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COLUMNISTAS / libertades
sábado 6 abril, 2019

No es no

Me cuento entre los que sostienen que, efectivamente, y definitivamente, no es no.

por Martín Kohan

default Foto: CEDOC
sábado 6 abril, 2019

Me cuento entre los que sostienen que, efectivamente, y definitivamente, no es no.

Lo cual no quita que sepamos que existe una amplia gama intermedia de matices y gradaciones, sin la cual no serían posibles ni la seducción ni el erotismo (el arte de la insinuación y la sinuosidad, el arte de la contención y el desborde y el “entre”), y sin la cual no sería posible incluso el deseo (a menos que se lo confunda con eso otro, que es tan distinto, y que hasta puede ser su opuesto: la intención, la voluntad). Podemos pensar en Baudrillard, en Georges Bataille, en Roland Barthes; o podemos pensar simplemente en la historia de nuestras vidas, en nuestra historia en el deseo.

Y no obstante, cuando aparece ese no que es no, se lo reconoce al instante. Hay un punto en el que cesa el juego de la oscilación (sin saber si lo jugamos o si juega con nosotros), hay un punto en el que se acaban las vacilaciones y las ambivalencias, y en ese punto aflora un no que no deja lugar a dudas. Es fácil reconocerlo pues, para moverlo, hay que hacer fuerza. No se mueve sin violencia.

Hay un uso degradado de la noción de histeria: pretende que todos los no son fraguados, que no hay que tomarlos en serio. Y hay un uso rudimentario de la noción de sujeto: lo pretende siempre sabedor de sí, exento de dudas (aunque sean metódicas), exento de opacidades y de contradicciones. Pero aun así, en cualquier caso, hay un no que es no, y de ese se sabe. Es el que, bajo el tosco imperio de la cultura machista, hace violencia en el cuerpo de las mujeres, arrasando con su negativa; y es el que, con otro grado, lastima el deseo de los varones, prohibiéndoles decir que no (me estoy refiriendo a aquel antiguo paradigma, por eso me atengo a los términos de la partición binaria). Hay un no que no admite un sí, ni sugerido ni reprimido ni tampoco como viraje posible, y que es por demás manifiesto tanto en el otro como en uno mismo (y es por eso que para torcerlo hay que hacerle o hacerse violencia).

De estos asuntos se habla bastante hoy en día, y mientras se habla, doy con esta entrada del tercer tomo de Los diarios de Emilio Renzi, escritos por Ricardo Piglia, la del miércoles 18 de enero de 1978: “En Santa Fe. Una quinta con pileta, la casa con aire acondicionado, una temporada en una suerte de espacio neutro. Son vagamente parientes de Iris. A la noche, en un proyector de dieciséis nos exhiben una película pornográfica y luego nos invitan a subir con ellos al cuarto de arriba. Paso, dije. Entonces la invitaron a Iris, ella sonrió con su aire más perverso y dijo que preferiría no hacerlo”.

Ricardo Piglia, Josefina Ludmer: me enseñaron a leer, cada cual a su manera. Ahora se me revelan (por medio de una lectura) dos maestros de la declinación. Porque más que negarse al convite, lo que hicieron fue declinarlo; pero qué exquisita nitidez, qué sutil firmeza cobró ese no en cada uno de ellos. Piglia apenas si dijo “paso”, como si estuviese jugando a las cartas o una partida de dominó (y lo dijo sin que nadie pudiese confundirse y entender que iba a pasar: pasar al cuarto).

Mientras que Ludmer, por su parte, eligió a Melville, presiento que sabiéndolo imperceptible en esa circunstancia puntual, y así activó todo eso que se ha dicho sobre Bartleby, aunque no sin adosarle, en un gesto decisivo, ese crucial “aire más perverso” que Piglia destaca. A la perversión presunta del encame colectivo, y puede que vagamente incestuoso (¿qué tan parientes eran esos parientes?), le opuso esta perversión mayor: la del uso del potencial, la de la negación oblicua (y por eso mismo, invencible), la de la renuencia serena y hasta displicente, y en especial, por sobre todo, su sonrisa definitiva.

Un no, el otro no: sin épicas y sin moralismos, sin escándalos y sin énfasis, ¡pero qué rotundos, qué plenos, qué firmes, qué eficaces, qué extraordinarios! Todo un gesto de libertad, la luminosa libertad del que puede, si quiere, negarse.

Piglia anota en el diario que “a la mañana siguiente los anfitriones desayunan con nosotros, muy relajados”: sin rencores ni ofendimientos. La libertad sexual bien entendida.


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