opinión

Aguas vivas

Publicó un libro dedicado a las piletas que visitó en Berlín durante una estadía de seis meses.

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Mi amigo Juan Vitulli ganó el premio de narrativa de la Feria del Libro con una colección de cuentos que Beatriz Viterbo va a publicar en un par de meses. Además de escritor y profesor de literatura barroca española en Estados Unidos, el rosarino Vitulli es nadador. Es un narrador nadador. Los seres humanos han encontrado muchas maneras de dividirse, pero una es entre los que nadan y los que no nadan. En un tiempo yo nadé en el mar, pero Vitulli es de la variante pileta (no hay mar en Rosario, Santa Fe, ni tampoco en Nashville, Tennessee, ni en Notre Dame, Indiana que son los lugares en los que vivió). Hace poco publicó un libro dedicado a las piletas que visitó en Berlín durante una estadía de seis meses y en sus cuentos suelen aparecer las piletas de las que no puede prescindir por más de dos días. En fin, un maniático.

   Debería haber (estoy seguro que hay) un libro dedicado a los libros que se ocupan de la natación. Cuando paso cerca de uno trato de leerlo porque la experiencia de nadar es al mismo tiempo incomparable y accesible para todo el mundo (no sé si hay alguna actividad que tenga esas mismas características, salvo tal vez el sexo, que requiere de menos infraestructura). Hace poco leí un libro de Carlos Ríos (que sí nació en el mar, en Santa Teresita) y se llama Diario de chapuzones, donde da cuenta de sus baños de mar durante un período de su vida (especialmente en Mar del Plata). Ríos tiene la costumbre de que sus obras tengan algo de esotérico y, en particular, no queda del todo claro qué cosa son sus chapuzones. En contraste, la misma editorial Bosque Energético, que se especializa exclusivamente en publicar diarios, tiene otro de tema acuático: el Diario de una guardavidas, de la poeta, profesora, traductora, ajedrecista, nadadora (y guardavidas) chilena Natalia Figueroa Gallardo, que se ocupa de una temporada que pasó cuidando profesionalmente las playas de Coquimbo y La Serena. 

   Cuando nadábamos cotidianamente, con Flavia teníamos contacto con los guardavidas de San Clemente, cuyas actividades se parecen mucho a las que describe Figueroa, solo que en sus playas hay menos bañistas y más tiempo para la reflexión. Me pareció que el cuerpo de guardavidas de allá está algo menos militarizado que el de acá, donde con cada año que pasa los antiguos bañeros ligados a cierta bohemia, se van convirtiendo en funcionarios provinciales un poco burocráticos, demasiado obsesionados con las cuotas de rescates y la represión obsesiva de los que se meten al agua sin saber nadar. 

   En cualquier caso, la prosa de Figueroa Gallardo tiene una impronta distinta a la que uno imagina en alguien que hace tanto ejercicio físico al aire libre y está en contacto permanente con el océano. Su diario es un libro esencialmente triste, atravesado por un amor lésbico contrariado, pero también por cierto aislamiento del medio, por la desconexión con sus colegas y la desconfianza con los bañistas. Hay en él, sin embargo, una sensualidad que pasa tanto por el cuerpo de sus amantes como por la inmersión en el agua, la recolección de mariscos, la práctica del snorkel, en fin, por una intensa forma de vida. En algún momento, Figueroa afirma abominar de las abstracciones para lanzarse hacia un mundo sin palabras. Hay sinceridad y dolor en esa experiencia signada por la aspereza.