con la idea de hacer comparables, de alguna manera, dos modelos de ingreso que en principio no lo son.

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Con este objetivo, podríamos pensar que en un sistema sin restricciones en el acceso, el primer año de la universidad opera como un gran examen de ingreso. Algo así como la PSU chilena. Pero a diferencia de ésta, en vez de durar dos días, se extiende durante dos cuatrimestres. Independientemente de si esto es ineficiente o no, así opera nuestro sistema universitario. Por eso, aunque las estadísticas digan que un alumno de primer año en un sistema de ingreso irrestricto es un real estudiante, en realidad aún no lo es del todo. Si utilizamos esta lógica, vemos que de cada diez alumnos que comienzan el segundo año luego de ese gran examen que fue el primero, cinco completan sus estudios. Ahora el porcentaje de graduados se alinea más a lo que ocurre en el mundo, donde en promedio se gradúa el 60% de los ingresantes. Entonces, las bajas tasas que presenta la Argentina y que hoy nos sorprenden y conmueven, estarían subestimando las “reales”. Pero, ¿nos deja este porcentaje tranquilos y así podríamos quedarnos de brazos cruzados? Creo que definitivamente no.

Más allá de que alrededor del 40% de nuestros jóvenes no ha completado el secundario y así ven la universidad desde muy lejos, el sistema universitario argentino presenta otras debilidades. Una de ellas es ser la enfermería donde curar las heridas con las que llegan los alumnos del nivel secundario. Pero, al no contar con un examen de ingreso de carácter diagnóstico y optar por el “entren todos”, se niega a chequear la salud de sus estudiantes y saber cuáles sus problemas antes de que ingresen. Y sin un gran diagnóstico para saber cómo se encuentran, no hay tratamiento posible. En definitiva, si el objetivo es aumentar el número de nuestros graduados, sepamos qué les ocurre antes de que ingresen en la universidad. Pero, sobre todo, por una cuestión de equidad, ya que son los provenientes de entornos más vulnerables los más heridos y como consecuencia, los que la universidad expulsa más rápidamente.

Casos en América Latina

Un rasgo en común comparten los sistemas de educación superior de la Argentina, Bolivia y Uruguay, ingreso irrestricto y altas tasas de deserción. Por otro lado, Chile, Colombia y Ecuador también presentan similitudes, exámenes de ingreso selectivos y menores tasas de desgranamiento en relación con los anteriores países. Según el NCES, la agencia que centraliza las estadísticas educativas de EE.UU., las instituciones de ese país que aceptan menos del 25% de los postulantes logran tasas de graduación cercanas al 90% mientras que en las medianamente selectivas, aproximadamente el 60% logra finalizar. Por otro lado, en las de libre ingreso, apenas el 32% completa sus estudios con éxito. La elección del tipo de ingreso tiene resultados previsibles: a ingreso libre e irrestricto, mayor abandono esperado.

* Profesor de Economía de la Educación y de Política Comparada en Educación Superior de la Universidad Torcuato Di Tella  (UTDT). Referente educativo de Argentinos por la Educación.


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