05 dic 2020
POLITICA |A 10 años de su fallecimiento
lunes 26 octubre, 2020

Cinco anécdotas sobre la muerte de Néstor Kirchner

"Salvo que me muera antes" es lo que dijo el expresidente sobre su candidatura. Y sucedió. Qué pasó días previos, El Calafate y relatos de la casa y la funeraria.

Cristina y Máximo Kirchner despiden los restos de Néstor Kirchner en Casa Rosada. Foto: Noticias Argentina
lunes 26 octubre, 2020

Cinco anécdotas extraidas del libro "Salvo que me muera antes", de Editorial Sudamericana sobre Néstor Kirchner y su fallecimiento. 

  • “¿Qué carajo tienen que ver las encuestas?”

Dos semanas antes de su muerte, en un encuentro en la residencia de Olivos con dirigentes oficialistas y encuestadores, Néstor Kirchner fue muy explícito.

—Muchachos, el próximo presidente voy a ser yo salvo que me  muera antes —les aseguró.

Uno de los presentes registró la asistencia de los funcionarios Juan Manuel Abal Medina y Diego Bossio, y de los consultores Doris Capurro y Roberto Bacman, entre otros.

—Ustedes dos van a jugar en primera. Quiero patear el tablero y renovar todo —les prometió Kirchner a Abal Medina y a Bossio.

No fue lo que les había dicho a un par de dirigentes bonaerenses que lo acompañaban desde el 2000, con los cuales se encontró en la Casa Rosada dos meses antes.

—Volvemos nosotros, Flaco, los viejitos —le dijo a uno de sus interlocutores, en una alusión crítica a la preferencia de Cristina por rodearse de dirigentes más jóvenes.

"Volvemos nosotros, los viejitos", dijo en alusión a la preferencia de Cristina por rodearse de dirigentes más jóvenes 

Iba con ellos el sindicalista Edgardo Depetri, a quien Kirchner conocía desde Santa Cruz, donde era uno de los referentes de los empleados estatales.

—Ojo que las encuestas le dan mejor a Cristina —alertó Depetri.

—Sí, pero a mí las encuestas me chupan un huevo. ¿Qué carajo tienen que ver las encuestas? ¡El candidato soy yo!

 

  • “En la casa no tenían nada de nada”

La ambulancia del hospital de El Calafate estacionó frente a la puerta principal del suntuoso chalet minutos después de las ocho de la mañana del miércoles 27 de octubre de 2010. El médico Claudio Cirille y el enfermero Pedro Corregidor subieron las escaleras al trote y en un dormitorio del primer piso que les pareció amplísimo encontraron al ex presidente Néstor Carlos Kirchner tendido boca arriba en la cama matrimonial, vestido con un pijama azul. Parecía que dormía plácidamente, salvo por tres detalles: la sábana de la parte superior y la colcha habían sido retiradas y yacían descuidadas a un costado; además, Kirchner tenía un raspón en la frente, a la izquierda de su rostro.

El tercer detalle que completaba ese cuadro irregular era que Benito Alen González, uno de los médicos contratados para cuidar la salud de la familia presidencial, le hacía masajes cardíacos ayudado por un monitor portátil del tamaño de una tablet, que registraba la actividad eléctrica del corazón de la persona más poderosa de la Argentina.

Recién despertado, agitado, visiblemente nervioso, Alen González presionaba el pecho de Kirchner hasta que la voz impersonal del monitor le ordenaba: “¡Detenga maniobra!”. El médico presidencial alzaba sus manos, fijaba la vista en la pantalla, pero nada: se iban las ondas y la línea volvía a estar recta; el corazón de Kirchner no latía por sí mismo, sin la ayuda de los masajes. Y Alen González continuaba con las maniobras de reanimación.

En contraste con el poderío y la riqueza del paciente, el cuidado de su gastado corazón era muy precario: Alen González no era cardiólogo sino especialista en cabeza y cuello, y ni siquiera contaba con un desfibrilador, un aparato portátil para revertir las arritmias cardíacas más comunes que cuesta entre 24 mil y 60 mil pesos. Y era el único integrante de la Unidad Médica Presidencial que esa semana había viajado al sur con los Kirchner, primero a Río Gallegos y luego a El Calafate.

 “Creo que eso es lo que más me llamó la atención y lo que aún hoy llama la atención a todo el mundo: en la casa no tenían nada de nada; el monitor era solo eso, un monitor para registrar si había o no actividad cardíaca. No tenían posibilidad de hacerle una desfibrilación o una cardioversión”, recuerda Cirille.

  • “¡Y mandate a mudar de acá!”

