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COLUMNISTAS / MACRI-ALBERTO F
sábado 31 agosto, 2019

No tienen paz

Viejos enconos que no pudo zanjar la Iglesia. Nombres para el gabinete.

por Roberto García

Yo no fui, Cristina Fernández. Foto: Pablo Temes
sábado 31 agosto, 2019

Ni los tres curas del Papa (Ojea, Poli y Malfa) pueden superar el añejo encono que distancia a Mauricio de Alberto, un estigma inolvidable de los personajes. Reaparece ante el menor chispazo. De ahí la dificultad del trío sacerdotal para propiciar un diálogo múltiple, pacificador, que obsesiona a Francisco desde los tiempos en que era Bergoglio y convocaba a De la Rúa, ya presidente en picada, junto a Duhalde, empresarios, sindicalistas y a un diplomático español a quien la mayor parte de la gente recuerda por el apellido (Carmelo Angulo). Fue un fracaso aquel intento, voló todo en 2001; tampoco la visita de Juan Pablo II había impedido la catástrofe de Malvinas.

Es de suponer que ahora no habrá un episodio traumático tan grave para ser bendecido, ya que más de un experto de cualquier signo sostiene que los números no son tan malos como se insinúa y lo que se vive es “un terremoto en una palangana”. Pero la economía no son solo numeros. En esas reuniones con los dos aspirantes, los obispos han recogido quejas, prejuicios y opiniones que separan a los protagonistas electorales –Macri habló de corrido como si fuera una serenata, hasta que paró y le dijo a Marcos Peña: “Ahora seguís vos”–, un desprecio mutuo en apariencia insalvable, convencido uno de que es superior en términos intelectuales, mientras el otro lo considera inferior por diferencia de clase social y nula capacidad empresaria. Presunciones de ambos, mediocres rivalidades. Al menos en momentos de crisis.

Eramos pocos. Para colmo, la visita y partida de la delegación del FMI profundizó esa tirria personal, se acumularon sospechas entre ellos, hablaron de traiciones y promesas incumplidas, intentaron aprovecharse con ventajas proselitistas. En suma, se volvió inútil la persecución de la Iglesia a favor de un entendimiento político frente a una debacle económica. Y no se incluyen en la descripción aquellos reclamos opuestos de última hora: Fernández demandando que Macri instale un control de cambios, y el Presidente negándose a esa posibilidad. “Ya abdiqué demasiado”, debe confesar, como si en su carrera hubiera jurado a un patrón de principios.

Basta observar, en cambio, su deserción con las medidas que aprobó antes y después de la llegada del ministro Lacunza. Mas fácil hubiera sido explicar que instalar el control de cambios anticipa luego la llegada de un corralito, la parálisis, el desastre que el país ya padeció con una caída brutal del PBI más otras miserias consecuentes.

Lo cierto es que el Macri que un día antes prometía organizar nuevas plazas a favor de su reelección, en la tarde del viernes 31 se ubicaba por la tensión de los mercados en una situación casi desesperante.

Si nada se quiebra, quizás haya un respiro en la reyerta de los dos candidatos: viaja mañana Alberto a Madrid, periplo casi de Estado aunque no ha sido electo, fingiendo ser un ciudadano común, copiando el primero que hizo Néstor en ejercicio, aquel famoso en el que le reprochó a uno de sus funcionarios por la cantidad de corbatas que había comprado en el free shop y más de un reloj de oro. También se recuerda su famosa y cínica frase ante los empresarios ibéricos: “No lean mis labios, miren lo que hago”. Típicas las anécdotas del sureño. En el viaje de Alberto ha colaborado Telefónica, atenta a que sus intereses se mejoren con una nueva administración. O por servir a una de las dos patrias, vaya uno a saber.

Tan precavida la empresa como Felipe Solá, miembro de la delegación a España, dispuesto a ocuparse de la Cancillería futura (ya no en Defensa, como se pretendía, menos como jefe de Gabinete) con un rango superior al que tuvo cuando el camporismo fue breve gobierno en el 73, acompañando a los latinoamericanistas revolucionarios Juan Carlos Puig y Jorge Vázquez. Compite, como se sabe, con un amigo de Fernández, Jorge Argüello, y algún otro proveniente de la casa, tipo Luis María Klecker, de añosa cercanía a Cristina. Ya nadie considera a Cecilia Nahón, ex embajadora en Washington; parece que la dama recalará en la provincia de Buenos Aires para socorrer a su mentor, Axel Kicillof, en el área de Producción. Necesitará todo tipo de ayuda el casi seguro gobernador; su círculo rojo se apresuró a decir que será el único honesto que ocupará ese cargo en la historia de la Provincia. Se atribuyeron ese título causando urticaria en la mayoría de los intendentes, muchos barones y otros ansiosos por alcanzar esa nobleza, sin mencionar a organizaciones derivadas de la policía o el servicio penitenciario, ni hablar de los proveedores o los legisladores con la mayor caja del país. Si replica a su guía espiritual, Cristina, ahora de vuelta de Cuba, quizás Alberto hable menos en su viaje. Disminuyó su cargada verba en los últimos cinco días, aceptó lo que le había sugerido más de un espontáneo y se distrae de las disquisiciones semánticas sobre el reperfilamiento de la deuda que había usado o la reestructuración. O la estupidez de llamar default “selectivo” a la dilación o no pago de 105 mil millones, como sostienen en las mesas.

Riesgos. Aunque se puede volver de nuevo irritable si se entera de que ciertos especialistas del Gobierno buscan alguna comunicación suya con La Habana, imaginando que desde allí Cristina le ordenó criticar con dureza al FMI en un comunicado, desviarse de los buenos modales, obedecer como un soldado, al estilo de que lo que hizo con Kicillof cuando este había viajado a Nueva York para entenderse con los acreedores.

Como si la historia se repitiera siempre igual y la candidez kirchnerista dejara testimonio oral o escrito de sus actos.

Hasta pensaron que una prueba de esas características mejoraría la campaña oficial. La ingenuidad está del otro lado. Ya que nadie sabe aún si Cristina se alegra de las aperturas de Alberto, sea con Clarín o, menos significativo, por sus conversaciones reiteradas con el economista Melconian, amigo y alguna vez preferido de Macri. O, más ciertamente, con su alegre disposición a dialogar con varias representaciones del agro, aquellas que enloquecieron a la viuda durante su mandato, muchas de las que habían prometido fidelidad hasta el cadalso al mandatario.

No cumplieron ni con el voto. Menos con la plata: el agro atraviesa este 2019 con la menor liquidación de divisas en varios años, aunque en la Rural se aburrieron de aplaudir a un Macri que soñaba con respaldos de todo tipo del sector, al que se negó a aumentarles las retenciones ni con un céntimo.

Ni siquiera advirtió que, un día antes de esa celebración consagratoria en Palermo, el mayor exportador de soja se reunía con Alberto Fernández, quizás para recordar sus abultadas ganancias en tiempos de Cristina. A Macri no le alcanzó aquel slogan suyo de “puteame, pero me vas a tener que votar igual”.

 

 


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