En 1967, Murena tradujo para la Editorial Sur en la Colección Estudios Alemanes unos Ensayos escogidos de Benjamin. Es el primer libro de Benjamin traducido al castellano. Y por esos años también tradujo Dialéctica del iluminismo de Adorno y Horkheimer. Murena es hoy prácticamente un autor olvidado y sólo un pequeño grupo de intelectuales que gusta citar a Martínez Estrada lo menciona por añadidura. Pero cuando lo hacen, olvidan el tema de sus traducciones. Hasta donde sé, que no es mucho, nada se ha escrito sobre el rol divulgador de Murena en relación a la Escuela de Frankfurt que, como vemos, es crucial.
En 1968, apenas dos años después de su aparición en francés, Elsa Frost tradujo Las palabras y las cosas, de Foucault para la Editorial Siglo XXI. Pero ahora que están tan de moda los 60 y los 70, cuando leemos sobre esa época observamos que nadie menciona a Foucault como una lectura de aquellos años. Parece ser lecturas de la posdictadura. ¿Cómo fue que Benjamin y Foucault se convirtieron en los autores cruciales de la Argentina de mediados de los 80 y los 90? ¿Qué vacío vinieron a llenar? ¿Qué uso se hizo de esas lecturas? Podríamos pensar que lo ocurrido fue producto de la inundación de traducciones de ambos autores, seguidos de biografías, estudios secundarios, coloquios universitarios y hasta fascículos coleccionables. Pero la industria cultural nos inundó con decenas de otros autores que no generaron tanto revuelo. ¿Cómo es posible que esos dos ensayistas –realmente críticos si los hay– hayan sido tan centrales en esos años? Hay allí una primera hipótesis a explorar y que tiene que ver con la crisis del marxismo. Caído el marxismo se buscó un inmediato reemplazo rápido en Benjamin y Foucault, que permitiría seguir siendo de izquierda sin ser pasar por Marx. Pero en buena medida se los leyó bajo el mismo modelo, bajo el mismo mito de origen que a Marx. Lo que Marx da –o daba– como nadie, es una filosofía de la historia, una teleología. Pero ni Foucault ni Benjamin dan eso. En el caso de Benjamin, es un gran ensayista fragmentario lleno de contradicciones y sensibilidades encontradas. Una iluminación no es una teleología. Una sensibilidad no es una ideología. Y Foucault es el gran pensador de los dispositivos disciplinadores; pero los dispositivos no alcanzan para explicar el mundo. Su inmensa potencia explicativa reside en su carácter específico. Sin embargo, se les pidió eso: una cosmovisión global. Se les hizo dar lo que ellos no daban en su lengua, en su contexto de origen. Habrá que evaluar qué efecto generó esta lectura. Entonces creo que, salvo algunas excepciones, Foucault y Benjamin funcionaron más como una tabla de salvación, un salvavidas, antes que como un disparador para una producción local de carácter crítico. Las lecturas locales de Benjamín y Foucault –insisto: salvo unas pocas excepciones– no parecen haber generado escrituras incisivas, agudas, polémicas y sí mucho de reproducción y de cita remanida.
Tal vez se pueda resolver este dilema, o cualquier otro dilema en torno a la traducción pensando en dos frases, ambas de Arturo Carrera en el prólogo a su traducción de Comienzo y fin de la nieve de Yves Bonnefoy. La primera, “traducción es devoción”. La segunda, “traducir no es repetir sino, ante todo, dejarse convencer.”