A los cuarenta y cinco minutos de iniciadas las maniobras de reanimación en el shock room del hospital, el doctor Rodrigo Sabio consultó con la mirada a los médicos y a los enfermeros que lo rodeaban. No hubo necesidad de que nadie hablara: todos coincidieron en que Kirchner estaba irremediablemente muerto. Y que había que decirle a su compañera y esposa —a la Presidenta—, que seguía allí, sentada en el suelo de goma.

La médica Patricia Pérez volvió a acercarse donde estaba Cristina Kirchner.

—Doctora, hemos hecho todo lo que hemos podido. Ya no hay nada más que hacer, lamentablemente.

Eran las nueve y cuarto. Cristina la miró, le agradeció y se paró.

—Ya está, déjenlo, no lo toquen más a Néstor. Les agradezco todo lo que hicieron, pero no hagan más nada —les dijo.

Los médicos y enfermeros enfilaban hacia la salida cuando Rudy Ulloa entró a los gritos. No era solo una persona de total confianza de  Kirchner; también funcionaba como puntero político mayorista y empresario de medios periodísticos ultra K. Un hombre de pelea, el jefe del grupo de choque de Kirchner en Río Gallegos, un “lupinero” de la primera hora, casi un hermano menor para el ex presidente.

Rudy Ulloa entró a los gritos mientras intentaban reanimar a Néstor Kirchner

—¿Cómo es que nadie está haciendo nada? ¡Vamos, reanímenlo! ¡No sean tan hijos de puta! —les ordenó.

—¡Pará de gritar, loco! Fui yo quien les dio la orden; ya no hay nada que hacer. ¡Y mandate a mudar de acá! —lo cruzó Cristina Kirchner, que nunca le tuvo mucho aprecio, al igual que a otros miembros del círculo íntimo de su marido.

  • “¿Cuánto me va a salir esto?”

En el cuidado parque del chalet de los Kirchner, el funebrero Walter Yosver permanecía atento a si la Presidenta, sus familiares o sus asistentes necesitaban sus servicios en el velatorio íntimo, a cajón abierto. En un momento, se le acercó Javier Belloni, el intendente ultra K de Calafate, como llaman los santacruceños a esa hermosa villa turística.

Belloni utilizaba una técnica rudimentaria pero provechosa para lograr beneficios del gobierno nacional, desde obras y subsidios hasta artistas afines para el Festival Nacional del Lago, que se celebra en febrero de cada año, como Ignacio Copani, La Mancha de Rolando y León Gieco: oficiaba de chofer presidencial cada vez que los Kirchner visitaban sus dominios.

—¿Cuánto me va a salir esto? —quiso saber Belloni.

—Veinte lucas.

—¿Tanto? ¿No me podés afilar los números?

—No, es el costo que recién me pasaron desde Gallegos. Es un cajón muy importante, el mejor.

Siempre estuvo en claro que todo el costo del velatorio privado de Kirchner —equivalía a unos cinco mil dólares— sería pagado por la Municipalidad calafateña, como si el fallecido hubiera sido uno de esos vecinos que no tenían dinero para afrontar su propio funeral.

  • “Yo no soy ninguna vieja chota”

A las ocho y media, cuando estaba oscureciendo, el doctor Buonomo llamó al funebrero.

—Cerrá el cajón.

—¿Van a Buenos Aires?

—Sí.

Hasta ese momento se especulaba con que el ex presidente fuera velado en una ceremonia abierta al público en Río Gallegos —en la Casa de Gobierno que ocupó durante tres períodos consecutivos— o en Buenos Aires, donde aparecían dos lugares alternativos: el Congreso o la Casa Rosada.

El cierre del cajón es el momento crítico de un velatorio; el desgarrador instante de la despedida. Yosver se paró en una de las puntas del cajón, con el soldador en la mano derecha y una cajita con herramientas en la izquierda.

Primero, habló Cristina, los ojos llorosos clavados en el rostro de su compañero durante más de treinta y cinco años, la voz quebrada por el dolor.

—Pensar que trabajamos tanto. Nos vinimos al sur tan jóvenes y ahora te vas y me dejás sola. Pero, quédate tranquilo: yo te voy a hacer quedar bien… ¡Te amo! ¡Te voy a extrañar siempre!

Luego, fue el turno de su hijo, Máximo.

—Chau papá. Te juro que a todos los que te hicieron esto... ¡los voy a hacer mierda! 

Cuando Cristina se retiraba, un comedido la tomó del brazo para ayudarla a bajar el escalón del desnivel de ese sector del living.

—Llévenla, llévenla hasta el ….

Yo no soy ninguna vieja chota para que me anden llevando. Me voy porque no soporto el ruido de ese soldador —lo interrumpió la Presidenta, rápidamente recompuesta de la despedida, en el velatorio íntimo,


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