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COLUMNISTAS / demasiados ejemplos locales
sábado 4 julio, 2020

Piolas y duros

Derecha pop. El ministro de Seguridad bonaerense, Sergio Berni, otro caso de populismo autoritario. Foto: telam
sábado 4 julio, 2020

Hablemos un poco de cosas que suceden en el mundo y que no están vinculadas con la pandemia. En Francia juzgaron a François Fillon, hasta hoy miembro de la Asamblea Nacional, es decir el Parlamento, y primer ministro desde 2007 a 2012, durante la presidencia de Sarkozy. Ambos pertenecen a la derecha, para situarlos rápidamente. Fillon, hijo de una familia adinerada, de la que heredó su persuasión católica, fue condenado a cinco años de prisión, con dos de cumplimiento efectivo. La condena también le llegó a su esposa, a quien le impusieron tres años y una multa de 375.000 euros. Sobre Fillon cayó, además, la prohibición de presentarse a elecciones durante diez años. Le Monde informa los motivos: con el fin de enriquecerse, hizo prevalecer su interés personal, el de su mujer y sus hijos, frente a los de la República, con mayúscula como lo escriben los franceses.

Hay gente rara, decía un escritor también francés. Esos “raros” se asombran de que otros descubran sus crímenes en los agujeritos secretos donde creyeron que permanecerían ocultos. Fillon se manejaba con la tradicional seriedad de un presidente francés y la desenvuelta simpatía de un político joven, aunque tiene 66 años. Ambos rasgos le sirvieron durante bastante tiempo. Pero los jueces pusieron punto final a la representación.

Los argentinos que leímos la noticia quedamos sorprendidos. La sorpresa se convierte rápidamente en envidia ante lo que hacen los franceses, mientras que acá se salva siempre casi todo el mundo. Menos Amado Boudou, objeta un interlocutor en busca de excepciones edificantes. Boudou, en efecto, y Julio De Vido hasta que un tribunal lo excarceló, dicen los que quieren más justicia.

Menem era un piola y nunca se mostraba agobiado. Alberto F no es un piola y Cristina fue más viva

Pero la expresidente y ahora vicepresidente tiene más recursos que los que aprenden los penalistas no solo en la Facultad de Derecho sino, sobre todo, en el ejercicio de la profesión. Repito lo que me dijo Alberto Fernández meses antes de ser candidato a presidente: sobre Cristina no hay pruebas. No dijo que su jefa tenía la ficha limpia de posibles delitos. Memoriosos recuerdan cuando Cristina paró en seco las preguntas sobre el crecimiento de su patrimonio, durante un encuentro en la Universidad de Harvard.  A uno de los que preguntó, Cristina, con tono de amenaza, le inquirió por el nombre y actividad de su padre, ciudadano argentino residente en San Juan. No solo rechazó la pregunta sino que intimidó al atrevido estudiante sanjuanino, sugiriendo que estaba leyendo un papelito que le habían pasado. Fue en 2012 y doy fe, porque estaba allí. Trump no habría demostrado mayor irritación, ni mejor reflejo autoritario.

No somos Francia. Si buscamos en la Europa latina, quizá nos parezcamos más a Italia, donde proliferaron los casos de corrupción y fue baja la performance en sentencias. De todos modos, Italia tuvo su mani pulite y cayeron personajes importantes del Partido Socialista, que desapareció del mapa después de su exposición pública. También la Democracia Cristiana se ahogó en la ola de denuncias. Los que quieran aconsejar contra las operaciones de mani pulite, iniciadas en Italia por el fiscal Di Pietro en 1991 dirán que, en el caso italiano, se destruyó un sistema de partidos construido después del fin de la segunda guerra. En España, el caso Bárcenas, con planillas de dinero efectivo entregado a políticos del Partido Popular pero también del Partido Socialista, obtuvo gran repercusión y algunas sentencias.

