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SOCIEDAD / #noesno
sábado 15 diciembre, 2018

Thelma: un antes y un después

Fue una imagen fuerte, de aquellas que traspasan la pantalla y perforan las conciencias.

por Bernarda Llorente

Admirable. Así califica la autora el “cambio cultural” del movimiento de mujeres. Foto: telam
sábado 15 diciembre, 2018

Fue una imagen fuerte, de aquellas que traspasan la pantalla y perforan las conciencias. El relato de Thelma Fardín y las setenta actrices que la custodiaron desde la contención, la decisión, la empatía, puso palabras donde había silencio y logró acallar, al menos un rato, hasta las voces más machistas que habitualmente repiquetean en los medios. Desmarcarse fue el instinto de supervivencia de quienes difícilmente resistan un archivo, o se sienten “amenazados” ante la explicitación del “no nos callaremos” y “esto recién empieza”.

La denuncia de violación de Juan Darthés a una adolescente de apenas 16 años no se diluyó en la duda o en el intento de culpabilizarla.  Posee la verosimilitud de la reiteración, del ejercicio de poder que exige el abuso, del “fuerte” y el “débil”, del desamparo de la menor y el avasallamiento e impunidad que pueden dar los años mal llevados y una fama que confunde. El “galán” prefabricado a fuerza de ficciones parece creer que la realidad se rinde a sus “encantos”. El último intento desesperado de transmutar de acosador a acosado no solo parece de “manual”, tampoco suena convincente.

Thelma venció el “escarnio” individual y logró proyectarlo en un hecho colectivo. El “por algo será” que supo repetir parte de esta sociedad en tiempos de dictadura tiene su correlato actual: la víctima como artífice de sus desgracias. No serlo implica “sacarte mil capas de miedo. Miedo a no tener trabajo, a que te rompan; a verte como una mujer de segunda mano, como una traumada, que te marquen como mentirosa, que te marquen…”. La violación siempre es estigmatizante. A Thelma le llevó nueve años animarse a nombrarla. Contó con el apoyo del colectivo de actrices, dispuestas a romper con los “protocolos” de un “show business” que suele reflejarse en los trazos gruesos del machismo. Al universo masculino la industria suele reservarle el lugar de privilegio: los mejores sueldos, cartel, decisión, protagonismo. La impunidad mediática de los varones forma parte del combo. Los medios nos han taladrado con estereotipos de género, con varones que eligen y deciden y mujeres que consienten. Con niñas y adolescentes hipersexualizadas, que se mueven como adultas y las visten como tales. El trabajo infantil, “cuestionado” en otros ámbitos pero “naturalizado” en el entretenimiento, también debe dar respuestas. En el caso de Thelma, que no es único aunque tal vez sea el más grave conocido, hay responsabilidades de productoras y canales que no supieron protegerla.       

Darthés es un producto exacerbado de la sociedad donde vive y donde actúa. El “mirá cómo me ponés” no es una frase antojadiza. El ejercicio del poder como alimento del “placer”: doblegar al otro, cazarlo, convertirlo en “trofeo”, son parte de las asimetrías que empoderan una masculinidad ya demasiado vieja y, ante todo, dañina.

Resulta sorprendente y admirable la velocidad del “cambio cultural” que está produciendo el movimiento de mujeres. Hay originalidad, nuevas formas de comunicar, horizontalidad en el discurso. Son referentes de una ola imparable. Tras la denuncia apalancada por el colectivo de actrices quedó una sociedad conmovida que aspira a que muchas cosas cambien.  

Desde Macri, que explicó por qué se sacaba a Darthés de una campaña contra la violencia de género de la que increíblemente formó parte, a los vecinos de Nordelta, que días atrás saltaron a la tapa de los diarios por su “apartheid local” contra sus empleadas domésticas, casi todos quisieron diferenciarse del actor y quedar cerca de sus víctimas.

Más allá de la condena social y mediática, la Justicia tendrá que pronunciarse y ojalá que lo haga con fallos que den cuenta del pasado para proyectar otro presente. La denuncia con fundamentos es el camino. Hoy se transita por la cornisa de judicializar lo judicializable, y al mismo tiempo ser capaces –como sociedad– de formar a mujeres y varones que no deban transitar esos pasillos porque se sabe que, cuando la Justicia interviene, el mal ya está hecho y suele ser irreparable.

*Experta en Medios, Contenidos y Comunicación. Politóloga.


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