Borges y la infidelidad
Borges es un decantador de ideas. Escribe como un caminante consciente no de las huellas que deja sino de las que pisa, renovando sendas por los que han transitado tantos pensadores. Sus recorridos no son solemnes ni pretenciosos; juegan a la indagatoria del conocimiento, matizado con humor y nostalgia. De golpe surge la belleza de un postulado, una frase inesperadamente perfecta, una verdad posible. De éstas hay varias en uno de sus ensayos que más me gustan, “Nueva refutación del tiempo”, el último de su libro Otras inquisiciones. Amparado en grandes teorías –el idealismo de Berkeley o el empirismo de Hume– se permite deducir una argumentación que invalida la infidelidad, mucho más sofisticado y gracioso que los contratos entre parejas (abierta, cerrada, permitidos, poliamor, etc.) y menos burdo que el adulterio. Resuelve la atracción física con la metafísica. Al intercambiar propiedades del espacio al tiempo, anula lo consecutivo: así como no es posible la ubicuidad (estar en distintos lugares a la vez), tampoco lo contemporáneo (la correspondencia en el tiempo de distintos sucesos). El propio Borges traspone los atributos: “El tiempo no es ubicuo”.
Pero vayamos al párrafo álgido: “Niego, en un número elevado de casos, lo sucesivo; niego, en un número elevado de casos, lo contemporáneo también. El amante que piensa: ‘Mientras yo estaba tan feliz, pensando en la fidelidad de mi amor, ella me engañaba’, se engaña: si cada estado que vivimos es absoluto, esa felicidad no fue contemporánea de esa traición; el descubrimiento de esa traición es un estado más, inapto para modificar a los anteriores, aunque no a su recuerdo. La desventura de hoy no es más real que la dicha pretérita… Cada instante es autónomo.”
Vean qué ardid: “Esa felicidad no fue contemporánea de esa traición”. Porque el “traicionado” en realidad no lo estaba siendo en el momento en que pensaba alegremente en ella. La traición sucede en otro tiempo. Es un pensamiento que viene después. Borges refuerza la invalidación: “Niego la existencia de un solo tiempo en el que se eslabonan todos los hechos… Cada momento que vivimos existe, no su imaginario conjunto”. O sea: no es posible considerar “infiel” a lo que no sucede en un mismo tiempo. “La desventura de hoy (lamentarse por haber sido traicionado) no es menos real que la dicha pretérita (pensar en la mujer amada).” Y como si esto fuera poco, la célebre premisa de Heráclito, “no bajarás dos veces al mismo río”, le sirve para afirmar: “el río es otro”, pero también yo “soy otro”. Si uno es en cada instante, como también lo afirma el texto, no es posible ser infiel al que uno ya no es cuando se encuentra con otro. Ja.
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