A través de la obsesión de Milei con el periodismo es posible indicar parte de los modos en que la sociedad moderna razona el vínculo entre pensamiento e influencia. La idea sencilla se basa en cierta asunción de riesgo o beneficio, dependiendo del punto de vista, en torno a que la opinión ciudadana sería, en demasiadas ocasiones, el resultado de una influencia externa y no el producto de una conciencia autónoma que reflexiona cotidianamente desde su lado interno qué pensar o no pensar sobre las cosas del mundo. La confianza en las personas, en sus chances de comprender lo que sería bueno o lo malo, bajo el punto de vista del mismo Milei, sería en realidad escasa. Así, a Milei lo rodearía una sociedad de individuos influenciables y de escasa calidad de defensa propia. El rol de él sería entonces, el de constituir una contra influencia, no para mejorar la capacidad de pensamiento de estas personas, sino para influenciarlos a su gusto.
Estas cuestiones han recibido para su reflexión el nombre de ideología, y suponen desde siempre, una cierta distancia entre modos de observar el mundo y el mundo en sí mismo, en tanto este estaría en condiciones de inaccesibilidad para quien intente comprenderlo producto de una ideología que a su vez tampoco puede evidenciar. Es decir, las personas serían víctimas de un problema duplicado: por un lado el no acceso a la cosa real, y por el otro la incomprensión de esa condición de no acceso por parte de ellos mismos como resultado de una manera de condicionar el modo de mirar su propio ambiente cotidiano por una ideología que no detectan. La arquitectura conceptual del marxismo se debe en casi su totalidad a esta insistencia conceptual, y en cierta forma Milei, es un heredero de esta tradición.
El camino que inaugura Marx y sus herederos no es solo el de la indicación de un problema ideológico que oculta una realidad objetiva potencialmente observable, sino el de un llamado a la acción para contrarrestar este obstáculo. Bajo este impulso, el mundo pasa a ser no solo un escenario de combate, sino la consecuencia de una concepción del futuro como resultado de las acciones transformadoras del presente, de modo que las ideas de destino como camino inmodificable, o las de tradición como fijación del tiempo en una esencia eterna, quedan algo en desuso e inaplicables más que como proyectos marginales. Milei podría ser representado como un conservador, pero como aquel que comprende que el tiempo próximo será diferente al actual producto no de la providencia o de un proceso que requiere ser fijado, sino como el accionar profano y secularizado de un combate con rivales. La confianza en el mercado se basa en una idea de futuro producto de procesos que se construyen y adaptan en tensiones presentes y que regalan beneficios de resultados que nunca se pueden conocer en particular, pero sí como logros supuestos por el descarte de lo malo, en beneficio de lo bueno.
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Pero a esto es posible agregarle una capa de consecuencias. La visión extrema de estas ideas tiene casi hogar exclusivo dentro del mundo del sistema político, y solo una relación de entretenimiento fuera de él. Si bien pueden encontrarse comentarios que reflejen estas ideas en diálogos informales entre conocidos o en una reunión de revisión de resultados de negocios en una empresa, o incluso con su dentista, poco es lo que esta condición asumida de combate ideológico puede influenciar en la naturaleza de estas relaciones. Sin embargo, para la política, tiende a ser un componente esencial del modo en que los conflictos entre gobierno y oposición son interpretados. Allí, justamente, es donde los medios hacen para Milei su ingreso en un formato no muy diferente al que tenían los regímenes comunistas en su obsesión con lo que denominaban como propaganda occidental y de influencia capitalista.
Los regímenes del bloque soviético y todavía chino, asumían y asumen cierto control respecto a lo que puede ser y no visto por su población, y aunque Milei como diferencia no estaría bloqueando esa posibilidad, entre ambos sobrevive la lectura de una chance de afectación generada por intenciones rivales con riesgos efectivos en sus resultados sobre la gente. Si Milei cae en la consideración de la gente, sería, por su modo de explicarlo, la consecuencia de un proceso técnico equivalente al que podría haber aumentado el desagrado en la República Democrática Alemana, producto de la influencia de los medios de la otra Alemania, cuya radio y televisión era sencilla de escuchar y observar, solo con las antenas por la misma cercanía. De esto modo, si no se hace algo, a la gente se le meten, supuestamente, ideas en la cabeza.
Esta mirada sobre el mundo traslada todo a una especie de “sobremundo” en el que no se trata casi nunca de la realidad, sino de las batallas ideológicas. Mientras Marx buscaba desenmascarar al mundo capitalista y su ideología, para permitir la llegada de una etapa posterior superadora sin explotadores ni explotados, la respuesta defensiva pasó a ser ya no solo un conflicto de mantenimiento del régimen, sino de una suerte de guardia de seguridad ideológica para casos amenazantes como este en un ejercicio presente que nunca termina. En las versiones extremas actuales, Milei y algunos de los suyos representan un universo de tensiones que solo tiene sentido bajo la sobrevivencia vigilada de un conflicto que no puede tener final, y en la que obliga a todos a subir la atención para evitar los golpes supuestos del contrario. La vida completa y total no puede ser observada más que como la continuidad interminable de una obsesión continua.
Probablemente para Milei sea tranquilizador encontrar supuestos ataques de enemigos. Su mundo tiene sentido solo bajo la condición de la confirmación de una amenaza que no solo debe ser denunciada, sino indicada para su público. En la marcha universitaria necesita encontrar las columnas de los partidos de la oposición, en el reformador de la casa de Adorni a un kirchnerista, en la baja de la tasa de natalidad a las políticas de género y diversidad (que lo deben haber afectado a él también, porque no tiene hijos), y en los periodistas a los mentirosos zurdos que solo le meten cosas a la gente para que no piensen por ellos mismos. Es bajo estas condiciones de sentido auto producido que Milei recobra energías, es allí donde se encuentra como un ser con razón de existencia, porque cuando la oposición cree que lo tiene contra las cuerdas, en realidad le otorga de nuevo, un motivo de ser.
Aunque la batalla se presente al público como un conflicto de culturas trascendental, en el que se juega la sobrevivencia de occidente y sus valores, se debe entonces preguntar por si esta tensión cumple o no alguna función en la reproducción de la sociedad actual. Milei no necesita ganar, no puede sentir que ya ha ganado, no puede tolerar demasiados éxito o logros; necesita que todo, en realidad, esté a punto de resolverse, pero que eso por cumplirse, no llegue nunca. Su función es la de ordenar la secuencia del conflicto político en partes, no la de resolverlo.
Nunca es tan feliz como en el Congreso peleándose con los “kukas” en el discurso, nunca se siente tan repleto de vida como visitando a Fantino o al Gordo Dan para burlarse entre ellos de los otros equivocados, y nunca se siente tan repleto de orgullo como en los viajes para ser reconocido en contextos de críticas a otros siempre amenazantes. Milei vive para la guerra, vive para el combate, y solo pide y ruega una cosa, que nunca dejen de discutirle y de decirle que está equivocado.
La sociedad de este tiempo no es finalmente la de la lucha de clases, sino la de las discusiones internas dentro del sistema político, que extiende sus garras, incluso cuando es liberal, para teñir a todo el mundo de una guerra propia, pero que logra con éxito exportar a otros ámbitos. Al final, Milei sí tiene una política de Estado, porque él como todos, termina encontrándole el gusto a la aventura de regular cosas.
* Sociólogo.