El escenario internacional desacomodó la estrategia exterior de la Casa Rosada. El traspié electoral de Donald Trump en los EE.UU. golpeó al oficialismo y debilitó el respaldo financiero que el Gobierno esperaba desde Washington. Para una gestión que convirtió el alineamiento ideológico en regla y confundió deseos con geopolítica, el resultado en el norte expuso el riesgo de haber apostado todo el capital diplomático a un solo casillero sin plan alternativo.

Ese sacudón externo impactó en los empresarios, que veían en la sintonía con la Casa Blanca un paraguas frente a la guerra comercial global hoy advierten que ese escudo perdió fuerza. Sin embargo, detrás del discurso contra el “comunismo”, la gestión muestra una dualidad concreta: mientras las fábricas locales sufren el ingreso de manufacturas terminadas desde Asia por la apertura comercial, en el Ministerio de Economía un sector pragmático nunca cortó puentes con Beijing. Al contrario, cuidan el vínculo con reserva y mantienen el swap de monedas con China como último respaldo de dólares líquidos ante una eventual corrida cambiaria.

La apertura de exportaciones resulta un problema mayor para los productores nacionales.

La urgencia para Balcarce 50 es la macroeconomía. Por eso, Luis Caputo activó medidas de alivio parcial. Bautizado “plancito” por los industriales, el esquema apenas posterga la ejecución de embargos para dar aire a las fábricas. “No entienden la gravedad del problema”, advierten desde una importante central fabril.

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Para dimensionar el atraso que implica discutir solo la planilla fiscal mientras se achica el entramado productivo, basta repasar The New China Playbook, de la economista Keyu Jin. La autora desarma el mito occidental y explica que el verdadero “subsidio” chino es “la arquitectura de costos” diseñada desde el Estado antes de que la mercadería llegue al puerto. El eje del modelo parte de una premisa: “Lo que compite con el mundo no puede cargar con los costos del ‘país doméstico’”, por lo que China “no subsidia el acto de exportar; subsidia la capacidad de producir” con energía barata, acero, logística integrada y “finanzas subordinadas a la producción” vía créditos a quince años.

El planteo de Jin contrasta con el programa económico local: “Sin desacople transable, sin insumos competitivos, sin crédito productivo, sin infraestructura y sin disciplina sistémica, ningún tipo de cambio ni apertura/cierre puede construir competitividad”. En la Argentina pasa lo opuesto: se exige alas PyMEs y a las plantas industriales competir de igual a igual contra contenedores asiáticos, pero cargando con tarifas eléctricas dolarizadas, rutas deterioradas, tasas de interés prohibitivas y una presión impositiva que el Estado se niega a bajar para no perder recaudación en el corto plazo.

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Pero esa mirada de corto plazo no solo golpea el presente fabril; también deja al país afuera de la transformación científica que ya cambia la matriz productiva mundial. Mientras la Casa Rosada recorta el presupuesto de universidades, laboratorios y centros de investigación por considerarlos un gasto innecesario, el mundo avanza hacia lo que el fundador de Google Deep Mind, Demis Hassabis, y el sistema GNoME definieron como “una nueva frontera para la industria”. Combinando IA con cálculos de física cuántica, identificaron “aproximadamente 2,2 millones de nuevas estructuras cristalinas, de las cuales unas 380.000 fueron clasificadas como candidatas termodinámicamente estables”.

Este avance cambia de raíz las reglas productivas: la IA permite “pasar de descubrir materiales a diseñar soluciones”, definiendo primero qué propiedad física requiere una industria –desde “superconductores de uso práctico más amplio” y baterías con el doble de densidad hasta “cementos, aislantes y estructuras innovadoras”, “catalizadores y procesos más eficientes” en la química o “fermentación de precisión” en alimentos– para buscar luego la combinación atómica exacta que la resuelva, del mismo modo en que la naturaleza diferencia al diamante del grafito usando el mismo átomo de carbono.

La señal para la Argentina expone el límite de apostar el futuro económico solo a la extracción primaria de Vaca Muerta, el cobre o el litio. En esta etapa, “la escasez no depende solamente de la cantidad de recursos que existen en la naturaleza. También depende del conocimiento que tenemos para utilizarlos, transformarlos o sustituirlos”. Bajo esa lógica, “la próxima revolución industrial podría no consistir solamente en producir más rápido, mejor y más barato”. “Podría consistir en producir cosas diferentes, con materiales diferentes, mediante procesos diferentes, para resolver problemas que hoy todavía no sabemos resolver”, dice.

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Un país con recursos naturales que desfinancia su sistema científico corre el riesgo de enterarse tarde de que un laboratorio en Londres o Silicon Valley diseñó un material sintético capaz de reemplazar sus materias primas sin dejar valor agregado en el territorio local. Entre el impacto político por el revés de Trump, el vínculo silencioso con China para evitar tensiones cambiarias y el “plancito” frente a la recesión, el Gobierno festeja el superávit de corto plazo mientras desarma las áreas de ciencia y tecnología. En esa distancia entre la urgencia financiera de hoy y el desarrollo productivo del futuro se juega no solo el resultado electoral de octubre, sino el lugar que ocupará la Argentina en los próximos años.