ARTEMIS II: MISIÓN A LA LUNA

Los efectos secundarios de Artemis II: qué le pasa al cuerpo de los astronautas en el espacio

Los tripulantes de la misión de la NASA enfrentarán condiciones extremas que alteran desde la estructura del corazón hasta la expresión genética, en un entorno donde la radiación cósmica no da tregua.

Tripulación de la misión Artemis II de la NASA Foto: GTLZA NASA

El lanzamiento de la misión de la NASA a la LunaArtemis II, no solo despertó el entusiasmo por la exploración espacial, sino que reabrió un debate médico que la humanidad arrastra desde la era Apolo. El viaje, que llevará a cuatro astronautas a orbitar nuestro satélite natural, representa un salto al vacío en términos de exposición biológica.

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A diferencia de las misiones en la Estación Espacial Internacional (EEI), donde el campo magnético terrestre todavía ofrece un escudo protector, los viajeros de la Artemis se adentrarán en un bombardeo constante de partículas energéticas.

La historia de la medicina espacial demuestra que el cuerpo no es un pasajero pasivo: se transforma, a veces de manera irreversible, apenas abandona la protección de la atmósfera.

La base científica más sólida para comprender este fenómeno reside en el NASA Twins Study, un informe de rigor absoluto publicado por la revista Science el 12 de abril de 2019. En dicha investigación, liderada por el doctor Christopher Mason de Weill Cornell Medicine, se realizó un seguimiento exhaustivo a los hermanos Scott y Mark Kelly durante 340 días.

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"El estudio nos permitió observar cambios en la expresión de miles de genes, muchos de los cuales se activaron como una respuesta de auxilio del sistema inmunitario ante el estrés del espacio", explicó Mason en la presentación de los resultados. Este documento, que analizó una muestra comparativa de dos individuos genéticamente idénticos, es hoy la "Biblia" para los directores de vuelo de la agencia estadounidense.

Los cambios invisibles en la sangre y el corazón de los astronautas en el espacio

La ausencia de gravedad genera una confusión hidrodinámica inmediata. Sin la fuerza que empuja los líquidos hacia los pies, el plasma sanguíneo migra hacia el torso y la cabeza, engañando al organismo. El corazón, al detectar un supuesto exceso de volumen, decide que ya no necesita latir con la misma potencia y comienza un proceso de atrofia muscular que lo vuelve más esférico.

"El corazón se vuelve perezoso en el espacio porque no tiene que bombear sangre cuesta arriba contra la gravedad", detalló en su momento el doctor Benjamin Levine, cardiólogo del UT Southwestern Medical Center. Este fenómeno no es menor: al regresar a la Tierra, muchos astronautas sufren de hipotensión ortostática, una incapacidad del sistema circulatorio para mantener el flujo de sangre al cerebro al ponerse de pie.

Este desplazamiento de fluidos también impacta de lleno en la visión. La presión intracraneal aumenta y presiona la parte posterior del globo ocular, aplanándolo y dañando el nervio óptico.

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Es lo que la comunidad científica denomina Síndrome Neuro-Ocular Asociado al Espacio (SANS). Para un piloto de la misión Artemis, este deterioro visual podría ser crítico durante las maniobras de reentrada, lo que obliga a la NASA a desarrollar protocolos de ejercicios de presión negativa para succionar los fluidos de regreso a las piernas.

El esqueleto que se desvanece y el reloj biológico

La estructura ósea es quizás la que más sufre. En el vacío, los osteoclastos (células que descomponen el hueso) superan a los osteoblastos (las que lo forman). El resultado es una pérdida de densidad ósea que puede alcanzar el 1,5% mensual. Es, literalmente, envejecer décadas en apenas unas semanas de misión.

Para combatir esto, los astronautas deben someterse a rutinas de ejercicio de resistencia de alta intensidad, aunque los datos del informe de Science sugieren que ni siquiera el entrenamiento más riguroso logra compensar totalmente el desgaste en zonas críticas como la cadera y la columna vertebral.

Pero lo más inquietante ocurre a nivel molecular. Durante el año que Scott Kelly pasó en órbita, los científicos observaron que sus telómeros —las puntas protectoras de los cromosomas— se alargaron inesperadamente. No fue una señal de rejuvenecimiento, sino una respuesta al estrés radiactivo. Al aterrizar, esos mismos telómeros se acortaron de forma drástica, dejando al astronauta con un perfil biológico más vulnerable.

La radiación en el espacio profundo es cientos de veces superior a la de la Tierra, y el riesgo de daños cromosómicos permanentes es una variable que la misión Artemis II deberá monitorear minuto a minuto. 

LV CP