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Opinión

Por qué saber todo no sirve para nada

La era de la información encierra una gran paradoja: la baja calidad de la convivencia democrática y la negación como salida.

carlos ares 29072020
El periodista Carlos Ares. | Captura de Video

Estamos saturados de información política, económica, judicial y hasta de alcoba. YouTube es el panóptico casero que, ahora, nos permite ver filmado y sin intermediarios lo que en otros tiempos se trataba de ocultar.

Todo está expuesto ahí. Se puede elegir por nombre, cargo, color partidario… Néstor Kirchner, por ejemplo, diciendo que sólo tenían “un departamentito” en Santa Cruz y Cristina Kirchner asegurando que, entonces, ya tenían 3 millones y medio de dólares, más propiedades y plazos fijos.

O los grandes delitos por los que, finalmente, Carlos Menem fue absuelto; el final dramático de la Alianza; los asesinatos de Kosteki y Santillán, cuando Felipe Solá era el gobernador, o el mismo Solá diciendo que “en política hay que hacerse el boludo”; los muertos en la inundación de La Plata, que negó Daniel Scioli; las causas contra Hugo Moyano y otros dirigentes gremiales; las acusaciones de espionaje contra el gobierno de Mauricio Macri; Mario Ishii, intendente de José C. Paz, diciendo que encubre a empleados que venden drogas en ambulancias...

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Todo esta ahí, al alcance de todos. Quien quiera oír, que oiga. Quien quiera ver, que vea. La pregunta es: ¿para qué? ¿De qué nos sirve o nos ha servido hasta ahora saberlo todo? Además, digo, de servirnos para insultar, enervar, llevar las discusiones a los extremos, odiar a uno o a otro.

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Los periodistas consideramos que el oficio, ejercido de forma decente, es esencial para el buen funcionamiento del sistema democrático. Confiamos en que la información contrastada, veraz y sin manipular ayude a mejorar el criterio, el espíritu crítico, la valoración que cada ciudadano haga de los hechos. ¿Es así? ¿Ha sido así hasta ahora, en estos casi 40 años de democracia? ¿Por qué, entonces, los hechos se repiten sin que aparentemente nada mejore en la calidad de esa convivencia democrática?

El poder político, económico, sindical…, el poder en general parece vivir en un frasco, desconectado de lo que sucede en el mundo real. Les preocupa solamente abrocharse de forma permanente al Estado y colocar jueces amigos que, en su momento, los liberen de culpa y cargo. Investigaciones periodísticas, testimonios, desapariciones de personas, denuncias, acusaciones gravísimas que en otros países provocarían arrestos, juicios, condenas efectivas de cárcel, renuncias de presidentes, ministros, dirigentes empresarios o sindicales, aquí se suceden como escándalos servidos para la cena. La sociedad que debiera ser del conocimiento, de la información, de la acción y la consecuencia, se degrada en el espectáculo obsceno de la trampa, el engaño y la mentira, en un soporífero show diario de escándalos que ya ni siquiera indigna, pero adormece, intoxica, envenena y enferma.

La realidad así expuesta obliga a buscar salidas, caminos de fuga… Los que pueden, fantasean irse del país. Otros eligen no ver, no enterarse, un remedio que alivia pero a la larga es peor que la enfermedad. Es mejor saber que negar. Volver, al menos, al estado de protesta, a exigir, a reclamar, para que el dolor y la bronca recuperen su voz y se hagan escuchar.

*Periodista. La columna fue tomada del formato audiovisual.