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COLUMNISTAS / opinion
viernes 3 julio, 2020

A los tumbos

El presidente Alberto Fernández en la cumbre virtual del Mercosur Foto: AFP
viernes 3 julio, 2020

Hoy, 4 de julio, es el Día de la Independencia en Estados Unidos, país del que Argentina tomó su sistema constitucional. La Constitución es una de las principales manifestaciones del contrato social que le da sentido a la nación que aglutina y legitimidad a su gobierno. Y en el reportaje largo de esta edición el filósofo moral más importante de nuestro tiempo, el norteamericano Thomas Scanlon, desarrolla su influyente teoría contractualista sobre lo correcto y lo incorrecto, acerca de los contratos sociales, la legitimidad de los gobiernos, y sobre por qué no hay un solo contrato social válido para todas las naciones en todas las épocas, pudiendo ser legítimos los gobiernos del Partido Comunista chino o el Partido Rusia Unida que les dieron a Xi Jinping y a Vladimir Putin (tras el referéndum de la última semana) la posibilidad de ser jefes de Estado hasta sus muertes. Por orgullo nacional, las sociedades de China y de Rusia podrían valorar, más que la pérdida de libertades, el tener un gobierno concentrado que pueda ser más fuerte en su competencia con Estados Unidos. Para Scanlon no sería descartable que también una parte significativa de la sociedad cubana sintiera orgullo por su singularidad compensando en alguna medida su retraso de desarrollo económico. Para los países escandinavos, que son pequeños, su fuente de orgullo es el igualitarismo y su mejor distribución de la renta, mientras que para los Estados Unidos son aceptables grandes diferencias sociales si estas agregan desarrollo económico y realimentan a Estados Unidos como potencia mundial. En Cuba hay medicina gratuita para todos y en Estados Unidos no, como parte de un contrato social que resulta válido para una mayoría permanente de cada una de sus sociedades, lo que Scanlon llama “el valor positivo de una forma de vivir con los demás”.

La falta de contrato social y el temor a que cristalice la anomia, como en 2001, recrean la idea de emigrar  

El contrato social de nuestro vecino Uruguay es más parecido al de los países escandinavos, el contrato social de Brasil es más parecido al de Estados Unidos: ser una potencia aunque tenga costos sociales. Y simplificando en exceso la problemática, se podría decir que las idas y vueltas de Argentina en las últimas décadas son porque somos demasiado grandes para adoptar el modelo uruguayo o escandinavo, y no lo suficientemente grandes como para poder concretar el modelo norteamericano (país con el que soñaba competir nuestra generación del 80 y fue una aspiración válida hasta el centenario de 1910) o poder sentirse una potencia como hace Brasil solo por la prepotencia de tener la tercera mayor combinación de territorio y población del planeta.

Antes de ayer asumió Uruguay como nuevo presidente pro témpore del Mercosur y, aunque a través de videoconferencia, fue el primer encuentro entre Jair Bolsonaro y Alberto Fernández. Argentina está sola en su posición dentro del Mercosur: tanto Uruguay como Paraguay y Brasil quieren abrir intensivamente su comercio al mundo. También Argentina está sola en Sudamérica: Chile, Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia comparten otra visión. Argentina como México, con López Obrador en la presidencia, el gran aliado de Alberto Fernández, tienen un mandato inconcluso de grandeza pero no pueden ser Brasil, país que ya sea con Lula o con Bolsonaro, y como prefiera el lector a pesar de uno de ellos, nunca dejará de ser un país continente, de la misma forma que Uruguay con Pepe Mujica o Lacalle Pou nunca perderá  la moderación que su tamaño le impone.

El CEO de una empresa internacional de telecomunicaciones que tenía a cargo las operaciones del Mercosur explicaba que los teléfonos celulares se producían con una expectativa de vida de dos a tres años pero que en Uruguay no podía lograr que los consumidores incorporaran la necesidad de renovarlos porque estaba bien visto la austeridad como valor social generalizado. Argentina fue receptora de gran parte de los uruguayos que emigraron en búsqueda de una escala que en su país no podían encontrar, como también de recibir la población que por motivos opuestos emigraba de Paraguay, Bolivia y otros vecinos más distantes, en búsqueda de justicia social.

También simplificando en exceso, Macri quería ser una potencia en alguna medida comparable con Brasil, y Alberto Fernández explícitamente mencionó que sueña con una Argentina que se parezca a los pequeños países escandinavos.

Como ya fue en Argentina a comienzos del siglo XX, en un futuro se pueda volver a amalgamar esas visiones para consensuar en nuestro país “una forma de vivir con los demás”, como diría Scanlon, o un nuevo contrato social del que Elisa Carrió hizo reiteradas menciones desde la crisis de 2001 aún irresuelta.

Con sus insalvables diferencias, Carrió y Alberto Fernández veneran a Alfonsín, quien es también recordado por Scanlon en el reportaje porque en 1984, siendo profesor de filosofía de la Universidad de Harvard, Scanlon fue invitado por Carlos Nino a pasar unas semanas en Buenos Aires ayudando a construir el nuevo contrato social argentino. La presencia de un el filósofo y jurista como Carlos Nino como asesor del gobierno de Alfonsín genera melancolía sobre sobre aquel sueño y posterior frustración.

Tras el fracaso de Macri y lo que se percibe como un giro al cristinismo de Alberto Fernández, entre personas que tienen habilidades profesionales válidas internacionalmente o capital líquido,  se escucha repetidamente la idea de irse del país, una desazón por falta de consenso en determinado contrato social o la suposición de que el que resultará de facto sea de un eclecticismo tan  mediocre equivalente a la nada misma propiciando solo más decadencia y recurrentes caos.

La historia nunca está escrita de antemano y dependerá de la suma de nuestras acciones eligiendo lo correcto o lo incorrecto. En la situación que se encuentra hoy Argentina vale doblemente leer a Thomas Scanlon.

La frustración de Macri junto a la cristinización de la presidencia anula esperanzas de futuro

Una última curiosidad sobre Thomas Scanlon. La multipremiada serie The Good Place (2016-2020 en NBC y Netflix) transcurre en una especie de Cielo donde las personas van como recompensa por haberse comportado moralmente en su vida, y cuenta la historia de dos personas que, sabiéndose defectuosas, creen haber sido enviadas por error de la inteligencia artificial que decide y tratan de comportarse moralmente para no ser enviadas al Bad Place. Lo hacen con la ayuda de otros dos personajes que les enseñan filosofía moral para medir qué efecto permanente sobre la conducta puede tener estudiar ética. Luego de descubrir la realidad, continúa una interesante trama que no es motivo de esta columna spoilear. La idea inicial fue inspirada en la obra de teatro de Jean-Paul Sartre No Exit pero la columna vertebral de todo el programa se basa en el libro de Thomas Scanlon Lo que nos debemos unos a otros. En la serie las relaciones entre los personajes actúan como una investigación sobre el contractualismo, donde la moralidad no reside en acumular puntos de bondad, sino en cumplir con nuestros deberes el uno con el otro.


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