Adorni y el hubris
El poder suele alterar mucho más que las convicciones. A partir del concepto de hubris, formulado por el excanciller británico David Owen, Duran Barba examina cómo el endiosamiento, el aislamiento y la adulación terminan deformando a los gobernantes, hasta convertirlos en caricaturas de sí mismos. El caso de Milei sirve como punto de partida para una reflexión más amplia sobre los peligros del liderazgo carismático y la necesidad de preservar la modestia frente a los espejismos del poder. La experiencia de quienes asesoraron campañas presidenciales en buena parte de Iberoamérica sirve aquí para analizar ese fenómeno y preguntarse si Milei empieza a recorrer el mismo camino.
Hemos colaborado en campañas presidenciales en los tres países más grandes de Iberoamérica y con candidatos o gobiernos de al menos otros ocho países. Hemos podido tratar con decenas de presidentes y personajes de primer nivel en los últimos 40 años.Casi todos fueron víctimas del síndrome de hubrys.
David Owen desarrolló este concepto en sus textos The Hubris Syndrome: Bush, Blair and the Intoxication of Power y In Sickness and in Power: Illness in Heads of Government During the Last 100 Years. Psicólogo y canciller del Reino Unido, lo tomó de los griegos que creían que los seres humanos estamos condenados a cumplir con un destino en contra del que no debemos rebelarnos. Si intentamos hacerlo competimos con los dioses, caemos en la desmesura y ellos envían a Némesis para precipitarnos en la tragedia.
Hubris significa desmesura, endiosamiento.
Según Owen, “los políticos víctimas del hubris tienen una propensión narcisista a ver la realidad como una arena en la que buscan la gloria ejerciendo el poder.” Se comportan de manera impulsiva, creen ser infalibles, hablan de sí mismos usando el plural mayestático “nosotros” o en tercera persona, como si fuesen voceros de un “presidente” extraño a ellos mismos.
Según Owen, estos personajes suponen que todos conspiran en su contra. La humanidad está obligada a optar entre ellos que son el bien, o sus enemigos que son el mal, aun ante sus caprichos.
La verdad es que cuando alguien asume la presidencia de un país, decenas de lobistas, empresarios, y autocandidatos a cargos altos, averiguan su teléfono que de pronto se ha convertido en alguien maravilloso.
Llegan los homenajes, los cocteles, las escoltas y los coches oficiales que se convierten en calabaza como la carroza de Blanca Nieves cuando termina el gobierno, momento en el que los cortesanos buscan un nuevo teléfono.
Mareados por el boato, algunos mandatarios creen que pueden hacer cualquier cosa, destruir a los adversarios, a la prensa, a fantasmas ideológicos, o a quien discrepe con sus puntos de vista. Ingresan a una puerta giratoria en la que todos los políticos corren, a veces persiguiendo y a veces siendo perseguidos, en una carrera que hace que la gente, termine detestando a todos sus protagonistas y buscando alguien que esté afuera.
El Milei que acompañaba a la gente y compartía sus sentimientos y emociones, está siendo reemplazado por un político tradicional, que habla de lo que interesa a los políticos, intercambia insultos y acusaciones con ellos, no comunica emociones que le conectan con la gente.
Las últimas semanas permitió que el empecinamiento de uno de sus empleados por permanecer en el cargo, fuera la noticia más relevante que opacó todos sus logros en el área económica. Las peleas entre políticos, con o sin razón, es una de las razones por la que en la mayoría de las elecciones la gente busca a candidatos que estén fuera del albañal.
La vida es más sencilla de lo que parece cuando los reflectores del poder nublan la vista. Dentro de algo más de un año habrá elecciones y, si sigue por esta senda, Milei será reemplazado por alguno de los que persiguió. No pasará a la historia que Adorno se mantuvo unos pocos meses más en el puesto. Tampoco los ataques a Cristina, que de tanto repetirse la han colocado entre las figuras con menos rechazo en el país.
Es mejor evitar el hubrys, servir con modestia. Los profetas son peligrosos y normalmente terminan produciendo tragedias. Como dice Primo Levi en Si esto es un Hombre: “Hay que desconfiar de quien trata de convencernos con argumentos distintos de la razón, es decir de los líderes carismáticos: debemos ser cautos en delegar en otros nuestro juicio y nuestra voluntad. Puesto que es difícil distinguir los profetas verdaderos de los falsos, es mejor sospechar de todo profeta; renunciar a la verdad revelada, por mucho que exalten su simplicidad y esplendor, aunque las hallemos cómodas porque se adquieren gratis. Es mejor conformarse con otras verdades más modestas y menos entusiastas, las que se conquistan con mucho trabajo, poco a poco y sin atajos por el estudio, la discusión y el razonamiento, verdades que pueden ser demostradas v verificadas.”
Los profetas de todas las tendencias son maniquíes, se sienten dioses y demonizan a sus adversarios. Crean una mitología conspirativa en la que existen buenos y malos, burgueses y proletarios, creyentes y herejes, zurdos y patriotas, demócratas y terroristas.
Todo vale para combatir a los disidentes. Desconfían de la división de poderes, de la justicia independiente, de la libertad de prensa, de todo lo que limite su omnipotencia. Dioses de plástico, ni siquiera son divertidos como los antiguos dioses, que entraban en trance, hablaban lenguas extravagantes, nacían de madres vírgenes fecundadas por una pluma de colibrí como Huitzipotlli y hacían milagros.
Muchas cosas por la que dan la vida quienes están atontados por el boato, son cosas sin importancia que distraen y no permiten llevar adelante las ideas que todos lo que llegan al poder tienen.
*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.
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