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ELOBSERVADOR / opinion
domingo 13 mayo, 2018

Unasur: una realidad que debe ser defendida como valor estratégico

Para el ex presidente, dejar el bloque internacional que tiene sede en Ecuador sería un error que debilitaría a cada uno de los países a la hora de defender sus intereses en los grandes temas globales.

por Eduardo Duhalde

Simbolismo. La unión tiene una amplia agenda con cuestiones como la pobreza, la exclusión o la inseguridad. Aquí, una reunión por el tema drogas en Argentina. Foto: agenica NA
domingo 13 mayo, 2018

Las últimas decisiones tomadas por los presidentes de la Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay y Perú, que llevaron a un “retiro temporal” de estos seis países de la Unasur, me han parecido decepcionantes.

Estaba en la bellísima ciudad ecuatoriana de Cuenca, participando de la III Cumbre Mundial Hambre Cero, junto a nueve ex presidentes iberoamericanos, autoridades ecuatorianas, directivos de FAO y otros organismos internacionales y numerosas ONGs de toda la región cuando me enteré de la decisión, que me parece extremadamente equivocada. Y si a eso agregamos que la excusa para la separación es la situación por la que atraviesa Venezuela, el error se duplica: una mala decisión tomada por una mala razón. Estoy totalmente de acuerdo con el canciller argentino Faurie cuando dice que el error que se está cometiendo con la Unasur es usarla como tribuna de discusión ideológica y política. Entonces la pregunta sería: si nos vamos de la Unasur aduciendo diferencias ideológicas con uno de los miembros, ¿no nos estamos comiendo al caníbal? ¿No estamos cometiendo el mismo error que pretendemos enmendar?

Si se miran los indicadores mundiales que proporcionan distintos organismos internacionales en torno de equidad, pobreza, inclusión, hambre, violencia, etc. –cuestiones que caracterizan a un mundo en crisis– se verá que es en la Europa integrada donde se encuentran los mejores índices de desarrollo humano y bienestar social. No es una casualidad. Es la existencia de un sistema de unidad regional que contribuye solidaria y equitativamente a mantener altos niveles de satisfacción de los derechos humanos y sociales en cada uno de sus países miembros.

En ese espejo nos miramos los sudamericanos cuando, a comienzos de la década de los  80 del siglo pasado, iniciamos el proceso de fundación del Mercosur.

En el año 2004, me tocó protagonizar la creación de la Comunidad Sudamericana de Naciones, luego llamada Unión Suramericana de Naciones (Unasur).

 En la Tercera Cumbre Su-damericana de Jefes de Estado, celebrada en Ayacucho –lugar con una intensa carga simbólica, puesto que allí Antonio José de Sucre, luchando bajo el estandarte de Simón Bolívar, venció a la última tropa imperial española en América del Sur el 9 de diciembre de 1824–, se da cauce a la iniciativa y, siendo yo presidente de la Comisión de Representantes Permanentes del Mercosur, se me comisiona para avanzar en las negociaciones para constituir la Unasur, que finalmente dieron como resultado la firma de su tratado constitutivo por parte de los jefes de Estado y de gobierno de la totalidad de los países de América del Sur, el 23 de mayo de 2008 en la ciudad de Brasilia.

Esta asociación se proponía la integración física, económica y cultural de los 12 países sudamericanos para hacer frente a los desafíos de la globalización.

Se materializó de esta manera la existencia del mayor espacio integrado del mundo –2 millones de kilómetros cuadrados, más grande que Rusia, que es el país con más superficie del planeta–, el de mayor diversidad biológica y el que contiene una de las mayores reservas de agua potable del planeta e inmensos recursos energéticos, tanto renovables como no renovables.

Fue un proyecto que nació con muchas aspiraciones integracionistas y que hoy atraviesa una seria crisis: seis países sobre 12 integrantes de Unasur han dado un paso atrás y no sabemos si se va a continuar con ese proceso.

Me parece atroz que alguien piense que eludiendo y aislando se encuentran soluciones. Y me parece de muy poca visión estratégica arrojar por la borda tantos años, tantos esfuerzos y tantos recursos.

Creo que la decisión más acertada sería retomar las ideas originarias y establecer una “regla de oro”  que establezca que todos los países miembros son iguales, más allá del tamaño, la ubicación o las condiciones económicas, y que ningún país puede entrometerse en la política interna de otro país miembro.

Porque solamente unidos podemos enfrentar con éxito el mayor proceso de concentración de la riqueza en la historia de la humanidad.

De otra manera, no avanzaremos en la lucha contra la exclusión, la pobreza y el hambre, no eliminaremos las manifestaciones de inseguridad y violencia que azotan a la región y dejaremos de soñar un mundo que viva en paz, igualdad y justicia.

Me parece poco inteligente no darse cuenta de que negociando de a uno y por separado con los poderosos del mundo, los sudamericanos somos inevitablemente perdedores.

*Ex presidente de la Nación.


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