Un racista diría que la corrupción la recibimos con nuestra herencia inmigratoria. Como millones de argentinos, tuve abuelo español y abuela italiana. A Uruguay llegaron las mismas gentes. Sin embargo, los hermanos del otro lado del río se han venido arreglando para no abrir en la casa de gobierno una puerta giratoria por donde entraran y salieran políticos corruptos.

 Hace pocas semanas, un episodio que acá sería considerado irrelevante o materia de la televisión de media tarde, sacudió las informaciones en Gran Bretaña y tuvo a la BBC ocupada durante varios días. ¿Cuál fue el suceso? Dominic Cummings, asesor del primer ministros Boris Johnson y cerebro del Brexit, había violado la cuarentena. Visitó a sus padres, lo descubrieron y filmaron cuando entraba subrepticiamente a su domicilio después del paseíto.

La prensa fue implacable. No solo la que se opone a Boris Johnson, porque las obligaciones del buen periodismo todavía se mantienen en los grandes medios británicos, sea cual fuere su línea. La de Cummings fue considerada una transgresión moral y cívica grave. De todos modos, no perdió su lugar como asesor del primer ministro. Si los británicos insisten por ese camino, van a terminar pareciendo nuestros hermanos. En la Argentina, funcionarios y sus compinches se fueron a jugar al paddle y la foto en la prensa los muestra sin provocar mayor escándalo. Son cosas que pasan con estos políticos de cuarta categoría. Y ¿qué le vas a hacer, con todo lo que tenemos por delante? También puede pensarse: si esto les pasa a los británicos… Los puntos suspensivos funcionan como recurso exculpatorio.

Somos piolas. Fernández abandonó una reunión de Mercosur, como si fuera el presidente de un centro de estudiantes, que en todo momento agita sus banderas sin evaluar el escenario elegido para seguir los generosos impulsos de su ideología o la de su poderosa mandante.

Berni con sus gestos cree interpretar a ese vago colectivo llamado "la gente": nació un Bolsonaro de las pampas

La palabra piola designa un vasto campo de significados. Se ha discutido mucho sobre una categoría tan inasible como la del ser nacional. Si tal esencia existe, el rasgo que la define es piola. Carlos Menem era un piola y nunca se mostraba agobiado. Fernández no es un piola, porque fantaseó que Cristina le prestaría los votos sin cobrarle intereses. Hoy tiene que pagar esa deuda que durará lo que dure su mandato, salvo que se ponga duro y declare el default. Muchas noticias y fotos de prensa lo muestran agobiado, según dictaminan quienes las interpretan en las mismas páginas que se publican. Resulta ahora que Alberto no es un piola y Cristina fue más viva. No vamos muy lejos con estas categorías de análisis, que parecen salidas de una revista de humor de los años 1950.

Un piola como Sergio Berni se pasea con la misma soltura con que llegó al departamento donde estaba muerto el fiscal Nisman, y mandonea por teléfono a la ministra nacional de Seguridad Sabina Frederic. Axel Kicillof nombró a Berni ministro de Seguridad en la provincia de Buenos Aires. El aguerrido ministro bonaerense debe tener al federalismo en alta estima, porque en Puente La Noria se permitió presionar a la Policía Federal, que obedece al ejecutivo nacional. Lo hizo con argumentos que incorporaban la defensa de los que, en largas filas, esperaban el control de sus permisos de circulación. Sin duda, esas esperas son irritantes, pero sería más piola que el ministro de Seguridad de la provincia no se convierta en protagonista de un enfrentamiento con la ministra de Seguridad de la Nación, bajo cuyo mando está la Policía Federal.

La derecha con rasgos populistas y autoritarios es tan temible como a la derecha liberal conservadora. Fueron rasgos nacional-autoritarios los que impulsaron a Galtieri a invadir las Malvinas. Y el pueblo, esa mañana de abril del 1982, llenó la Plaza de Mayo. Berni, que conoce ese capítulo fatal de nuestra historia, sigue caminos que conducen a equivocaciones que hoy no usan el combustible de los reclamos sobre un territorio, sino los gestos ampulosos con los que se cree interpretar a ese vago colectivo denominado “la gente”.

Ha nacido un Bolsonaro de las pampas.


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