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COLUMNISTAS / Defensora de Género
domingo 14 julio, 2019

Despeinada, amor y poder político

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por Diana Maffia

Bullrich. La ministra de Seguridad fue ridiculizada por su peinado. Eso es violencia simbólica y mediática. Foto: cedoc

A mí me gustaban los rulitos de Patricia Bullrich cuando era joven, cuando como yo, pero en lugares diferentes escuchaba a Janis Joplin; pero cuando la conocí personalmente ya se notaba el esfuerzo por domesticarlos de diversas maneras. A veces con éxito, otras con dificultad, llegó a tener tanta personalidad el pelo de Patricia que en algún momento le abrieron una página de Facebook.

Hasta allí todo es simpático, y no creo que le desagradara a la propia destinataria.  Pero en la sección Política del sábado se comenta un video de un acto oficial donde ella llegó despeinada y con cara de cansancio, y que fue manipulado de una manera ofensiva, alterando la velocidad para hacerla parecer –como ella misma dijo– drogada o alcoholizada.

La violencia simbólica y mediática, cuando se trata de mujeres políticas, las saca del eje de las cuestiones públicas para “ponerlas en su lugar” de modo misógino. Como un “ni se atrevan” (así amenazaba un cartel electoral hace unos años) que nos llega a todas, una advertencia a quienes osemos transponer el umbral de lo doméstico.

No me gustan las políticas de Seguridad de Patricia Bullrich, me parece muy lícito discutir ese modelo y sus consecuencias en cuanto a criminalización y control social, pero me repugna la manipulación de ese video para ridiculizarla. Eso no es un argumento. La violencia nunca lo es.

Amor y política: en su columna del domingo, Sergio Sinay comenta una entrevista en la que Martín Lousteau “mostraba desencanto por la ausencia de amor en la escena política del país”. Sorprendido, afirma que “escuchar la palabra amor en labios de un político es como asistir a la aparición de un cisne negro”, y sin embargo, advierte que hay una sutil relación entre amor y política. Siguiendo a Shinoda Bolen repasa este vínculo, y sostiene “La lucha por el poder va siempre en el camino opuesto a la búsqueda y la construcción del amor /.../Y advierte el modo en que se refleja en la política, donde prevalece la adicción al poder (usándolo sobre otros, a quienes se los cosifica) antes que en la exploración del amor (que es la contemplación del otro y la honra de su dignidad)”. Los antiguos griegos tenían cuatro palabras para referirse al amor: storgué, éros, phylía y ágape. “Storgué” se refería al cariño que existe por naturaleza entre los miembros de una familia.

 “Eros” es el amor que conlleva el deseo sexual. El amor “Phylos” es el interés por algo impersonal, por una abstracción; como la Filosofía como amor a la sabiduría, o la filantropía como amor a la humanidad.  El amor que los griegos llamaban “ágape” (caritas, en latín) es un amor espiritual, fraterno, que es personal y es la base en que se asienta toda comunidad, por lo que podríamos considerarlo un amor político. Un amor necesario que estructura las bases de una sociedad y modula las relaciones de poder y autoridad dentro de ella, de modo que no resulten en opresión y explotación, sino en solidaridad e involucramiento.

Durante siglos se mantuvieron culturalmente separados el amor emocional, la atracción sexual y el matrimonio como contrato (no ligado al afecto ni al deseo, sino a la conveniencia). Es con la modernidad que surge en Occidente el ideal del “amor romántico”, y surge vinculado a una nueva forma de organización política y económica: el Estado liberal y el capitalismo. Ese ideal de amor pensado como exclusividad, dependencia, interés individual mutuo y fidelidad, presenta como horizonte la conyugalidad y la familia, la procreación dentro de estructuras controladas por el Estado, y un privilegio de la relación amorosa por sobre otros lazos interpersonales y sociales.  Entonces vuelve a olvidarse el “ágape”, se privatiza el amor y se separa de lo político.


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